Capítulo 4
Sonrisas bajo sospecha en Mirador Faro
El viaducto de la bahía no era una infraestructura de transporte; era un purgatorio de chapa y luces de freno diseñado para poner a prueba la resistencia cardiovascular de cualquier habitante de San Telmo del Norte.
Me llevó cuarenta y cinco minutos recorrer dos kilómetros en un autobús municipal cuyo aire acondicionado despedía un zumbido asmático y un vago olor a fritanga. Para cuando logré bajar en la parada de Mirador Faro, el reloj marcaba las nueve menos diez.
Apreté contra el pecho el bolso de tela, una carpeta de anillas repleta de notas sueltas, cuatro rotuladores fluorescentes que asomaban como cartuchos de dinamita y una bolsa de papel de estraza con media docena de rosquillas de anís que Clara me había encasquetado antes de salir de la cafetería con una orden tajante: *«No negocies con el estómago vacío»*.
El edificio Mirador Faro olía a cera para parqué importada y a dinero viejo recién transferido.
El conserje, uniformado como un general de brigada, miró la bolsa de rosquillas con la misma prevención que si portara un artefacto biológico, pero marcó el código del ascensor privado sin rechistar en cuanto pronuncié el apellido del inquilino del ático B.
La cabina subió sin una sola vibración, impulsada por un motor que apenas emitía un suspiro. Cuando las puertas de acero cepillado se deslizaron directamente sobre el vestíbulo del ático, Gonzalo ya me esperaba en el quicio del salón.
Llevaba una camisa blanca inmaculada sin gemelos, las mangas dobladas en dos pliegues exactos a la altura del antebrazo y los pantalones de traje gris oscuro sin una sola arruga.
En la muñeca izquierda, la esfera de su reloj brilló bajo los focos empotrados cuando levantó el brazo con lentitud forense.
—Llega usted diecisiete minutos tarde —dijo, plantado en el marco.
—El viaducto estaba colapsado por un camión averiado y una discusión entre dos taxistas sobre la alineación del fin de semana —respondí, esquivándolo con un quiebro de hombro—. Buenas noches a usted también, Mendieta. Bonita cueva.
Crucé el recibidor y me detuve en mitad del salón, parpadeando dos veces para asegurarme de que no había entrado por error en una sala de exposiciones de arte contemporáneo clausurada por desinfección.
El ático era un desierto minimalista de dimensiones descomunales.
Ventanales de suelo a techo se abrían a la negrura del océano y a las luces titilantes del puerto deportivo, pero el interior carecía de cualquier rastro que delatara la presencia de un mamífero vivo.
Todo se reducía a una escala de grises, blancos rotos y líneas rectas: un sofá modular tapizado en lino crudo sin un cojín fuera de sitio, una alfombra geométrica trazada a escuadra y cartabón, y una mesa de centro baja de mármol negro veteado tan pulida que devolvía el techo con nitidez de espejo.
En las estanterías empotradas no había novelas con lomos doblados ni fotos familiares; solo manuales de derecho mercantil encuadernados en piel y dos esculturas de bronce de formas tan abstractas que bien podían representar una fusión bancaria.
—¿Dónde guarda las cosas de verdad? —pregunté, girándome hacia él mientras me quitaba la cazadora vaquera—. ¿O vive en una infografía tridimensional?
Gonzalo cerró la puerta principal con un chasquido mudo y avanzó hacia el centro de la estancia con la pesadez de quien anticipa una catástrofe inevitable.
—Se llama sobriedad espacial. El desorden visual genera dispersión cognitiva.
—El desorden visual se llama tener pulso, letrado —repliqué.
Sin pedir permiso, me acerqué al impoluto sofá de lino, arrojé la cazadora sobre uno de los respaldos inmaculados y me dejé caer de piernas cruzadas sobre la alfombra geométrica, usando la mesa de centro de mármol negro como escritorio improvisado.
Gonzalo dio un paso hacia delante con los ojos desorbitados, como si acabara de encender una hoguera en su salón.
—¿Qué está haciendo?
—Instalar el cuartel general —dije, abriendo de par en par mi bolso de tela.
Comencé el despliegue con el rigor de un cirujano de campaña.
Primero saqué la carpeta de anillas y la abrí sobre el mármol, dejando que una docena de folios arrugados con esquinas dobladas se desparramaran sobre la superficie reflectante.
Luego extraje tres bloques de notas adhesivas —uno amarillo chillón, otro fucsia y un tercero verde fosforito— y los planté en fila india junto al borde de la mesa.
A continuación, saqué los cuatro rotuladores fluorescentes, destapé el de color naranja y dejé el capuchón rodando hasta que chocó suavemente contra un cenicero de cristal que Gonzalo jamás había usado.
Para rematar la faena, extraje del bolso mi taza de cerámica desparejada —con el borde ligeramente desportillado y un dibujo descolorido de un gato con gafas—, la planté en el centro exacto del mármol y deposité a su lado la bolsa de papel de estraza, que ya transparentaba una mancha circular de azúcar y aceite de anís.
Gonzalo se quedó petrificado a dos metros de la mesa. Su mirada oscilaba entre la mancha de grasa en el papel, el fucsia radiactivo de los pósits y la taza del gato, calculando mentalmente cuántas ordenanzas municipales sobre salubridad acababan de ser violadas en su domicilio.
—Eso es mármol de Marquina —articuló con voz estrangulada, señalando la taza con un índice rígido—. No tiene tratamiento hidrófugo para líquidos calientes.
—Pues póngale una cláusula de no agresión —respondí sin mirarlo, alineando las notas adhesivas por colores—.
Traigo mi propio cargamento de glucosa y cafeína.
Si vamos a reescribir nuestra historia de amor para que don Aurelio no nos mande a paseo en la primera copa, vamos a necesitar combustible real, no el aire comprimido que respira usted aquí arriba.
Gonzalo apretó la mandíbula. Dio un rodeo meticuloso para no pisar la esquina de mi carpeta que sobresalía en el suelo y se situó en el extremo opuesto de la mesa de centro, todavía de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa expresión de juez instructor que parecía tener patentada.
—Don Aurelio Valdés cenará mañana con el consejo asesor de la patronal y pasado mañana nos citará para una primera toma de contacto informal —dijo, recuperando su tono de sala de audiencias, aunque la vena de su sien izquierda latía con fuerza—.
El manual de cincuenta páginas que le entregé esta mañana establecía los parámetros básicos.
—Su manual de cincuenta páginas es un insulto a la especie humana, Gonzalo —atajé, despegando un pósit amarillo de un tirón y pegándolo en el centro del mármol tras garabatear la palabra *«CÓMO»* con mi bolígrafo azul—.
Si nos limitamos a recitar epígrafes, nos retirará la cuenta por aburrimiento antes de que sirvan el pan.
Coja una —añadí, abriendo la bolsa de papel y sacando una rosquilla que desprendía un penetrante aroma a licor y masa frita—.
Le va a dar una bajada de tensión si sigue intentando controlar la rotación de la Tierra.
Gonzalo miró la rosquilla que le ofrecía en el aire como si fuera un artefacto detonador con cables sueltos.
—No tomo azúcar refinado después de las seis de la tarde.
—Qué sorpresa tan mayúscula —ironicé, metiéndome media rosquilla en la boca y masticando despacio mientras abría mi libreta de notas—.
Pues mire, letrado: el amor no se audita, se tropieza.
Así que siéntese en esa alfombra de millonario, suéltese el cuello de la camisa antes de que se quede sin riego cerebral y dígame cómo pretende convencer a ese patriarca de que ha perdido la cabeza por mí sin parecer que está leyendo un informe pericial.
Gonzalo me sostuvo la mirada durante cuatro segundos eternos. El reflejo de las luces de la bahía centelleaba en el cristal oscuro detrás de su cabeza, recortando su figura estirada contra el horizonte nocturno.
Lentamente, con una resignación que le costó un suspiro hondo por la nariz, se desabrochó el botón superior del cuello de la camisa y se sentó en el suelo frente a mí, cruzando las piernas sobre la alfombra con una rigidez que amenazaba con reventar las costuras de su pantalón a medida.
—Usted primero, señorita Ríos —dijo, clavando sus ojos grises en mi libreta de garabatos—. Asómbreme con su diplomacia callejera.
Apoyé los codos sobre el mármol negro y sostuve la punta del bolígrafo azul a un centímetro de su nariz, midiéndole la compostura. Gonzalo no retrocedió, aunque la proximidad forzada y la postura en la alfombra le hacían arquear las cejas con una tirantez casi cómica.
—Empecemos por el principio, letrado —dije, marcando el compás sobre el pósit amarillo con el capuchón—. ¿Dónde y cómo se supone que nos miramos por primera vez según su cerebro de algoritmo?
Gonzalo carraspeó con sequedad, estiró los puños de la camisa para alinear los gemelos invisibles y adoptó esa voz solemne de quien está a punto de dictar un laudo arbitral.
—Página doce del manual, anexo biográfico: nos conocimos hace seis meses en la subasta benéfica de la Galería Almirante, en el distrito financiero.
Ambos mostramos interés concurrente por una litografía de abstracción geométrica de la escuela nórdica.
Tras un breve intercambio sobre la tensión dialéctica del trazo y la composición espacial, le cedí la puja y la invité a una copa de champán en el reservado.
Me quedé mirándolo en silencio durante tres segundos exactos. Luego me llevé los dedos al puente de la nariz y solté un suspiro tan largo que una de las notas adhesivas verdes ondeó sobre la mesa.
—Es la historia más pedante y soporífera que he escuchado en mis veintiocho años de existencia —sentencié, tachando el aire con el bolígrafo—. Si le suelta eso a don Aurelio, el pobre hombre se quedará dormido antes de que termine de pronunciar «abstracción geométrica».
—Es un marco socialmente impecable —se defendió Gonzalo, apretando los labios—. Proyecta solvencia, sensibilidad cultural y un nivel de interlocución sofisticado.