Capítulo 24 Mateo
El trayecto en taxi duró apenas doce minutos, pero el silencio en el asiento trasero no tenía nada de incómodo. Elena llevaba la cabeza apoyada en mi hombro, con los dedos entrelazados en los míos y la respiración templada filtrándose a través de la camisa de mi esmoquin.
Pagué la carrera en la esquina de Roger de Llúria.
Al bajar, el aire de la noche en el Eixample se sentía denso y limpio tras el aguacero de la tarde.
Subimos los tres escalones del portal con paso firme; la puerta de forja se cerró tras nosotros con ese chasquido seco y familiar que marcaba la frontera con el resto del mundo.
En el zaguán, bajo la luz tenue de los apliques antiguos, la miré.
El satén verde esmeralda caía hasta sus zapatos de tacón, pero ya no había rastro de la heredera perfecta y envarada que posaba en el estrado del Liceo.
Tenía el pelo ligeramente revuelto por la brisa, las mejillas teñidas por el frío y una serenidad en los ojos oscuros que desarmaba cualquier intento de mantener la distancia.
—¿El ascensor de reja o la escalera? —preguntó con una media sonrisa tranquila, sin soltar mi mano.
—La escalera —respondí con voz baja—. No me fío de lo que pueda pasar en esa cabina contigo vestida así.
Elena soltó una risa limpia, la primera auténtica en toda la noche, y subimos los tramos de mármol despacio, sin prisa, escuchando únicamente el eco acompasado de nuestros pasos.
Al llegar al descansillo del ático, nos detuvimos en el espacio intermedio, justo entre la puerta del A y la del B. Elena sacó las llaves del bolso de mano por pura inercia, pero se quedó quieta, mirándolas en la palma de su mano antes de alzar la vista hacia mí.
No hizo falta decir nada. Metí mi propia llave en la cerradura del ático B, empujé la puerta y le hice un gesto con la cabeza.
Elena cruzó el umbral.
Dejé las llaves sobre la madera del recibidor, me quité la chaqueta del esmoquin y me aflojé la pajarita de un tirón, tirándola sobre el sofá de cuero junto con la americana.
Elena se descalzó en la entrada, dejando los tacones a un lado para caminar descalza sobre el parquet hacia el ventanal del salón.
Las farolas de la calle proyectaban sombras alargadas sobre las molduras del techo y las baldas repletas de manuales médicos.
Fui a la cocina, serví dos vasos de agua fresca y me acerqué a ella.
Elena aceptó el vaso y bebió la mitad de un trago largo, con la mirada perdida en las azoteas del Eixample.
—Mi madre me va a desheredar formalmente mañana a las nueve de la mañana —dijo con calma, apoyando el hombro contra el marco del ventanal—. E Ignacio se encargará de recordarle a todo el Círculo del Liceo lo poco cooperativa que soy.
Dejé mi vaso en la repisa y di un paso hacia ella, acortando el espacio hasta que el calor de su espalda desnuda quedó a escasos centímetros de mi pecho.
—¿Te importa?
Elena giró despacio la cabeza, sosteniéndome la mirada en la penumbra.
—Me importa haber tardado tanto en mandarlos a paseo —respondió con una sinceridad descarnada—. Y me importa que pensaras, aunque fuera por un segundo, que ese mundo tiene algo que ver conmigo.
Levanté la mano derecha y le tracé la línea de la mandíbula con los nudillos, despacio, sintiendo el pulso firme bajo su piel.
—Verte con él en esa mesa me sacó de quicio, Elena. —admití, bajando la voz hasta un susurro áspero y rotundo—. El pacto de no implicarnos se nos rompió hace semanas. Y los dos sabemos perfectamente que fingir que esto es solo comodidad física es una estupidez.
Elena dejó su vaso junto al mío, se giró por completo y apoyó las palmas de las manos sobre mi pecho, desabrochando con dedos tranquilos los tres primeros botones de mi camisa.
—Entonces dejemos de fingir —dijo mirándome directamente a los ojos, sin escudos ni evasivas—. El pacto de indiferencia queda oficialmente cancelado, doctor Quintana.
—Me parece el único diagnóstico sensato —respondí.
La tomé de la nuca y la besé con una lentitud profunda, saboreando la calma recuperada y la certeza limpia de que no había más barreras entre los dos.
Sus brazos me rodearon el cuello mientras la tela suave del vestido resbalaba hacia el suelo con un siseo leve, dejando atrás los apellidos, las galas y las expectativas familiares para quedarse simplemente conmigo en la tranquilidad de la última planta.