Capítulo 25 Elena
El vestido verde esmeralda quedó olvidado sobre el parquet del salón como el último residuo de una vida que ya no me pertenecía.
Mateo me llevó al dormitorio en penumbra, iluminado únicamente por el reflejo ambarino que se colaba desde los ventanales de Roger de Llúria. No había prisa, ni la urgencia atropellada de los pasillos del Liceo; solo una intensidad espesa, consciente y pesada que lo llenaba todo.
Se deshizo de la camisa y del pantalón del esmoquin con movimientos sobrios, revelando ese cuerpo de líneas duras, hombros anchos y torso marcado que conocía a ciegas. Me tumbó boca abajo sobre el centro del colchón, hundiendo las rodillas en la cama a ambos lados de mis caderas.
El contraste de sus manos grandes y calientes recorriendo la piel desnuda de mi espalda —justo donde la seda me había dejado expuesta toda la noche— me arrancó un escalofrío que me erizó la nuca.
—Elena... —murmuró con esa voz grave, áspera y pausada, inclinándose para dejar un reguero de besos lentos a lo largo de mi columna vertebral hasta llegar a la curva de mis glúteos—. Quiero todo esta noche. Sin prisas y sin barreras.
Giré el rostro sobre la almohada de lino gris, buscando sus ojos verdes en la semipenumbra. La fijeza con la que me miraba era pura devoción carnal, despojada de cualquier amago de contención.
—Haz lo que quieras conmigo, Mateo —susurré, con el pulso latiéndome en la garganta.
Mateo abrió el cajón de la mesita de noche. Sacó un preservativo y un tubo de lubricante que colocó sobre la sábana. Volvió a colocarse sobre mí, con una calma metódica y segura que me aceleró la respiración.
Vertió una cantidad generosa de lubricante en sus dedos y empezó a masajear la entrada despacio, trazando círculos lentos y templados que me hicieron arquear ligeramente la pelvis contra el colchón.
Con una paciencia absoluta, fue introduciendo la yema de un dedo, estirando con suavidad y buscando el ángulo exacto mientras con la otra mano me sujetaba la cadera con firmeza, anclándome a la cama.
Solté un jadeo largo, sintiendo la presión invasiva y exquisita llenarme poco a poco.
—Respira hondo —susurró él contra mi hombro, añadiendo un segundo dedo con una destreza precisa que me abrió paso sin dolor, preparándome centímetro a centímetro hasta que el músculo cedió por completo a su tacto—. Así, despacio. Estás perfecta.
Cuando se colocó la protección y apoyó la punta en la entrada húmeda, me tensé por instinto.
Mateo se inclinó sobre mi espalda, cubriéndome con todo su peso para deslizar una de sus manos bajo mi vientre, buscando directamente mi clítoris empapado para acariciarlo en círculos continuos. La distracción del placer frontal me hizo relajar las caderas de golpe.
Aprovechó el instante para empujar hacia adelante.
Entró con una lentitud implacable, milímetro a milímetro, estirándome con una plenitud tan densa y abrumadora que me arrancó un gemido agudo contra la almohada.
Sentir cómo me ocupaba por completo por detrás, rozando terminaciones nerviosas que jamás había explorado con esa intensidad, me provocó un temblor visceral en las piernas.
—Mírame, Elena —ordenó con un gruñido sordo, sosteniéndose sobre un antebrazo mientras sus caderas se asentaban firmes contra mis nalgas.
Giré la cabeza. Su rostro estaba tenso, con la mandíbula apretada y las pupilas dilatadas por el esfuerzo de contenerse para no hacerme daño.
—Estás increíble... tan apretada —gimió en un susurro roto.
Empezó a moverse con una cadencia pesada, profunda y constante.
Cada estocada era un golpe sordo que me llenaba por completo, mientras sus dedos no dejaban de estimularme por delante con una precisión demoledora.
La fricción combinada creó una sobrecarga sensorial que me nubló el juicio; enterré los dedos en las sábanas de lino, elevando las caderas para recibirlo aún más adentro a cada envite.
—Mateo... joder... —jadeé, perdiendo la noción de dónde terminaba su cuerpo y empezaba el mío.
Aumentó el ritmo, sujetándome por las caderas con una posesividad rotunda que marcaba el compás sobre el colchón.
Los jadeos de los dos llenaron la habitación en un eco rítmico y caliente.
Sentí cómo la tensión se concentraba en mi bajo vientre en una bola de fuego insoportable hasta que, con una embestida más honda, mi cuerpo colapsó en un orgasmo violento y espasmódico que me contrajo las paredes en oleadas interminables.
Al sentir mis espasmos apretándolo, Mateo perdió el último resto de control. Apretó los dientes, dio tres embestidas finales con una fuerza arrolladora y se vació dentro de mí con un gemido grave y desgarrado que ahogó contra la curva de mi cuello.
El silencio de las cuatro de la madrugada volvió a envolver el ático B.
Mateo se retiró despacio, se deshizo de la protección y volvió a la cama con una toalla húmeda para limpiarnos con un cuidado silencioso y tierno.
Me acurruqué de lado contra su pecho desnudo, sintiendo el latido acompasado de su corazón bajo mi mejilla y la calidez densa de su brazo rodeándome la cintura con un peso firme y protector.
En la mesita del salón, mi bolso de mano permanecía apagado, ajeno al terremoto que inevitablemente estallaría cuando amaneciera en la ciudad.
Pero allí, con las piernas entrelazadas y la respiración templada de Mateo en mi pelo, el resto del mundo no existía.