Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 3
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Capítulo 3

Cincuenta páginas de noviazgo corporativo

El vestíbulo de Torre Marítima Mendieta no estaba diseñado para recibir seres humanos, sino para recordarles su insignificancia contable.

Eran tres plantas de altura diáfana en mármol blanco, cristal blindado y columnas de acero cepillado que reflejaban la luz de las ocho y media con un brillo quirúrgico.

El eco de las pisadas sonaba como una sucesión de sentencias firmes.

A mi alrededor desfilaban decenas de ejecutivos con trajes a medida, maletines rígidos y esa expresión de urgencia calculada que solo da el miedo a no alcanzar el bonus trimestral.

Me planté ante los torniquetes de acceso con mi cazadora vaquera, mis botines negros de tacón desgastado y el bolso de tela donde asomaba una libreta con la esquina doblada.

Al aproximarme al puesto de control, el guardia de seguridad me escaneó de arriba abajo con la mirada de quien detecta un derrame de café sobre un balance auditado.

—Identificación y motivo de la visita —dijo, apoyando una mano en el mostrador.

—Marina Ríos. Tengo cita en la planta setenta con Gonzalo Mendieta.

El guardia parpadeó dos veces, recalculando si una mujer con un bolígrafo mordisqueado sosteniéndole el moño podía figurar en la agenda del socio principal de fusiones y adquisiciones.

Pasó una tarjeta magnética sobre el lector, tecleó en la terminal y la barrera metálica se desbloqueó con un pitido seco.

—Ascensor exprés C, señorita. No se detiene hasta la planta sesenta y cinco.

Me deslicé por el torniquete antes de que cambiara de opinión y entré en la cabina acristalada junto a cuatro individuos con corbatas tan apretadas que parecían compartir el mismo cirujano vascular.

Nadie habló. Nadie pestañeó. Las puertas se cerraron con un susurro neumático y la cabina despegó en vertical a una velocidad demencial.

La presión me taponó los oídos al cruzar la planta treinta.

Tragué saliva mientras el estómago se me quedaba tres pisos más abajo y clavé la vista en el ventanal para no marearme.

A través del cristal, San Telmo del Norte empezó a desplegarse en miniatura: los muelles de Puerto Azul reducidos a un tablero de contenedores de colores, el viaducto de la bahía colapsado por una serpiente interminable de coches en hora punta y, más allá, el azul profundo del océano fundiéndose con la bruma matinal.

Cuando el indicador digital alcanzó la planta setenta con una campanilla electrónica, las puertas corredizas se abrieron sobre una moqueta gris antracita tan densa que amortiguaba cualquier conato de ruido.

A dos metros de la cabina me esperaba un tipo joven, de poco más de veinticinco años, enfundado en un traje azul marino que le quedaba ligeramente holgado en los hombros.

Llevaba una tableta digital aprisionada bajo el brazo izquierdo, dos carpetas colgando del derecho y unas ojeras violáceas que parecían haber echado raíces tras varias noches a base de café de máquina.

En cuanto me vio salir, dio un respingo y avanzó hacia mí con el paso atropellado de quien llega tarde a su propia ejecución.

—¿Señorita Ríos? Dígame que es Marina Ríos, por favor —susurró, consultando el reloj con pánico genuino—. Son las ocho y treinta y dos. Don Gonzalo lleva en el despacho desde las siete y cuarto y ha preguntado tres veces si ya había llegado el «activo contractual».

—El activo contractual tuvo que esquivar a un guardia que desconfiaba de mis zapatos, pero sí, soy yo —respondí, ajustándome la correa del bolso—. Y usted debe de ser Julián.

—Julián Soto, abogado júnior asignado a la coordinación del…

del asunto Valdés —dijo, extendiendo una mano que retiró casi al instante para evitar que se le cayeran los documentos—.

Por aquí, rápido. Don Gonzalo está terminando una conferencia con Zúrich, pero me ordenó expresamente que la instalara en la sala de juntas B y le entregara la documentación preliminar antes de que él entrara.

Lo seguí por un pasillo flanqueado por mamparas de cristal translúcido donde otros pasantes tecleaban a ritmo de ametralladora.

El aire acondicionado funcionaba a una temperatura propia de la conservación de órganos para trasplante.

Julián caminaba tan deprisa que las solapas de su americana aleteaban a cada zancada, esquivando fotocopiadoras y secretarias sin levantar la vista del suelo.

Se detuvo ante una puerta doble de madera oscura, pasó la tarjeta por el lector magnético y me franqueó el paso.

La sala de juntas era inmensa. En el centro dominaba una mesa de roble negro pulido rodeada por diez sillas ergonómicas de cuero, pero lo imponente eran los ventanales de suelo a techo, abiertos a una panorámica sobre toda la bahía de San Telmo.

La luz de la mañana inundaba el espacio, proyectando sombras afiladas sobre la madera.

Julián soltó un suspiro tembloroso, dejó caer sus carpetas en una esquina de la mesa y tomó con ambas manos un volumen encuadernado con espiral de plástico negro que descansaba sobre el tablero.

Tenía el grosor de un listín telefónico de provincias. Me lo tendió con una reverencia nerviosa, como si me pasara un artefacto explosivo con el temporizador en marcha.

—Aquí tiene —dijo, secándose una gota de sudor en la frente—. Don Gonzalo lo dejó listo anoche a las dos de la madrugada. Me pidió que se lo hiciera llegar para que vayamos ganando tiempo mientras se desocupa.

Tomé el fajo de papeles. El peso era tan excesivo que los brazos se me vencieron unos centímetros.

En la portada, impreso en tipografía sobria y con el logotipo del bufete en la esquina superior, destacaba un título en negrita mayúscula digno de un sumario de la Audiencia Nacional:

*MANUAL OPERATIVO DE FALSA CONVIVENCIA Y VÍNCULO CONYUGAL (FASE I: CLIENTE GRUPO VALDÉS)*

Pasé la primera página con el pulgar. El índice ocupaba dos caras completas, dividido en secciones numeradas con epígrafes que iban desde «Cronología del enamoramiento retrospectivo» hasta «Protocolo de contacto físico autorizado en espacios de alta visibilidad».

Alcé la vista hacia Julián, que me observaba con los ojos desorbitados y una sonrisa forzada que rozaba el espasmo muscular.

—¿Cincuenta páginas? —pregunté, señalando la numeración al pie del documento.

—Cincuenta y dos si cuenta los anexos de preguntas trampa sobre la infancia de don Gonzalo —puntualizó el júnior en un susurro culpable—. Y le recomiendo que empiece por el capítulo tres. El señor Mendieta odia tener que repetir dos veces la fecha de su primer aniversario inventado.

—Cincuenta y dos páginas para fingir que no nos damos asco me parece un derroche de celulosa, Julián —respondí, sopesando el tomo entre las manos como si fuera un ladrillo refractario.

La puerta lateral de la sala se abrió antes de que el pasante pudiera emitir otro quejido de pánico.

Gonzalo Mendieta entró en la estancia con el paso firme de quien no camina, sino que ejecuta una orden judicial.

Llevaba la misma corbata azul marino del día anterior —o un clon idéntico planchado con láser—, la chaqueta impecable y un mando a distancia en la mano derecha.

No se molestó en saludar. Apuntó hacia la pared del fondo y la pantalla gigante de cien pulgadas cobró vida con un zumbido tenue, desplegando un diagrama de flujo repleto de flechas rojas, barras de progreso y fechas marcadas en amarillo fluorescente.

—No es un derroche; es gestión de riesgos —dijo Gonzalo con una frialdad matemática, deteniéndose junto a la cabecera de la mesa—. Julián, déjanos. Y asegúrate de que no entren llamadas de la planta sesenta y ocho durante la próxima hora.

El júnior recogió sus carpetas a toda prisa, asintió con una reverencia atropellada y se escurrió por la puerta con el sigilo de un fantasma que teme ser auditado.

Me quedé de pie, apoyando la cadera contra el borde de roble pulido mientras abría el manual al azar.

—Dígame que el gráfico de la pantalla no es una cronología de cómo nos enamoramos —solté, señalando una barra azul marino que abarcaba desde el pasado noviembre hasta hoy.

—Es el desglose temporal de nuestro noviazgo retrospectivo —replicó Gonzalo sin inmutarse, avanzando hacia el panel táctil—.

Aurelio Valdés no tolera las lagunas biográficas.

Si le decimos que empezamos a salir hace seis meses, querrá saber en qué restaurante cenamos en San Valentín, qué marca de té toma usted por las mañanas y cuál fue el detonante exacto de nuestra primera discusión doméstica. Todo está tabulado por trimestres.

Dejé escapar una carcajada seca y pasé tres páginas del dossier.

—Capítulo dos: «Alergias, aversiones y preferencias dietéticas cruzadas» —leí en voz alta, impostando el tono solemne de un notario rural—.

«La parte contratada manifestará una intolerancia leve al marisco de concha en presencia de terceros, permitiendo que el sujeto Mendieta examine preventivamente las bandejas del cóctel para proyectar instinto protector y devoción conyugal».

Levanté la vista del papel para mirarlo fijamente. Gonzalo no pestañeó.

—¿De verdad pretende que finja una asfixia por una gamba para que usted parezca un héroe corporativo?

—Es un recurso de verosimilitud conductual —contestó, cruzándose de brazos con una calma exasperante—.

Don Aurelio valora a los hombres atentos al bienestar ajeno.

Si me ve apartarle una ostra con discreción en el Club Náutico, asociará ese gesto a una escrupulosa diligencia profesional.

La psicología del cliente tradicional es lineal: quien cuida la digestión de su prometida, cuida la cartera de inversión de su holding.

—La psicología de don Aurelio no la sé, pero la suya necesita una reforma estructural urgente —dije, pasando otra hoja con el índice—.

Veamos qué más joyas legislativas ha parido a las dos de la madrugada.

Página veinticuatro: «Protocolo de contacto físico autorizado en espacios de alta visibilidad».

Me aclaré la garganta y continué leyendo: