Capítulo 3 #2
—«Apartado A: La sujeción de antebrazo no excederá los tres coma cinco segundos en contextos de etiqueta formal.
Apartado B: El contacto visual sostenido se limitará a dos segundos exactos antes de desviar la mirada con timidez protocolaria.
Queda expresamente prohibido entrelazar los dedos antes del tercer plato de la cena de patronato».
Cerré el manual con un chasquido que retumbó en la sala acristalada.
—Tres segundos y medio, Mendieta. ¿Lleva un cronómetro suizo escondido en los gemelos de la camisa o piensa marcarme el paso con un silbato?
—La mesura proyecta respetabilidad —respondió, dando dos pasos hacia mí con las manos metidas en los bolsillos del pantalón—.
Si nos mostramos excesivamente efusivos, parecerá una maniobra desesperada.
Si nos mostramos distantes, Aurelio asumirá que nuestro vínculo carece de solidez.
El documento acota el margen de error para que usted no tenga que recurrir a la improvisación.
—Mi improvisación es lo único que va a evitar que ese señor se dé cuenta de que usted es un androide programado en Cobol —rebatí sin moverme un milímetro del borde de la mesa—.
Ninguna pareja real en la historia de la humanidad ha funcionado con un diagrama de flujo.
La gente se enamora tropezando, equivocándose de plato, interrumpiéndose al hablar y mirándose con cara de idiotas cuando el otro dice una tontería.
Si aparezco en esa cena recitando un índice de cincuenta páginas sobre cómo nos miramos en un museo que jamás he pisado, el patriarca olerá el plástico a diez metros.
Gonzalo apretó la mandíbula, clavándome una mirada fija e inflexible.
—No se trata de recitar, señorita Ríos. Se trata de interiorizar hechos incontrovertibles. La mentira improvisada se derrumba ante la primera repregunta técnica; la ficción estructurada resiste cualquier interrogatorio.
—Esto no es una ficción estructurada, letrado. Es un contrato de mantenimiento para una lavadora industrial.
Abrí de nuevo el dossier, busqué la sección marcada con una pestaña roja y leí la última perla del documento:
—«Cláusula de restricción discursiva: Queda terminantemente vetado el uso de modismos callejeros, chascarrillos espontáneos o ironías de doble sentido durante las intervenciones públicas compartidas. Las respuestas sobre la vida en común deberán ajustarse al anexo de anécdotas aprobadas».
Dejé caer el manual sobre el roble negro con un golpe seco.
—Pretende comprar una prometida de cartón piedra para que se limite a asentir a su lado con una sonrisa congelada mientras usted habla de balances fiscales.
Pero adivine qué: don Aurelio ya sabe que usted es brillante con los balances.
Lo que está buscando desesperadamente es comprobar si debajo de ese traje de cuatro mil euros late un corazón humano o solo hay un engranaje de titanio.
Y si me amordaza con este manual, lo único que va a ver es a dos impostores mal pagados haciendo el ridículo.
Gonzalo me sostuvo la mirada en silencio. La luz de la bahía le recortaba el perfil afilado contra el cristal, acentuando esa rigidez que parecía llevar cosida a la piel desde la cuna.
Dio un paso más hacia mí, acortando el espacio hasta que pude percibir el aroma sutil a cedro y café negro que desprendía su americana.
—Usted no es una impostora mal pagada —dijo en voz baja, con una gravedad tan medida que el sarcasmo se me quedó atascado en la garganta—.
Le estoy ofreciendo una cifra que solucionará su vida material durante un año entero.
Pero a cambio exijo control. El caos no es una estrategia de negociación, Marina.
—El caos es lo único que nos hace creíbles, Gonzalo —repliqué, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Y si vamos a firmar esto, va a tener que empezar a tolerar que las cosas no salgan según su hoja de cálculo.
Gonzalo no retrocedió ni un milímetro. La distancia entre los dos era tan corta que alcancé a distinguir las motas doradas que rompían el gris acerado de sus pupilas.
Durante dos segundos enteros, el único sonido en la planta setenta fue el zumbido del aire acondicionado y el murmullo amortiguado del tráfico sesenta pisos más abajo.
—El contrato legal definitivo está en la última carpeta —dijo al fin, rompiendo el duelo sin apartar los ojos de los míos—. Doce cláusulas estándar de prestación de servicios y confidencialidad estricta redactadas por mi departamento.
Alargó la mano hacia la carpeta de cuero negro que descansaba junto al mamotreto encuadernado y la abrió de par en par sobre el roble pulido.
Allí estaba el documento: cuatro páginas impresas en papel de alto gramaje, con membrete timbrado del bufete y dos líneas en blanco al pie esperando nuestras firmas.
Me incliné sobre la mesa, apoyando las palmas en la madera fría.
—Antes de que manche ese papel con mi nombre, vamos a reescribir un par de cosas —anuncié, sacando de un tirón el bolígrafo azul con el plástico mordisqueado que llevaba clavado en el moño.
Un mechón rebelde me cayó sobre la frente, pero ni me molesté en apartarlo—.
Su manual de cincuenta páginas no entra en vigor a menos que figuren mis anexos en el texto vinculante.
A Gonzalo se le tensó la comisura del labio.
—No admito tachones en documentos oficiales de Mendieta & Asociados.
—Pues considere esto una enmienda a la totalidad —repliqué sin inmutarme.
Quité el capuchón del bolígrafo con un chasquido sonoro y me incliné sobre la primera página del contrato. Con un trazo enérgico de tinta azul barata que profanó la impoluta tipografía corporativa, tracé una línea diagonal sobre el párrafo que regulaba las «pautas discursivas».
—Enmienda número uno —dicté en voz alta mientras escribía a mano alzada en el margen izquierdo—: «Libertad táctica de improvisación.
La parte contratada se reserva el derecho exclusivo de alterar, suprimir o reinventar cualquier anécdota del guion en tiempo real si el ambiente social, la mirada de don Aurelio o el sentido común elemental demuestran que la versión del letrado huele a folleto de hipotecas».
Gonzalo bajó la vista hacia mis garabatos azules con una mueca de auténtico dolor físico, como si le estuviera rayando la carrocería de su coche con una llave inglesa.
—Eso es una invitación al desastre.