Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Le gritó que había destruido lo único real que había tenido en toda su miserable vida —continuó Julián, con una vibración de asombro genuino a través del auricular—.

Doña Mercedes intentó amenazarlo con el dossier, sacó el papel de la carpeta para mostrárselo y él ni siquiera miró las hojas.

Se las arrebató de las manos y las estrujó contra su propio pecho.

Le dijo que si quería arruinarlo, que subiera al estrado a intentarlo, pero que no iba a permitir que nadie volviera a ponerle precio a lo que tú significas para él.

Las lágrimas me empañaron la vista. El viaducto entero se convirtió en un borrón de destellos dorados y rojos sobre el asfalto mojado. Me tapé la boca con la mano libre para sofocar el sollozo.

—¿Dónde está ahora? —logré articular.

—¡Ese es el problema! ¡Por eso te llamo!

—la voz de Julián volvió a subir dos octavas en un arrebato de pánico procesal—.

Tenía las tarjetas del discurso oficial en el bolsillo interior, las seis cartulinas numeradas que estuvimos puliendo toda la semana con los agradecimientos institucionales y las cifras del fondo.

Las sacó todas, Marina. Las agarró con las dos manos y las partió por la mitad delante de su madre.

—¿Las rompió?

—¡Las hizo confeti! Las tiró al cubo del hielo de la champañera y ha salido disparado hacia el escenario.

Don Aurelio ya está al micrófono, lo está llamando por megafonía para que suba a su lado a brindar antes de la conexión en directo de la radio económica.

Gonzalo va hacia allí con la corbata deshecha, sin guion y con los ojos inyectados en sangre.

¡Va a dinamitar la firma en hora punta, Marina!

¡Va a cometer un suicidio corporativo televisado!

—Julián...

—¡Tengo que colgar, están abriendo las puertas del estrado! —se escuchó un pitido ensordecedor de acople de audio y el eco lejano del presentador anunciando el nombre de Gonzalo Mendieta ante cuatrocientas copas alzadas—. ¡Reza lo que sepas, Ríos, porque esta noche ardemos todos!

La llamada se cortó con un chasquido seco.

Me quedé con la pantalla en negro pegada a la mejilla, escuchando únicamente el traqueteo de la lluvia contra la chapa del taxi y los latidos desbocados martilleándome las sienes.

Gonzalo no había retrocedido. Había tomado la cláusula de rescisión que le dejé sobre la bandeja y le había prendido fuego delante de toda la alta sociedad de San Telmo del Norte.

—Jefa —la voz del taxista cortó el silencio como un relámpago—. Se acaba de abrir paso el carril derecho. ¿Aceleramos para Puerto Azul o nos paramos en la rotonda?

Me sequé las mejillas con el dorso de la mano, apreté el teléfono y miré el perfil borroso de los muelles tras el limpiaparabrisas.

—Acelere —le pedí, con la voz más firme de lo que jamás me había creído capaz—. Lléveme a Grano lo solté sobre el asiento del copiloto sin esperar el cambio ni mirar el taxímetro.

—Quédese con la vuelta —dije, empujando la puerta metálica con el hombro.

—Oiga, jefa, que esto es demasia...

No me quedé a escuchar el resto.

Pisé el suelo empapado de la calle con las plantas descalzas.

El frío de los adoquines me subió por los tobillos como una descarga eléctrica, pero no me detuve.

Sujeté la falda verde esmeralda con una mano, apreté los tacones de aguja contra las costillas con la otra y crucé los cuatro metros que me separaban de la entrada bajo la llovizna.

La campanilla de bronce sobre el dintel no llegó a sonar.

La puerta de cristal se abrió de par en par desde dentro antes de que pudiera rozar el pomo.

Clara apareció en el umbral, vestida con su mandil de lona negra manchado de café molido y los brazos cruzados con los tatuajes a la vista.

Se quedó clavada en el marco, con los ojos muy abiertos recorriéndome de arriba abajo: la seda arrugada, los bajos del vestido negros de fango portuario, el pelo goteando sobre los hombros y los pies desnudos sobre el granito de la acera.

No hizo preguntas ni soltó una sola réplica irónica.

Clara me agarró del antebrazo con una mano firme y tibia, jalándome hacia el refugio de la marquesina justo cuando una racha de viento combaba los toldos de la manzana.

A nuestra espalda, el taxi no había arrancado.

El conductor mantenía la ventanilla bajada por completo, con el codo apoyado en el marco y el volumen de la radio al máximo, iluminando la calle desierta con la luz verde del salpicadero.

Dentro de la cafetería, el viejo transistor que Clara guardaba sobre la máquina de espresso emitía en la misma frecuencia, rebotando en los azulejos blancos con una nitidez casi quirúrgica.

Nos quedamos las dos inmóviles, hombro con hombro, bajo el alero de madera.

A través de los altavoces se escuchó el crujido metálico de un micrófono de pie al ser ajustado con torpeza. Un acople agudo vibró en el aire, seguido por el golpe sordo de unos nudillos tanteando la cápsula de sonido.

Luego, nada.

El murmullo de cuatrocientas personas se extinguió de golpe en la sala del Club Náutico. El silencio que se filtraba por las ondas era tan denso que pareció llenar la calle entera de Puerto Azul.

Ninguna tarjeta crujió frente al estrado.

Solo se escuchaba la respiración agitada de Gonzalo, pegada a la rejilla del micrófono abierto, a punto de romper la baraja.