Cláusula de Convivencia Capítulo 21 Elena
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Capítulo 21 Elena

El champán francés se me convirtió en plomo en la garganta.

Durante los primeros tres segundos no fui capaz de parpadear.

Mateo estaba allí, a menos de diez metros de mi mesa, encajado en un esmoquin negro que resaltaba el ancho imponente de sus hombros y la severidad de su mandíbula.

Sin la bata del Clínic, sin el chándal desgastado y sin la penumbra protectora del ático, su presencia resultaba demoledora.

Y sus ojos verdes, fijos en mí con una fijeza gélida y despiadada, me hicieron sentir completamente desnuda en mitad del gran salón.

—Elena, cariño, no te quedes en las nubes —la voz afilada de mi madre cortó el aire a mi izquierda—. El señor Vidal-Ribas te estaba preguntando por el proyecto que tienes entre manos.

Parpadeé, obligando a mis músculos faciales a componer la máscara que llevaba años entrenando.

—Disculpe, señor Vidal-Ribas —dije, apoyando la copa sobre el mantel con dedos que luchaban por no temblar—. Me he distraído un segundo con la acústica de la sala.

—Decía que es admirable que dediques tiempo a proyectos independientes —comentó el padre de Ignacio con una sonrisa condescendiente, alzando su copa de vino tinto—.

Aunque Ignacio me ha comentado que pronto estarás lista para integrarte en una estructura más sólida.

La juventud necesita experimentar, pero el patrimonio exige orden.

A mi lado, Ignacio deslizó su mano sobre la mía por encima del mantel, apretándome los dedos con una familiaridad que me provocó una náusea repentina.

—Todo a su tiempo, papá —dijo Ignacio con esa seguridad suya tan pulida—. Elena sabe perfectamente cuál es su sitio cuando hace falta.

Apreté la mandíbula bajo la servilleta de hilo, negándome a montar un escándalo delante de cincuenta comensales de la alta sociedad.

Apenas pude probar el solomillo ni el milhojas de bogavante.

Cada vez que alzaba la vista, la mirada de Mateo estaba allí: pesada, oscura, analizando cada uno de mis gestos, cada inclinación de Ignacio sobre mi hombro y cada sonrisa ensayada que me veía obligada a devolver.

Sentía su juicio como una quemadura física en la piel descubierta de mi espalda.

Al llegar los postres, el tintineo de una cucharilla contra una copa de cristal fino reclamó la atención general.

El presidente de la Fundación subió al atril flanqueado por mi padre y por el señor Vidal-Ribas.

—Buenas noches a todos —anunció el presidente a través del micrófono—.

Como cada año, esta gala no solo celebra la generosidad de nuestras familias mecenas, sino el impacto directo de sus contribuciones en nuestra ciudad.

Este año, el fondo principal de investigación médica se destina íntegramente a la nueva Unidad de Cuidados Críticos y Monitorización Hemodinámica del Hospital Clínic.

Para recibir formalmente la dotación, ruego que suban al estrado el doctor Ferrer, jefe del servicio, y el doctor Mateo Quintana, adjunto responsable del proyecto.

El aplauso educado y unánime llenó la sala.

Se me heló la sangre. Quintana. Ese era el apellido que figuraba en la placa de latón del portal señorial de nuestra finca.

Mateo se levantó de su mesa con una soltura imperturbable, abrochándose el botón de la chaqueta del esmoquin con un solo movimiento de los dedos mientras caminaba hacia el estrado.

Subió los tres peldaños de madera noble con paso firme, colocándose junto al doctor Ferrer frente a mi padre y al padre de Ignacio.

—Agradecemos a los patronos y a las familias Calders y Vidal-Ribas su implicación en la sanidad pública —dijo Mateo ante el micrófono con esa voz grave, limpia y rotunda que tantas noches había susurrado contra mi cuello—.

En el quirófano y en las urgencias no existen los privilegios ni las apariencias; solo la precisión técnica y el compromiso de salvar vidas.

Nos aseguraremos de que cada euro cumpla exactamente esa función.

El aplauso que siguió fue cerrado, aunque vi a mi padre y al padre de Ignacio tensar ligeramente la sonrisa ante la sobriedad descarnada de sus palabras.

Los fotógrafos oficiales del evento se colocaron al pie del estrado para la instantánea institucional.

—Por favor, que suban los representantes de las familias mecenas para la foto de entrega —indicó el maestro de ceremonias.

—Elena, sube con Ignacio —me ordenó mi madre en un susurro apremiante desde la mesa—. Daos prisa.

Me puse en pie como un autómata, sintiendo el peso líquido del satén esmeralda resbalando sobre mis piernas. Ignacio me ofreció el brazo con una sonrisa impecable y subimos al estrado.

El protocolo nos colocó en fila frente a los flashes: mi padre, el presidente de la Fundación, el doctor Ferrer, Mateo... y justo a su lado, yo, con Ignacio pegado a mi costado derecho.

El calor del cuerpo de Mateo a escasos cinco centímetros del mío era una corriente de alto voltaje. Olía a jabón neutro, a cedro y a esa rabia contenida que amenazaba con reventar la sala.

—Sonrían, por favor —pidió el fotógrafo.

En el segundo previo al destello, la mano izquierda de Mateo —la misma mano con la que me había retirado los puntos y recorrido la cintura— bajó ligeramente y rozó con el dorso de los nudillos la piel desnuda de mi cadera descubierta por el corte del vestido.

El contacto fue invisible para los demás, pero tan deliberado, duro y abrasador que un escalofrío violento me recorrió la columna vertebral.

Los flashes estallaron tres veces consecutivas.

—Muchas gracias a todos —cerró el presentador.

Bajé del estrado con el corazón golpeándome las costillas a doscientas pulsaciones por minuto. Necesitaba aire. Necesitaba salir de allí antes de que el corsé de miradas y expectativas me asfixiara por completo.

—Voy al tocador un momento —le susurré a mi madre sin esperar su aprobación.

—No tardes, Elena, que ahora abren los salones para el baile —me advirtió ella con el ceño fruncido.

Me escabullí entre las mesas, crucé la galería de pinturas de Ramon Casas y me adentré por el pasillo señorial que conducía a la biblioteca y a los salones privados del fondo, donde la luz era tenue y el rumor de la orquesta quedaba amortiguado por las pesadas cortinas de terciopelo granate.

Me apoyé contra una pared de madera noble, respirando hondo con los ojos cerrados para intentar frenar el temblor de mis manos.

Unos pasos silenciosos y firmes sonaron sobre la alfombra.

Antes de que pudiera girarme, una mano grande y cálida me agarró del antebrazo con una fuerza incontestable, tiró de mí hacia la penumbra de un gabinete privado y cerró la pesada puerta de roble a nuestras espaldas con un chasquido sordo.

El pestillo giró en la cerradura.

Me encontré de espaldas contra la madera, con Mateo encarándome a escasos centímetros. Su pecho subía y bajaba con una furia contenida y el verde de sus ojos brillaba en la oscuridad como una advertencia letal.

—Así que «Elena, la programadora independiente que odia las apariencias» —soltó en un susurro áspero y bajo, apoyando una mano a cada lado de mi cabeza y dejándome completamente acorralada—.

La hija prodigio de los Calders, lista para casarse con el heredero de los Vidal-Ribas y posar para la prensa del Liceo.

—Mateo, déjame explicarte... —dije, con la voz entrecortada por la proximidad de su boca.

—¿Explicarme qué, vecina? —cortó él, inclinándose hacia adelante hasta que el calor de su cuerpo me cubrió por completo—.

¿Que anoche te desnudabas en mi cama mientras tenías tu mesa reservada al lado de ese imbécil?

¿O que cada vez que me decías que querías estar sola solo estabas haciendo tiempo para volver al redil de tu familia?

—¡No es lo que parece! —repliqué, plantándole una mano en el pecho para empujarlo, aunque mis dedos solo sirvieron para sentir la violencia desbocada de sus latidos bajo la camisa de esmoquin—. No tengo nada con Ignacio. Esta cena era una obligación familiar que no pude esquivar.

—Pues qué bien disimulas cuando te toca la espalda delante de todo el mundo —gruñó Mateo, bajando una de sus manos para aferrarme con fuerza por la cintura, atrayéndome contra su cuerpo con una posesividad salvaje que me cortó el aire—.

Dime que prefieres que sea él quien te toque, Elena.

Dímelo a la cara y salgo por esa puerta ahora mismo.

Sostuve su mirada en la penumbra del gabinete, sintiendo la tela fría del satén rozando su traje y la necesidad abrasadora que seguía consumiéndonos a los dos a pesar del engaño y de la rabia.

—No te atrevas a decir eso —susurré, enredando mis dedos en las solapas de su chaqueta—. Sabes perfectamente que el único que me importa en este maldito edificio eres tú.

Mateo soltó un gruñido sordo en el fondo de la garganta y, sin darle un segundo más a la sensatez, estrelló su boca contra la mía.