Cláusula de Convivencia Capítulo 22 Mateo
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Capítulo 22 Mateo

El sabor a vino borgoña y a desafío en sus labios me terminó de quemar la sangre.

El beso no tuvo nada de la contención protocolaria del salón principal.

Fue un choque visceral, hambriento, cargado de la rabia acumulada durante dos horas viéndola sonreírle a ese imbécil y de la certeza física de que este vestido verde esmeralda no estaba hecho para que lo miraran otros, sino para que mis manos lo arrancaran de su piel.

Elena soltó un gemido ahogado contra mi boca, enredando los dedos con fuerza en las solapas de mi esmoquin.

Me empujó de vuelta contra la puerta de roble, devorándome con la misma urgencia desesperada, como si necesitara borrar cada minuto de farsa aristocrática a base de mordiscos y respiraciones rotas.

—Mateo... —susurró con la voz rota cuando separé apenas un milímetro mis labios para descender por su mandíbula.

—Cállate —gruñí contra la piel suave de su cuello, aspirando su perfume caro mezclado con el calor abrasador que desprendía su cuerpo—. No hables.

La levanté por los muslos con un solo movimiento firme.

La tela líquida del satén resbaló hacia arriba, exponiendo sus piernas largas y desnudas en la penumbra del gabinete.

La senté sobre el borde de un escritorio señorial de caoba, apartando con el codo un par de libros encuadernados en piel que cayeron sobre la alfombra sin hacer apenas ruido.

Elena abrió las piernas con una naturalidad demoledora, rodeándome la cintura con los tobillos y atrayéndome hacia ella.

Sus uñas se clavaron en mi nuca, tirando de mi pelo para obligarme a mirarla a los ojos.

En la semipenumbra, con los labios hinchados y el pecho subiendo y bajando a un ritmo desbocado, no quedaba ni rastro de la heredera perfecta de los Calders; era la mujer que me quitaba el sueño en el ático.

—Dime otra vez que esto es solo un compromiso familiar —le exigí en un susurro áspero, deslizando mis manos por debajo de la seda de su falda hasta encontrar la curva caliente de sus muslos.

—Lo es —jadeó ella, arqueando la espalda cuando mis dedos rozaron el encaje fino de sus braguitas, completamente empapadas—. Pero tú no eres ningún compromiso, Mateo. Eres lo único real de toda esta maldita noche.

Esa confesión descarnada quebró el último gramo de autocontrol que me quedaba.

Deslicé la mano por el lateral del encaje, apartándolo con firmeza para buscarla directamente.

Cuando mis dedos penetraron en su calor húmedo y apretado, Elena echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo de terciopelo de una butaca contigua, soltando un jadeo largo que vibró en el silencio del despacho cerrado.

Me moví dentro de ella con una cadencia deliberada, profunda, mientras con el pulgar presionaba su clítoris con una precisión que la hizo temblar de pies a cabeza.

—Vas a hacer que nos oigan fuera —murmuré, inclinándome para morderle suavemente el lóbulo de la oreja.

—Me da igual... —gimió con la respiración entrecortada, apretando sus muslos contra mis costados y buscando más fricción contra mi mano—. Mateo, no pares... por favor.

Aumenté el ritmo, sintiendo cómo sus paredes se contraían en espasmos violentos a mi alrededor.

El rubor le cubrió el escote y, apenas unos segundos después, su cuerpo se arqueó en un orgasmo sordo y demoledor que la dejó temblando entre mis brazos, mordiéndose el labio inferior con fuerza para no gritar en mitad del pasillo del Círculo del Liceo.

Me quedé pegado a ella, con mi frente apoyada en su hombro desnudo y la respiración tan agitada como la suya, sintiendo cómo el pulso de los dos tardaba en estabilizarse.

En ese preciso instante, unos pasos lentos y amortiguados por la moqueta del pasillo se detuvieron justo al otro lado de la puerta de madera noble.

El pomo de latón giró con un chasquido metálico.

Al encontrar la cerradura echada con el pestillo interior, una voz masculina y perfectamente reconocible sonó desde fuera:

—¿Elena? ¿Estás ahí dentro? Tu madre dice que el baile va a empezar.

Era Ignacio.