Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Proyecta que nos conocimos en un folleto de deducciones fiscales para patrimonios altos, que es muy distinto —rebatí.

Arranqué el pósit amarillo, lo convertí en una bola y lo arrojé sobre su carpeta—.

Don Aurelio no levantó un imperio naviero comprando grabados suecos con champán tibio, Gonzalo.

Ese hombre viene de la vieja guardia: cree en el destino, en el roce cotidiano y en las historias con un poco de sudor.

Si le decimos que nos enamoramos debatiendo sobre líneas rectas en una galería, sabrá en el acto que somos dos desconocidos que se han aprendido una lección de memoria.

Gonzalo ladeó la cabeza, cruzando los brazos sobre el pecho con un gesto desafiante.

—Ilústreme entonces, experta en sentimentalismo de consumo. ¿Cuál es su alternativa de alto impacto emocional?

—Algo terrenal. Algo que justifique que una redactora caótica y un abogado con alergia a las emociones coincidan en el mismo metro cuadrado sin que intervenga una orden judicial —dije.

Tomé un pósit fucsia y tracé dos palabras con pulso firme: *«LIbrERÍA»* y *«ACCIDENTE»*—.

Nos conocimos en una librería de lance de la calle Mayor un martes lluvioso por la tarde.

Gonzalo enarcó una ceja, examinando el papel fluorescente como si fuera un pagaré dudoso.

—¿Una librería de segunda mano? Yo no compro libros manoseados por extraños.

—En nuestra historia sí, porque estaba lloviendo a cántaros y usted se metió bajo el toldo para no arruinar su abrigo de cachemira —improvisé, inclinándome hacia él con una media sonrisa—.

Entró en el local con las prisas de siempre, hablando por el móvil con algún pasante aterrorizado, tropezó con una pila de tomos de historia naval y derramó un café con leche hirviendo sobre mis notas de trabajo.

La expresión de Gonzalo se congeló en un gesto de auténtico rechazo conceptual.

—Yo no tropiezo. Y jamás he tomado café con leche en un vaso de cartón mientras camino.

—En esta historia tropezó estrepitosamente, Mendieta.

Asúmalo como un giro dramático indispensable —proseguí, saboreando cada palabra—.

El café empapó tres discursos de boda recién terminados.

Usted se quedó lívido, intentó secar el estropicio con un pañuelo de seda que solo extendió las manchas y, en lugar de soltar una cláusula de exención de responsabilidad, balbuceó la disculpa más torpe y desastrosa que se ha escuchado en San Telmo del Norte.

—¿Balbucear? —repitió él, bajando la voz hasta un tono peligrosamente grave—. Señorita Ríos, he litigado ante el Tribunal Supremo sin titubear una sola sílaba. Yo no balbuceo.

—Esa tarde sí balbuceó —insistí, rozándole el dorso de la mano con el dedo índice.

Gonzalo dio un respingo minúsculo ante el contacto, pero no retiró los dedos—.

Y eso es precisamente lo que hace creíble el flechazo.

Un tipo impecable, blindado de arriba abajo, que de pronto pierde los papeles por su propia torpeza ante una desconocida que lo mira furiosa con una libreta chorreando café.

Ahí es donde entra la empatía de don Aurelio.

Verá al hombre detrás del balance contable.

Gonzalo me sostuvo la mirada. Sus ojos grises brillaron con un chispazo de resistencia que empezaba a perder compostura.

—Aceptemos provisionalmente la premisa del café derramado por mera tolerancia táctica —concedió.

Apoyó un codo en el mármol y recortó la distancia entre los dos—.

Pero el desenlace de la escena es inaceptable.

Si yo hubiera provocado ese desaguisado, no me habría limitado a disculparme con torpeza.

Habría evaluado el daño, le habría ofrecido una compensación inmediata y la habría invitado a cenar esa misma noche para resarcirla con una agudeza dialéctica implacable.

Es evidente que fui yo quien tomó la iniciativa y le pidió el número de teléfono.

Solté una carcajada limpia que rebotó contra los cristales panorámicos del salón.

—¿Usted? ¿Pedirme el número con agudeza implacable?

—Negué con la cabeza, divertida por su vanidad herida—.

Por favor, letrado. Si usted intentara ligar sin un contrato marco de por medio, necesitaría tres borradores previos y la firma de un notario.

La historia solo funciona si fui yo quien tuvo piedad de su cara de pánico y le escribió su teléfono en una servilleta manchada de café para que me pagara una libreta nueva.

—Eso es una distorsión egocéntrica del relato —replicó Gonzalo, y por primera vez distinguí la sombra de una media sonrisa en la comisura de sus labios, tan contenida que casi parecía un error de cálculo—.

Ninguna mujer con sentido común se resistiría a la elocuencia de una disculpa bien estructurada.

Fui yo quien insistió. Fui yo quien la persiguió hasta la salida.

—Usted no me persiguió; me siguió como un pato mareado porque no sabía cómo pedir un taxi bajo la lluvia sin que se le arruinaran los zapatos italianos.

Gonzalo me miró fijamente durante dos segundos enteros, con la boca entreabierta, antes de soltar un resoplido breve por la nariz que derivó en una risa ahogada. Fue un sonido corto y grave, pero bastó para que los hombros se le destensaran.

—Es usted incorregible, Marina.

—Y usted está admitiendo que mi versión es infinitamente mejor que su subasta de mentira —rematé. Pegué el pósit fucsia en el centro exacto de su carpeta negra—. Adjudicado: nos conocimos entre libros empapados, café barato y un abogado brillante que por una vez en su vida no supo qué decir.

Gonzalo contempló el papel sobre el cuero negro. Levantó los ojos hacia mí, apoyó la barbilla en los nudillos y sostuvo la mirada sin pestañear, tragando saliva con una lentitud que me detuvo el aire en el pecho.

—De acuerdo con la narrativa del café —admitió en voz baja, con un tono pausado que me erizó la nuca—. Pero si don Aurelio pregunta por los detalles, sostendré que la invité a cenar a las ocho en punto. Y que usted llegó tarde.

—Eso no es ficción, Mendieta. Eso es fidelidad histórica —respondí, mordisqueando el extremo de mi bolígrafo mientras el corazón me daba un latido fuera de compás.

Gonzalo bajó la vista hacia mi boca, reparó en el plástico azul entre mis dientes y desvió la mirada hacia sus propias manos con parsimonia calculada, restableciendo la distancia.

—Bien. Tenemos la historia verbal —dijo, estirando los dedos sobre el mármol hasta rozar el borde de mi libreta—. Ahora queda la parte compleja. La que don Aurelio examinará sin hacernos una sola pregunta: el lenguaje corporal.

Dejé el bolígrafo azul sobre la libreta y me incorporé despacio, sacudiéndome una brizna invisible del pantalón mientras sostenía su mirada inquisitiva.

—Si pretende que ensayemos una coreografía militar de afecto, ya le advierto que mi coordinación psicomotriz se diseñó para esquivar ciclistas en el paseo marítimo, no para el ballet de salón —dije, cruzándome de brazos.

Gonzalo se puso en pie con esa economía de movimientos tan suya, sin apoyar una sola mano en el suelo para impulsarse.

Se ajustó los puños de la camisa blanca, dio dos pasos alrededor de la mesa de mármol negro y se detuvo a un metro escaso de mí, con la silueta recortada contra la oscuridad del océano y el collar de luces que bordeaba el puerto deportivo.

—No es ballet, señorita Ríos. Es credibilidad instintiva —explicó, bajando la voz con una seriedad meticulosa—.

Las parejas consolidadas no dudan antes de tocarse.

Tienen memoria muscular. Don Aurelio lleva cuarenta años casado y detecta la vacilación a cinco metros de distancia.

Si le extiendo la mano y usted tarda medio segundo en reaccionar, pensará que nos tenemos fobia o que estamos ocultando un fraude.

—O que soy una persona educada que respeta el espacio personal de un desconocido con traje caro.

—En este salón no somos desconocidos. Se supone que estamos a punto de fijar una fecha de boda —replicó, dando un paso más hacia mí—. Ensayo básico: contacto palmar informal.

Extendió la mano derecha a media altura, con los dedos rectos y la palma abierta, como quien espera la entrega de un pliego de condiciones en una notaría.

—Eso no es una caricia, Mendieta. Parece que me está pidiendo el billete del autobús.

—Marina, tome mi mano.

Resoplé con ironía, pero levanté el brazo y deslicé mis dedos sobre los suyos.

El primer contacto fue un desastre de rigidez: mi palma chocó con torpeza contra el lateral de la suya y nuestros pulgares quedaron trabados en un ángulo absurdo que más parecía un forcejeo de patio de colegio que una muestra de cariño conyugal.

—Falta de sincronización —diagnosticó Gonzalo al instante, sin soltarme pero sin apretar—. Sus dedos están tensos. Parece que va a leerme las líneas de la mano o a pedirme una fianza.

—Sus dedos están helados, letrado. Podría enfriar un vermú con ellos.

—Relaje los nudillos —ordenó en voz baja.

Deslizó sus dedos entre los míos con una lentitud deliberada.

La piel de su mano no estaba fría en absoluto; la fricción entre las palmas generó un calor repentino y seco que me subió por el antebrazo con la rapidez de una descarga eléctrica.

Sus dedos, largos y de uñas impecablemente cortadas, se cerraron sobre el dorso de mi mano con una firmeza que no admitía réplicas ni manuales de procedimiento.

Me quedé quieta. El silencio del ático se volvió de pronto espeso, roto únicamente por el zumbido distante de un remolcador maniobrando en la bocana del puerto.