Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Se había quedado petrificada junto al molinillo de café, con el trapo húmedo suspendido en la mano derecha.

Desde su ángulo no alcanzaba a leer el número exacto, pero la visión de la estilográfica dorada y la solemnidad con la que el tipo de gris marengo había deslizado la servilleta le bastaron para hacer un diagnóstico de urgencia.

Abrió los ojos como platos, me clavó una mirada desorbitada y comenzó a hacer aspavientos con la cabeza: un cabeceo vertical tan enérgico que amenazaba con desmontarle el moño y el lápiz.

Cuando vio que dudaba, levantó el pulgar hacia su cuello y trazó una línea horizontal invisible, gesticulando en silencio con los labios: *«Firma. Aunque sea con sangre»*.

Aparté los ojos de la barra antes de que se me escapara un resoplido.

Volví a mirar la servilleta y luego a Gonzalo, que esperaba mi respuesta con los brazos cruzados sobre la mesa, seguro de que el peso del dinero bastaría para doblegar cualquier reparo ético.

—La cifra es obscena, letrado —dije, apoyando los codos en el tablero para acortar la distancia entre los dos—. Y sospecho que viene con letra pequeña en cuerpo cuatro.

—La letra pequeña se reduce a dos requisitos elementales: profesionalidad absoluta y verosimilitud milimétrica —replicó, ladeando la cabeza con frialdad—.

Don Aurelio Valdés lleva cincuenta años detectando impostores en consejos de administración.

Si percibe la menor vacilación, una contradicción en las fechas de cómo nos conocimos o una mirada fuera de lugar, cancelará la operación.

Necesito que aprenda su papel como si le fuera la vida en ello.

—Mi papel no es el problema, Mendieta. El problema es el suyo —rebatí, señalando con el bolígrafo azul el nudo impecable de su corbata—.

Yo me gano la vida haciendo que los demás parezcan humanos, comprensivos y vulnerables.

But usted tiene la expresividad de un bloque de hormigón armado.

Para convencer a ese señor de que estamos locamente enamorados, va a tener que mirarme como si no quisiera auditarme los órganos y tolerar que improvise cuando el guion huela a falsedad.

Gonzalo frunció el ceño, apretando apenas la comisura de los labios.

—No trabajo con improvisaciones. Todo estará debidamente estructurado en un documento operativo.

—Pues añada un suplemento por riesgo laboral —solté, esbozando una sonrisa afilada—. Porque soportar su necesidad patológica de control durante veintiún días seguidos computa como trabajo en entorno tóxico.

No pestañeó, aunque una vena diminuta palpitó en su sien izquierda.

—¿Acepta o no?

Miré el sobre del banco con sus franjas rojas, todavía aprisionado bajo mi teclado, y luego la servilleta escrita con tinta negra.

Tres semanas. Veintiún días fingiendo caricias coreografiadas y sonrisas de catálogo ante la élite de San Telmo del Norte para no perder el único lugar del mundo donde era dueña de mi tiempo.

—Acepto revisar un borrador —maticé. Tiré de la servilleta hacia mi lado de la mesa y la doblé en cuatro pliegues exactos antes de guardarla en el bolsillo de mi chaqueta vaquera—.

Si las condiciones no me convencen o su guion me parece un insulto a la inteligencia, me levanto y me marcho.

Y no pienso ponerme nada que parezca sacado de un velatorio corporativo.

Gonzalo cerró la estilográfica con un chasquido seco que dio por zanjado el debate. Se puso de pie con la agilidad medida de quien nunca pierde un segundo en movimientos innecesarios, se abrochó el botón central de la americana y tomó el maletín de cuero.

—Mañana a las ocho en punto en la planta setenta de Torre Marítima Mendieta —dijo, mirándome desde su altura con una cortesía formal que no ocultaba el desafío—.

Julián le tendrá preparado el borrador del acuerdo y el manual de contingencias para la primera fase.

Procure no llegar tarde. Y déjese el bolígrafo mordisqueado en casa.

—Ocho y media, letrado —respondí sin levantarme, dándole un último sorbo al café helado de mi taza—. A las ocho los creativos todavía estamos en fase de calentamiento cognitivo. Y el bolígrafo viene conmigo; es mi amuleto contra los abogados estirados.

Gonzalo me sostuvo la mirada un segundo más, con una chispa de irritación contenida en los ojos grises, antes de girar sobre sus talones y enfilar el pasillo central hacia la salida.

La campanilla de la puerta volvió a tintinear cuando cruzó el umbral y se perdió en el ajetreo del paseo marítimo en dirección a los rascacielos de cristal que dominaban la otra orilla de la bahía.

En cuanto la puerta se cerró, Clara soltó el trapo sobre la barra, rodeó el mostrador a paso de carga y se plantó frente a mi mesa con la respiración entrecortada.

—Dime qué número ha puesto —exigió, apoyando las manos en mis hombros—. Marina, por el amor de Dios, dime que no le has dicho que no a un tipo que paga en servilletas con pluma de oro.

Extraje el papel doblado del bolsillo y se lo mostré abierto sobre la palma de la mano.

Clara se quedó sin aire. Se llevó una mano al pecho, miró la cifra, me miró a mí y volvió a contemplar la tinta negra con fascinación absoluta.

—Estás salvada —susurró, soltando una risa temblorosa mientras se le aflojaban los hombros.

—O completamente condenada —murmuré, contemplando la silueta lejana de la Torre Marítima recortándose contra el cielo plomizo del puerto—. Porque mañana me toca entrar en la cueva del lobo y convencerlo de que no me da miedo su corbata.