Capítulo 5
Cena trampa con Don Aurelio
La llamada de don Aurelio Valdés había durado exactamente cuarenta y siete segundos, pero sus efectos secundarios amenazaban con provocar un fallo multiorgánico en el habitáculo del sedán negro de Gonzalo.
—Cena informal en *El Baluarte* a las nueve y cuarto —repitió él por cuarta vez en diez minutos, clavando los ojos en el mar de parachoques inmóviles que bloqueaba el viaducto de la bahía—.
Aurelio no improvisa jamás. Si convoca un encuentro sin margen de maniobra es porque sospecha algo.
Quiere pillarnos sin el guion memorizado.
—O porque a sus setenta y tantos años le apetecían unas almejas a la marinera y pensó en su abogado favorito —respondí, acomodándome en el asiento con los pies estirados hacia la guantera—.
Relájese, Mendieta. El coche de delante lleva quince minutos sin moverse y usted ya le ha hecho una radiografía completa a la matrícula.
En la consola central, el navegador mostraba la ruta hacia el restaurante teñida de un rojo alarmante, con un cálculo de llegada que bailaba peligrosamente entre las nueve y doce y las nueve y dieciocho.
Gonzalo no apartó la vista del parabrisas. Apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos. Llevaba la americana abotonada a pesar del climatizador y la mandíbula tan apretada que temí que se partiera un molar antes de alcanzar la primera salida hacia el paseo marítimo.
—Página diecisiete del manual operativo —soltó de pronto, con ese tono marcial que usaba para interrogar a testigos hostiles—. Anexo de genealogía extendida. Nombre del hermano menor de mi padre y ciudad donde reside su segunda esposa.
Parpadeé, mirándolo de reojo.
—¿En serio?
—Marina, responda.
—Se llama Alberto, vive en Ginebra y colecciona relojes de bolsillo porque odia el horario de verano —recité, recordando las notas que había ojeado en la sala de juntas—.
Aunque le aseguro que si don Aurelio saca el tema de su tío ginebrino entre el pan y la mantequilla, me levantaré de la mesa y me arrojaré al puerto deportivo por puro aburrimiento.
—No es aburrimiento, es prevención de riesgos —masculló él, soltando el volante solo para consultar la esfera de su reloj—.
Aurelio es perro viejo. Estudiará cada respuesta.
Si titubeamos medio segundo al cruzar datos familiares, sabrá que nuestra relación tiene menos solidez que un pagaré sin fondos.
Pregunta dos: ¿cuál es mi restaurante favorito para celebrar aniversarios?
—Uno donde no admitan risas ni personas vivas, supongo.
—*L’Étoile*, mesa de la esquina junto a la vidriera —corrigió entre dientes, ignorando mi pulla mientras el coche de delante avanzaba tres miserables metros—. Y nuestra supuesta escapada de fin de semana el mes pasado fue a una casa rural en la sierra norte, no a un hotel con spa en la costa.
—Gonzalo, pare el carro. Literalmente.
Giré el torso hacia él. La luz de los frenos del camión cisterna iluminaba su perfil, acentuando las sombras bajo los pómulos y la rigidez de sus hombros. La respiración le salía corta, como si el cuello de la camisa le estuviera cortando el oxígeno.
—Míreme —le ordené.
No lo hizo. Continuó con la vista fija en el asfalto colapsado, tamborileando el pulgar contra el volante a compás acelerado.
—No tenemos tiempo para distracciones. Faltan doce minutos para la reserva y el muelle sigue bloqueado por las obras del tranvía. Si llegamos tarde a la primera convocatoria, proyectaremos dejadez operativa.
—Mendieta, que me mire.
Extendí la mano derecha, la apoyé en el centro de su pecho y sentí el latido desbocado contra la tela del traje. Gonzalo dio un respingo, clavó por fin sus ojos grises en los míos y entreabrió los labios.
Sin pedirle permiso ni consultar ninguna cláusula de su manual de cincuenta páginas, deslicé los dedos hacia su cuello, alcancé el nudo de seda de su corbata gris perla y tiré de él hacia abajo con un movimiento seco.
—¿Qué demonios hace? —protestó en un susurro ahogado, intentando apartar mi mano sin llegar a tocarme.
—Salvarle la vida antes de que se desmaye sobre el claxon.
Con dos movimientos diestros le desabroché el botón superior de la camisa, abriendo un espacio de dos dedos para que el aire entrara de una vez en sus pulmones.
La piel en la base de su garganta ardía contra mis dedos fríos; Gonzalo tragó saliva con dificultad y contuvo el aliento mientras mis nudillos rozaban el nacimiento de su clavícula.
Me quedé a diez centímetros de su cara, sosteniéndole la mirada con severidad pedagógica.
—Escúcheme bien, socio —dije, bajando la voz—.
Don Aurelio Valdés no es un tribunal de arbitraje ni un inspector de hacienda.
Es un señor tradicional que lo ha citado a cenar porque necesita comprobar si detrás de ese abogado estirado hay un ser humano capaz de querer a alguien más que a un balance de cuentas.
Gonzalo parpadeó despacio, con el pulso todavía visible en la vena lateral del cuello.
—Si no controlo los datos objetivos...
—Si le suelta los nombres de sus primos en orden alfabético y le recita la fecha de su última revisión dental, olerá el fraude a tres leguas —lo interrumpí, señalándole el pecho con el índice—.
Ahora mismo usted apesta a pánico corporativo, como un acusado en el banquillo esperando que el fiscal le lea la sentencia.
—Tengo treinta millones de euros y el puesto de socio director en juego, Marina —dijo él, y la frialdad de su voz se quebró en una nota áspera de pura frustración—. No puedo permitirme un solo fallo.
—Pues empiece por dejar de comportarse como un robot al que se le agotan las baterías —repliqué, retirando la mano de su camisa y recostándome en el asiento con media sonrisa—.
Don Aurelio no va a examinar su memoria histórica.
Va a mirar cómo me pasa la sal, cómo reacciona si se me cae una servilleta y si es capaz de mirarme sin parecer que calcula el interés compuesto de mis pestañas.
El camión de delante soltó un bufido de aire comprimido y comenzó a rodar hacia la rampa de bajada del viaducto. El tráfico empezaba a fluir hacia la avenida de los Muelles, abriendo una brecha de asfalto despejado bajo las farolas costeras.
Gonzalo no se apresuró a meter primera de inmediato.
Se quedó un segundo inmóvil, con la corbata floja y el cuello abierto, respirando ese aire nuevo que parecía devolverle una fracción de color al rostro.
Bajó la vista hacia el nudo de seda deshecho sobre su pecho y luego me miró a mí, suavizando la línea dura de su boca.
—Es usted un peligro público para cualquier procedimiento reglado, Ríos —murmuró, y engranó la marcha con suavidad.
—Soy lo único que se interpone entre usted y un desastre de relaciones públicas, Mendieta —sonreí, viendo cómo el letrero luminoso de *El Baluarte* emergía al fondo del paseo—. Ahora pise el acelerador y sonría como si le gustara tenerme cerca. Tenemos una cena que ganar.
Gonzalo detuvo el coche frente a la fachada de piedra de *El Baluarte* con una precisión casi quirúrgica, a escasos tres centímetros del bordillo. Antes de apagar el motor, se pasó una mano temblorosa por el cuello de la camisa, dudando sobre si volver a ajustarse el nudo de la corbata.
—Déjeselo así —le advertí, dándole una palmada seca en el dorso de los dedos—. Si entra ahí con aspecto de no haber respirado desde el martes, don Aurelio llamará a una ambulancia en lugar de servir el vino.
Gonzalo soltó un suspiro resignado, se colocó la americana y bajó del vehículo para rodearlo y abrirme la portezuela con una cortesía de manual.
En cuanto puse un pie sobre la acera del paseo marítimo, me ofreció el brazo.
Su antebrazo estaba tenso como un cable de acero bajo la lana fría del traje, pero enganché mis dedos a su codo y le clavé una sonrisa radiante.
—Recuerde: si titubea, sonría; si no sabe qué decir, mire al techo como si recordara una puesta de sol inolvidable —le susurré al oído mientras empujábamos las pesadas puertas de roble del restaurante.
—Si nos descubren por una ocurrencia suya, señorita Ríos, se quedará sin honorarios —masculló entre dientes, sin mover apenas los labios.
—Si nos descubren será porque usted no sabe mentir sin citar el código de comercio.
El *maître* nos condujo a través del comedor principal, sorteando mesas vestidas con doble mantelería blanca, hasta un reservado discreto al fondo del local.
Las paredes de caoba oscura, los apliques de latón envejecido y el rumor amortiguado del mar contra el rompeolas creaban una atmósfera de club privado donde el tiempo parecía discurrir con la pesadez de una hipoteca a tipo fijo.
Allí, sentado a la cabecera de una mesa redonda frente a una copa de vino tinto que hacía girar con parsimonia, nos esperaba don Aurelio Valdés.
El magnate naviero levantó la vista. Su cabello plateado, peinado hacia atrás con rigor clásico, enmarcaba un rostro curtido de mandíbula ancha y ojos afilados como anzuelos.
Vestía un chaleco de lana sobre una camisa impecable, sin corbata, proyectando esa autoridad natural que no necesita recurrir a logotipos visibles para demostrar solvencia.
—¡Por fin! —bramó don Aurelio al vernos entrar, poniéndose en pie con una agilidad sorprendente para sus más de setenta años—. Empezaba a pensar que el tráfico de la bahía se había tragado a mi abogado más puntual.
Gonzalo dio un paso al frente y estrechó la mano del patriarca con un apretón medido.
—Disculpe la demora, don Aurelio. Un transporte especial bloqueó el acceso al muelle sur. Le presento a Marina Ríos.
Don Aurelio se volvió hacia mí. Su mirada recorrió mi rostro en dos segundos de escrutinio clínico antes de que sus arrugas de expresión se abrieran en una sonrisa. Me tomó la mano con ambas palmas, envolviendo mis dedos en un calor seco y paternal.