Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Gonzalo no apartó la vista de la unión de nuestras manos. Dio un paso lateral, ajustando su postura para quedar a mi altura, hombro con hombro, con nuestros dedos perfectamente entrelazados.

—Esto es lo que verá Aurelio cuando entremos en el restaurante —dijo. Su tono pretendía sonar puramente didáctico, pero una leve aspereza en el final de la frase delató que el aire no le pasaba tan limpio por la garganta—. Un agarre natural. Firmeza sin estrangulamiento. Desplazamiento conjunto.

—Un agarre de sospechosos de robo que intentan no perderse en la aduana —bromeé, aunque la voz me salió medio tono más aguda de lo previsto.

Intenté tirar de la mano para romper el contacto, pero Gonzalo mantuvo los dedos cerrados un segundo más de lo estrictamente profesional antes de aflojarlos con calculada lentitud.

—Aún estamos lejos del estándar óptimo —sentenció, girándose de frente hacia mí—. Segundo ejercicio: postura de recepción en espacio cerrado.

—¿Eso qué significa en cristiano?

—Que en los cócteles del Club Náutico el espacio es reducido y las conversaciones se mantienen a una distancia íntima.

Antes de que pudiera desplegar mi siguiente pulla sobre las ordenanzas de aforo, Gonzalo dio el paso definitivo que anuló cualquier frontera de cortesía.

Se detuvo a apenas veinte centímetros de mí.

Pude percibir con una nitidez casi insultante el aroma a madera de cedro de su colonia, mezclado con el rastro amargo del café solo y la tibieza de su camisa recién planchada.

Levantó el brazo izquierdo y apoyó la palma de la mano en el lateral de mi cintura, justo por encima de la cadera, donde la tela de mi camiseta de algodón cedía ante la presión de sus dedos.

El aire se me atascó en los pulmones.

El contacto no fue un roce tímido de protocolo; se afianzó con una firmeza cálida y directa. Sentí el pulso acelerado contra las costillas y una punzada eléctrica que me recorrió la columna vertebral de abajo a arriba, amenazando con desmontar todo mi repertorio de sarcasmos de supervivencia.

Gonzalo inclinó apenas la cabeza hacia mí, fijando sus ojos grises en los míos. A esa distancia, las diminutas motas doradas de su iris eran imposibles de ignorar.

—En este ángulo —murmuró, y su voz sonó tan baja y profunda que pareció vibrar directamente contra mi sien—, Aurelio debe creer que no existe nadie más en la sala. La postura exige que el centro de gravedad esté alineado y que la mirada no busque vías de escape.

Tragué saliva, obligándome a sostenerle los ojos sin parpadear. El corazón me iba a doscientas pulsaciones por minuto, pero me negué en redondo a darle la satisfacción de mostrar debilidad en su propio terreno.

—Su mano está un centímetro más abajo de lo que estipula el código civil, letrado —solté con una sonrisa ladeada que me costó un esfuerzo titánico mantener en su sitio—. Y juraría que le acabo de detectar un conato de taquicardia. Dígame que no se le está sobrecalentando el disco duro.

Gonzalo apretó levemente los dedos contra mi cintura. No fue un movimiento brusco, sino un ajuste instintivo que nos acercó otro milímetro, hasta que la puntera de sus zapatos italianos rozó la de mis botines desgastados.

—Mi procesador funciona con absoluta normalidad, señorita Ríos —replicó, y por primera vez en todo el día, la rigidez de su máscara corporativa se agrietó para dejar paso a algo denso, magnético e incontrolable que flotaba en el escaso aire que nos separaba—. Es usted la que ha dejado de respirar.

—Estoy ahorrando oxígeno por si decide cobrarme el metro cúbico —murmuré, con la boca peligrosamente cerca de la suya.

Durante tres segundos completos, el guion, el contrato y la deuda pendiente del banco desaparecieron del mapa.

Gonzalo no se movió, pero sus ojos bajaron un instante hacia mis labios antes de volver a clavarse en los míos con una intensidad que me erizó la piel de los brazos.

Estaba tan cerca que sentí el calor de su respiración rozándome la mejilla.

Un tono estridente y metálico reventó el silencio del salón.

La vibración del teléfono móvil de Gonzalo sobre el mármol resonó como un disparo en la sala vacía e hizo temblar la taza del gato y las notas adhesivas fosforitas.

Nos separamos de golpe, como si una corriente de alto voltaje nos hubiera repelido en direcciones opuestas.

Di dos pasos hacia atrás hasta chocar contra el cristal frío del ventanal, fingiendo un repentino interés por colocarme el mechón suelto del moño y alisarme la camiseta de algodón, mientras Gonzalo retrocedía con una compostura milimétricamente restaurada y se pasaba una mano por la nuca para recolocarse el cuello de la camisa.

El teléfono siguió sonando, implacable, iluminando la mesa con un destello azulado.

Gonzalo se inclinó, tomó el aparato y leyó la pantalla. Al ver el nombre en el identificador de llamadas, la poca sangre que le quedaba en el rostro pareció evaporarse al instante; recuperó esa palidez marcial de los peores momentos.

Alzó la vista hacia mí con los ojos muy abiertos y el pulgar suspendido sobre la pantalla.

—Es Aurelio Valdés.