Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Eso es lo único que evitará que el señor Valdés nos descubra antes de los aperitivos —atajé, pasando a la página dos con un crujido de papel—.

Enmienda número dos: «Derecho a veto estético innegociable.

Los gastos de vestuario correrán íntegramente a cargo del cliente, pero la parte contratada no será sometida a uniformes que la hagan parecer una auditora en periodo de luto.

Quedan expresamente vetados los trajes de chaqueta grises, las hombreras ortopédicas y cualquier tejido que impida respirar con normalidad».

—La sobriedad inspira solvencia —masculló Gonzalo, cruzando los brazos sobre el pecho.

—La sobriedad mal entendida inspira ganas de huir por la ventana de incendios.

Llegué a la tercera página, busqué la cláusula de indemnizaciones y tracé otro asterisco enorme junto a las cifras de penalización por rescisión unilateral.

—Y la más importante —añadí, remarcando las letras con trazo doble—: «Cláusula de riesgo por entorno hostil.

Si durante el desempeño de la farsa la madre del letrado, el patriarca naviero o cualquier socio de la planta setenta somete a la parte contratada a niveles intolerables de pasivo-agresividad clasista, se devengará un suplemento extraordinario del veinte por ciento por daño moral acumulado».

Levanté el bolígrafo del papel. El contrato parecía ahora una trinchera: la tinta azul mordía los márgenes inmaculados, invadía los interlineados y rodeaba los sellos de agua del bufete.

Alcé la vista hacia él. Gonzalo contemplaba el estropicio con la mandíbula apretada y los párpados entrecerrados. Respiró hondo, conteniendo el aire durante tres pulsaciones exactas antes de soltarlo por la nariz.

—¿Ha terminado de destrozar trescientos años de tradición jurídica? —preguntó con voz gélida.

—He terminado de convertir su contrato de compraventa en un pacto entre iguales —corregí, dándole la vuelta al papel para orientarlo hacia su lado de la mesa—.

Ahora decida, Mendieta. O acepta mis notas al margen y tenemos un trato, o le devuelvo la servilleta de ayer y usted se busca a otra que acepte atragantarse con marisco de plástico por amor al arte.

Gonzalo no parpadeó. Sus ojos recorrieron las anotaciones manuscritas, deteniéndose unos segundos en la cláusula del suplemento por entorno hostil.

Sabía tan bien como yo que el reloj de la fusión no admitía prórrogas; que don Aurelio Valdés no iba a esperar a que encontrara a otra candidata y que, por mucho que le doliera admitirlo, necesitaba mi descaro para que su fachada no se viniera abajo al primer asalto.

Metió la mano en el bolsillo interior de la americana, extrajo su estilográfica dorada y desenroscó el capuchón con un movimiento seco.

—Es usted la socia más insubordinada y problemática que ha pisado esta sala de juntas —dijo en un susurro grave.

—No soy su socia, letrado. Soy su tabla de salvación.

Apoyó el plumín sobre el papel. Con trazos firmes y precisos de tinta negra, estampó sus iniciales junto a cada una de mis tres enmiendas manuscritas y validó el caos en los márgenes. Luego, bajó a la última página y rubricó con su firma angulosa y aristocrática sobre la primera línea en blanco.

Me tendió la estilográfica con una inclinación de cabeza.

—La pluma.

—Tengo la mía, gracias —respondí.

Tomé mi bolígrafo mordisqueado, me incliné sobre el tablero y tracé mi firma con un garabato rápido y redondeado junto a la suya.

El contraste entre ambas rúbricas era casi cómico: la precisión geométrica de su tinta negra frente al desorden azul de la mía sellaba tres semanas de mentiras compartidas.

Dejé el bolígrafo sobre el contrato.

Gonzalo cerró su pluma con un chasquido metálico y dio un paso atrás, recuperando esa compostura milimétrica que parecía no abandonarlo nunca.

—La primera mitad de los honorarios estará transferida a su cuenta antes de las dos de la tarde —anunció, adoptando de nuevo su registro de socio director—. Julián le enviará por correo el itinerario provisional de actos sociales para los próximos veintiún días.

—Perfecto. Ahora me vuelvo a mi cafetería a salvar matrimonios reales.

—No tan rápido, señorita Ríos —atajé, apoyando los nudillos en el respaldo de la silla principal—.

El hecho de que hayamos firmado no invalida la necesidad operativa de prepararnos.

Don Aurelio puede convocar un encuentro con apenas unas horas de antelación y no pienso permitir que nos pille sin haber ensayado las dinámicas básicas de proximidad.

Enarqué una ceja.

—¿Dinámicas básicas de proximidad? ¿Va a ponerme deberes de contacto visual?

—Esta noche a las ocho en punto en mi apartamento —ordenó con una severidad que no admitía réplica—. Mirador Faro, ático B. Traiga su libreta, su memoria y, si le es posible, algo de puntualidad. Tenemos que fijar la historia de nuestra primera cita antes de que amanezca mañana.

—Ocho y media, Mendieta —solté mientras recogía mi bolso de tela y me lo colgaba al hombro—. A las ocho el viaducto de la bahía es una ratonera de coches y no pienso dejarme la salud mental en su hora punta solo para ensayar cómo mirarlo con cara de enamorada.

Gonzalo me sostuvo la mirada un segundo más, con una chispa peligrosa en los ojos que desafiaba mi insolencia.

—A las ocho y media, Marina. Ni un minuto más tarde.