Capítulo 27 Mateo
El eco del ascensor cerrándose en la planta baja marcó el regreso del silencio a la última planta.
Cerré la puerta del ático B y pasé el cerrojo. Elena se quedó en mitad del pasillo, con los pies descalzos sobre la madera aceitada. Tenía la espalda recta y la barbilla alta, pero conocía lo suficiente sus gestos para notar la tensión residual que todavía le atenazaba los hombros.
Fui a la cocina, retiré la cafetera del fuego antes de que el café se quemara y llené dos tazas de cerámica gruesa. Cuando volví al salón con ellas, Elena estaba de pie junto al ventanal abierto, mirando las copas de los árboles de sombra de Roger de Llúria mecidas por la brisa matinal.
Le tendí su taza.
—Café solo, sin azúcar —dije, apoyándome en el marco del ventanal a su lado.
Elena aceptó la taza con las dos manos, absorbiendo el calor del barro cocido antes de darle un sorbo largo.
—Gracias —murmuró, sin apartar la vista del exterior.
—Para haberle cantado las cuarenta a la matriarca de los Calders en el descansillo, estás demasiado callada.
Elena soltó una risa baja y breve, sacudiendo la cabeza con una mezcla de ironía y alivio lúcido.
—Estaba pensando en lo absurdo que es haber esperado tanto tiempo para tener esa conversación. Llevo años midiendo cada palabra en las cenas familiares para evitar una crisis, y ha bastado verte en pantalones de chándal a las nueve de la mañana para dinamitarlo todo en dos minutos.
—No creo que haya sido el chándal —comenté con una media sonrisa, mirándola de reojo—. Ha sido más bien la certeza de que ya no tienen nada con lo que negociar contigo.
Elena se giró despacio, apoyando la espalda contra el alféizar y clavando sus ojos oscuros en los míos. La luz limpia de las diez de la mañana resaltaba los pequeños destellos dorados en su iris y el rubor tenue de sus mejillas, libre de cualquier cosmético.
—Mi padre ya no me reconocerá como su hija —dijo con total naturalidad—. Y me da exactamente igual. Si ellos no me aceptan, es su problema.
Dejé mi taza sobre la mesa de centro y di un paso hacia ella, acortando el espacio hasta que nuestras respiraciones se cruzaron en el aire tibio del salón.
—Ellos se lo pierden, Elena —dije con la voz grave, pausada y firme—. Pero me parece que los dos tenemos bastante claro que no necesitas la aprobación de nadie para saber quién eres. Y también sabemos que vas a pasar muy poco tiempo al otro lado de esa pared.
Elena sostuvo mi mirada sin pestañear. Levantó una mano y me rozó el pecho desnudo con las yemas de los dedos, justo encima de la cicatriz antigua que tenía bajo la clavícula, trazando una línea lenta hasta llegar a mi cuello.
—¿El casero me está proponiendo rescindir el contrato de arrendamiento por convivencia?
—El casero te está diciendo que se acabaron los partes de horas, las justificaciones en la escalera y los contratos ficticios —respondí, pasando mi brazo derecho por su cintura para atraerla contra mí—.
Ni vecinos con derecho a roce, ni acuerdos de conveniencia.
Si te quedas en esta casa, es con todas las consecuencias.
Elena sonrió, esa sonrisa abierta, honesta y sin defensas que solo me dedicaba cuando las puertas estaban cerradas y el mundo exterior no existía.
Se puso de puntillas y apoyó la frente en el hueco de mi cuello, dejando escapar un suspiro hondo que terminó de desarmar cualquier resto de cautela entre nosotros.
—Me parece un diagnóstico impecable, doctor Quintana —susurró contra mi piel, enredando sus dedos en mi pelo—. Trato cerrado.
La levanté apenas unos centímetros del suelo para besarla con una calma profunda y segura, saboreando el café en sus labios y la certeza rotunda de que, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos necesitaba inventarse reglas para no perder el control.