Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Me da igual cómo lo llame en sus facturas sin IVA —soltó, cruzando los dedos sobre la mesa con precisión quirúrgica—.

Esta mañana, Aurelio Valdés congeló la firma del contrato de reestructuración de su conglomerado marítimo.

Treinta millones de euros en honorarios y tres años de trabajo a punto de perderse porque el patriarca considera que un abogado soltero de treinta y dos años, sin cargas familiares ni intenciones de pasar los domingos asando carne en un jardín, es un individuo frío, inestable y poco de fiar.

—Vaya —dije, apoyando la barbilla en la mano con fingida compasión—. Qué tragedia griega. Un multimillonario conservador descubre que su abogado es, en efecto, un androide programado para liquidar empresas. Llame a los periódicos.

—Don Aurelio no busca un androide; busca un hombre con raíces —continuó Gonzalo, apretando apenas los nudillos—.

Exige que el socio que custodie su patrimonio represente los valores tradicionales que él predica: lealtad, calidez y un proyecto conyugal sólido.

Ha convocado una serie de encuentros sociales durante las próximas tres semanas.

Cenas de patronato, recepciones de gala y el evento de clausura en el Club Náutico.

Si me presento solo, cancela la firma y se lleva la cuenta a un bufete de competidores cuyo único mérito es tener cuatro hijos y una foto familiar en el despacho.

Me quedé mirándolo durante tres segundos completos, procesando la arquitectura del disparate que tomaba forma en el aire.

—Déjeme adivinar —solté, enarcando una ceja—. Quiere que le redacte un discurso lacrimógeno sobre cómo adoptó un cachorro huérfano para ablandarle el corazón al magnate naviero.

—No. Los discursos no sirven cuando Aurelio Valdés te mira a los ojos en una mesa de cuatro cubiertos.

Gonzalo hizo una pausa medida, respiró hondo y continuó con la frialdad de quien lee una cláusula de rescisión unilateral:

—Necesito una prometida. Una mujer inteligente, rápida de reflejos y capaz de convencer a un octogenario implacable de que estoy profundamente enamorado y a punto de casarme. Tres semanas. Hasta el brindis de la gala benéfica de primavera.

El silencio que cayó sobre la mesa fue tan rotundo que escuché el goteo del grifo de la barra al fondo del local.

Lo miré fijamente. Busqué el menor rastro de ironía en sus ojos grises, alguna contracción en la mandíbula que delatara una cámara oculta o una broma pesada de los diseñadores de la mesa contigua.

Nada. Solo la certeza gélida de un hombre acostumbrado a comprar soluciones en lugar de asumir fracasos.

La carcajada se me escapó antes de poder frenarla; me reí con tantas ganas que Clara se giró desde la cafetera con la bayeta en alto y dos clientes de la esquina levantaron la vista de sus portátiles.

—¿Una prometida? —repetí, secándome una lágrima imaginaria con el dorso del índice—.

¿Usted y yo? ¿Fingir un flechazo de alta sociedad durante tres semanas?

Letrado, usted no podría fingir calidez humana ni aunque le prendieran fuego a la corbata.

Mire a su alrededor: soy una redactora en bancarrota con manchas de tinta en los dedos y usted parece un catálogo andante de seguros de vida con ínfulas imperiales.

Don Aurelio descubriría el timo antes de que termináramos de pedir el agua con gas.

Gonzalo no se inmutó ante mi risa; me sostuvo la mirada con fijeza implacable.

—Aurelio Valdés no sospechará nada si la persona que me acompaña es la misma que acaba de salvar un matrimonio en tres minutos usando una metáfora sobre un besugo.

Sostuve su mirada durante tres segundos que se hicieron interminables, buscando algún temblor en sus pestañas o una grieta en su aplomo de titanio. No encontré nada. Solo el cálculo glacial de quien está habituado a convertir cualquier imprevisto en una transacción.

Gonzalo deslizó la mano derecha hacia el bolsillo interior de su americana y extrajo una estilográfica de cuerpo negro y capuchón dorado.

El cierre emitió un clic seco al destaparla.

Con un movimiento deliberadamente pausado, estiró los dedos hacia el servilletero de latón, tomó una servilleta de papel rugoso y la alisó sobre la madera con el canto de la mano.

Apoyó el plumín sobre el papel. La tinta negra empapó la celulosa con un trazo grueso y firme: un número de cinco cifras precedido por el símbolo del euro.

Luego, giró la servilleta hacia mí con la yema del índice.

—La mitad al firmar el acuerdo de confidencialidad y representación en mi despacho. El resto, en cuanto don Aurelio estampe su rúbrica en la fusión tras el brindis de la gala —dijo, sin levantar la voz—. Gastos de vestuario, estilismo y desplazamientos a cargo de mi cuenta personal.

Miré la cifra. La tinta fresca brillaba bajo la luz que entraba por el ventanal.

No era solo el importe íntegro para liquidar el requerimiento del banco y cancelar los atrasos del alquiler de un plumazo; era una cantidad suficiente para blindar mi piso-taller durante un año entero, cambiar las ventanas que dejaban pasar el salitre de la bahía y trabajar sin el pánico constante a que una semana sin encargos me dejara comiendo arroz blanco.

Era aire puro. La salvación de mi independencia redactada en papel absorbente.

Por encima del hombro de Gonzalo, vi a Clara.