Capítulo 23 Elena
El sonido metálico del pomo al topar contra el pestillo me congeló la respiración en el pecho.
Mateo no se apartó. Con una mano firme apoyada en el escritorio a mi lado y la otra todavía sosteniéndome por la curva del muslo desnudo, clavó sus ojos verdes en los míos.
No había miedo en su rostro; solo una fijeza oscura, desafiante y deliberada, como si estuviera esperando a ver cuál era mi siguiente movimiento.
La tela pesada de su esmoquin rozaba el satén esmeralda de mi falda recogida, y el calor entre los dos era tan espeso que parecía imposible que no traspasara la madera de la puerta.
—¿Elena? —insistió la voz de Ignacio desde el pasillo, acompañada de dos golpes secos con los nudillos sobre el roble—. ¿Estás bien? Te hemos visto venir hacia la biblioteca.
Apreté los dedos contra los hombros anchos de Mateo, sintiendo la tensión viva de sus músculos bajo la tela negra. Tragué saliva, obligando a mi voz a sonar limpia, fría y lo bastante firme como para disimular el temblor que todavía me recorría las piernas tras el orgasmo.
—Estoy al teléfono con un cliente de Londres por una caída del servidor, Ignacio —respondí, proyectando la voz hacia la madera con una compostura implacable—. Necesito cinco minutos de silencio para cerrar esto. Vuelve al salón, ahora voy.
Hubo una pausa al otro lado. Imaginé a Ignacio frunciendo el ceño, molesto por el desinterés hacia el protocolo de su familia, pero incapaz de rebatir un argumento laboral sin quedar como un intruso.
—Está bien —dijo al fin, con ese tono condescendiente que empezaba a causarme auténtico rechazo—. Pero no tardes. La apertura del vals con el patronato es en diez minutos y nuestros padres están esperando.
El eco de sus zapatos sobre la alfombra fue alejándose despacio por el corredor señorial hasta perderse en el rumor amortiguado de la orquesta.
Solté el aire retenido en una exhalación temblorosa.
Mateo relajó apenas la postura, pero no bajó la mirada. Se enderezó con calma, mirándome de arriba abajo mientras yo me bajaba la falda de seda verde, colocándola sobre mis piernas y alisando la tela con manos que aún luchaban por estabilizarse.
—«Diez minutos para el vals con el patronato» —repitió Mateo en un susurro bajo, con una ironía cruda en la voz que cortaba como un bisturí—. Tienes el tiempo justo para retocarte el carmín y no defraudar a la aristocracia, Elena.
El reproche me golpeó con fuerza, pero esta vez no había rabia en mí, solo un agotamiento lúcido. Me deslicé fuera del escritorio de caoba y apoyé los tacones en el suelo, encarándolo a escasos centímetros.
—No voy a bailar ningún vals con Ignacio. Y no voy a pasar un minuto más en esta farsa.
Mateo alzó una ceja, evaluando la seriedad de mis palabras con esa mirada analítica suya que no dejaba pasar una sola mentira.
—Tu madre montará un escándalo si desapareces de la mesa de honor.
—Que lo monte —dije, alcanzando mi bolso de mano sobre el sillón de terciopelo y sacando la barra de labios para repasarme la comisura frente al pequeño espejo del marco dorado—.
Llevo años intentando encajar en un molde que me asfixia para no herir susceptibilidades familiares. Esta noche se acaba.
Cerré el bolso con un chasquido seco y me giré hacia él.
—Me voy a casa, Mateo. Al ático A. Y si quieres quedarte aquí a hablar de presupuestos con los directores de banco, perfecto. Pero no vuelvas a dudar de lo que quiero cuando estamos a puerta cerrada.
Di un paso hacia la puerta para quitar el pestillo, pero la mano de Mateo me interceptó la muñeca con una presión cálida y rotunda.
Me giró despacio hacia su pecho. Sus facciones duras se habían suavizado apenas un milímetro, dejando a la vista esa vulnerabilidad honesta que jamás mostraba en público.
—El doctor Ferrer ya tiene la foto que necesitaba para el hospital —dijo con la voz grave, tranquila—. Mi trabajo aquí ha terminado.
Una chispa de complicidad encendió el aire entre los dos.
—Hay una salida de servicio al final del pasillo que da a la calle Sant Pau —añadió él, soltándome la muñeca para deslizar sus dedos entre los míos—. Evitamos el vestíbulo principal y los fotógrafos.
—Guíame, doctor.
Mateo giró el pestillo con sigilo, entreabrió la pesada puerta de roble para comprobar que el corredor de la galería estaba despejado y tiró suavemente de mi mano.
Cruzamos la penumbra de los salones traseros esquivando el bullicio de la alta sociedad barcelonesa, bajamos por la escalera de servicio de hierro forjado y empujamos la puerta metálica que daba al callejón lateral.
El aire frío y limpio de la noche de Barcelona nos golpeó de lleno en el rostro, rompiendo la burbuja asfixiante del Liceo. Caminamos a paso ligero hacia la esquina de la Rambla, con el vestido verde rozándome los tobillos y su mano apretando la mía con una fuerza segura y real.
Mateo levantó el brazo libre en la calzada y un taxi libre frenó junto al bordillo.
—A Roger de Llúria —le indicó al conductor mientras nos acomodábamos en el asiento trasero.
En cuanto el coche se incorporó al tráfico nocturno, Mateo pasó su brazo por detrás de mis hombros, atrayéndome contra su costado.
Apoyé la cabeza en la solapa de su esmoquin, aspirando su olor a madera y piel, sabiendo que al llegar a la última planta de la finca no habría puertas cerradas ni acuerdos falsos que sostener.