Cláusula de Convivencia Capítulo 26 Elena
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Capítulo 26 Elena

La luz del domingo entraba tamizada por las cortinas del ático B, proyectando franjas doradas sobre las sábanas grises de lino.

Me desperté con el cuerpo gratamente adolorido y una sensación de pesadez templada en las caderas.

Mateo todavía dormía a mi lado, profundamente, con un brazo tendido sobre mi cintura y el rostro relajado sobre la almohada.

Tenía la sombra de la barba oscura marcándole la mandíbula y el pecho subiendo y bajando en una cadencia constante.

Me deslicé fuera de la cama con sigilo, me puse su camiseta oscura de algodón y caminé descalza hacia el salón.

Sobre el recibidor de la entrada descansaba mi bolso de fiesta de la noche anterior. En cuanto saqué el móvil y desbloqueé la pantalla, el aparato vibró compulsivamente durante diez segundos seguidos: catorce llamadas perdidas de mi madre, dos de mi padre y una ristra de mensajes de Ignacio.

Ignacio (01:15): Elena, tus padres están esperando en el vestíbulo. ¿Dónde te has metido?

Ignacio (01:48): Me parece una falta de respeto intolerable que te marches así en mitad de la cena del patronato.

Ignacio (02:30): Espero que tengas una explicación muy buena para el desplante de esta noche. Mi padre está bastante molesto.

Bloqueé la pantalla sin responder. No sentía culpa ni ansiedad; solo una extraña y lúcida ligereza, como quien por fin se quita unos zapatos dos tallas más pequeños.

Puse la cafetera al fuego. El aroma denso del café recién hecho empezaba a inundar la cocina cuando el timbre del ático sonó con dos zumbidos secos y autoritarios.

No era el timbre de la calle; alguien había subido directamente hasta la última planta y estaba llamando en la puerta del ático A, el mío.

Fruncí el ceño. Apagué el fuego de la cafetera, salí al pasillo del ático B y entreabrí la puerta apenas una rendija para asomarme al descansillo.

Victoria Calders estaba de pie frente a mi puerta cerrada.

Llevaba un abrigo de paño color camel de corte impoluto, un pañuelo de seda de Hermès anudado al cuello con precisión milimétrica, gafas de sol oscuras y un bolso rígido de piel colgado del antebrazo. Tenía los labios apretados en una línea fina y furiosa.

Al escuchar el crujido de la madera del ático de enfrente, mi madre se giró despacio sobre sus mocasines de ante.

Se quedó paralizada en mitad del descansillo.

Me miró de arriba abajo: el pelo oscuro revuelto por la noche en la cama, las piernas desnudas, los pies descalzos sobre el mármol y la camiseta masculina de algodón oscuro que me cubría hasta medio muslo.

Sus ojos se desviaron hacia el cartelito de latón de la puerta de donde acababa de salir: Ático B - Dr. M. Quintana.

—Elena —dijo mi madre, con una voz tan gélida y afilada que pareció bajar la temperatura del descansillo cinco grados de golpe—. ¿Qué significa esto?

—Buenos días, mamá —respondí con una compostura que sorprendió hasta a mí misma, saliendo al rellano y apoyando la mano en el marco de la puerta de Mateo—. ¿Cómo has conseguido que te abran el portal a las nueve de la mañana?

—El portero de esta finca tiene bastante más sentido de la educación que tú —soltó ella, dando dos pasos hacia mí con el mentón alzado—.

Tu padre y yo hemos tenido que aguantar las preguntas de todo el patronato después de que desaparecieras del Liceo como una vulgar fugitiva.

Y por lo que veo, no estabas precisamente enferma ni atendiendo urgencias laborales.

En ese momento, la puerta del ático B se abrió por completo a mi espalda.

Mateo apareció en el umbral. Llevaba unos pantalones grises de chándal, el torso desnudo y el pelo revuelto por el sueño. Se colocó a mi lado con una calma demoledora, apoyando una mano firme y tibia en la curva de mi cintura con una naturalidad que no dejaba el más mínimo margen a la duda.

Clavó sus ojos verdes en mi madre con esa fijeza severa y tranquila que utilizaba en el hospital.

—Buenos días, señora Calders —dijo Mateo con su voz grave y pausada—. Si ha venido a montar una escena en la escalera, le sugiero que baje el tono. En este edificio hay gente descansando.

El rostro de mi madre perdió el color por un segundo, reconociendo al médico que la noche anterior había recogido la donación del hospital sobre el estrado del Liceo. La mezcla de indignación y shock en sus facciones fue casi teatral.

—Usted... el médico del Clínic —murmuró mi madre, recomponiendo la máscara de desprecio aristocrático con un esfuerzo titánico antes de clavarme la mirada a mí—. ¿Para esto te fuiste de Pedralbes, Elena? ¿Para meterte en la cama con el primer vecino que te hace precio en el alquiler?

Sentí el cuerpo de Mateo tensarse a mi lado, pero antes de que pudiera intervenir, di medio paso al frente y sostuve la mirada de mi madre sin pestañear.

—Me fui de Pedralbes para no tener que pasarme la vida fingiendo ser alguien que no soy, mamá —dije con voz limpia y rotunda—. Y lo que hago en este descansillo y con quién duermo es una decisión exclusivamente mía.

Mi madre me miró durante cinco segundos interminables, con los labios temblando de rabia contenida al entender que ya no tenía ninguna palanca con la que chantajearme.

—Has cruzado una línea, Elena —dijo en un susurro gélido, ajustándose la correa del bolso con un tirón seco—. Tu padre se encargará de comunicarte las consecuencias.

Se dio la vuelta sobre sus mocasines, se dirigió al ascensor de reja dorada con el paso rígido y cerró la cancela metálica de un golpe que resonó por todo el hueco de la escalera.

El zumbido del motor antiguo acompañó su descenso.

Nos quedamos solos en el descansillo. Mateo me miró de reojo, bajando la mano de mi cintura para entrelazar sus dedos con los míos con una fuerza templada y segura.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Miré la puerta vacía del ascensor, luego sus ojos verdes y la tranquilidad del ático que nos esperaba al fondo.

—Nunca he estado mejor —respondí, apretándole la mano con una sonrisa tranquila—. Vamos a tomarnos ese café, doctor.