Capítulo 20 Mateo
Odiaba los esmóquines.
La tela rígida, la pajarita negra apretándome el cuello y la obligación de sonreír por cortesía institucional estaban en las antípodas de lo que consideraba un sábado por la noche decente.
Pero el doctor Ferrer, jefe del servicio de Cirugía de Urgencias del Clínic, había sido tajante: si queríamos que la Fundación financiara la nueva unidad de monitorización hemodinámica para el hospital, alguien del equipo médico tenía que dar la cara ante los patronos.
Y como médico adjunto responsable del proyecto, la papeleta me había tocado a mí.
A las nueve menos cuarto crucé las puertas de madera noble y bronce del Círculo del Liceo.
El ambiente rezumaba esa opulencia rancia y pulida de la alta burguesía barcelonesa: alfombras rojas sobre mármol impoluto, vidrieras modernistas, camareros desfilando con bandejas de plata cargadas de champán francés y un murmullo de conversaciones educadas sobre inversiones, fincas en el Empordà y torneos de polo.
—Mateo, por fin —Ferrer apareció entre el gentío, impecable a sus sesenta años y con una copa de cava en la mano—. Menos mal que no te has puesto una corbata cualquiera. Ven, tienes que saludar al presidente del comité antes de que nos sentemos a cenar.
—Buenas noches, doctor. Todo sea por la partida presupuestaria —respondí, aceptando una copa de agua de la bandeja de un camarero para evitar el alcohol.
Caminamos por la galería central, esquivando grupos de señoras con joyas familiares y hombres de negocios con trajes a medida.
Ferrer me fue presentando a varios miembros del patronato con esa labia quirúrgica y diplomática que se adquiere tras treinta años de carrera: directores de banca, notarios ilustres y benefactores de renombre.
—La mesa presidencial está allí, junto a la vidriera principal —me indicó Ferrer en voz baja, señalando con un leve movimiento de cabeza hacia el estrado elevado del gran salón—.
Ahí es donde se corta el bacalao esta noche.
Las tres familias que encabezan la donación principal están sentadas juntas: los Vidal-Ribas, los Maragall y los señores de Calders.
El apellido Calders me sonó vagamente a bufetes y consejos de administración, pero antes de que pudiera procesarlo, la música de cámara que tocaba en un rincón del salón dio paso a una pausa, y la gente empezó a tomar asiento para el inicio de la cena.
Acompañé a Ferrer hacia nuestra mesa, reservada para la representación médica y académica a pocos metros del estrado principal.
Y entonces la vi.
El aire se me atascó en la garganta con la fuerza de un golpe seco en el esternón.
Elena estaba sentada en la mesa de honor, en el centro exacto del foco social de la velada.
Llevaba un vestido largo de satén verde esmeralda, de una tela líquida y pesada que abrazaba la curva limpia de sus caderas y dejaba al descubierto una espalda desnuda, pálida y perfecta que yo conocía milímetro a milímetro.
Tenía el pelo oscuro recogido en ondas elegantes, los labios pintados de un tono borgoña profundo y una postura erguida, aristocrática y distante que jamás le había visto en el descansillo del ático.
A su derecha estaba sentado un hombre de unos sesenta años, de pelo canoso y porte severo que compartía con ella la misma línea recta de la nariz. A su izquierda, sentada con joyas de diamantes y una rigidez impecable, una mujer madura que la corregía con la mirada cada vez que hablaba.
Pero lo que me hizo apretar la copa de cristal con tanta fuerza que casi la reviento fue la persona sentada justo a su lado.
Ignacio Vidal-Ribas.
Llevaba un esmoquin de corte italiano a medida, gemelos de oro en los puños de la camisa y esa sonrisa pulida y vencedora de quien se sabe dueño del terreno.
En ese preciso instante, mientras el maestro de ceremonias se acercaba al atril para abrir la gala, Ignacio se inclinó hacia Elena, le susurró algo al oído con una familiaridad evidente y apoyó una mano sobre el respaldo de su silla, rozándole la piel desnuda de la espalda con una confianza insultante.
Elena no se apartó. Mantuvo la vista al frente, sonriendo con una compostura gélida y perfecta, interpretando el papel de la hija ideal de la familia Calders.
—Brillante concurrencia este año —comentó Ferrer a mi lado, tomando asiento y desplegando la servilleta de lino—.
Los Calders y los Vidal-Ribas van a sellar un acuerdo importante esta noche.
Mira a la hija de Calders, esa chica de verde; dicen que ha vuelto al círculo familiar para formalizar el compromiso con el hijo de Vidal-Ribas. Hacen buena pareja, ¿verdad?
No respondí.
Sentí cómo una corriente ácida, fría y furiosa me recorría las venas, barriendo de un plumazo toda la sensatez que me quedaba.
La imagen de Elena descalza en mi cocina con mi sudadera puesta, o gimiendo mi nombre arrodillada en el suelo del ascensor, chocó de frente contra esta farsa de sociedad noble.
En ese momento, como si hubiera sentido el peso de mi mirada taladrándole el perfil, Elena giró despacio la cabeza hacia la zona de las mesas médicas.
Sus ojos oscuros recorrieron la sala con indiferencia hasta que chocaron directamente con los míos.
Vi cómo el color de sus mejillas desaparecía en una fracción de segundo.
Sus labios entreabiertos se congelaron, y sus dedos, que sostenían una copa de champán sobre el mantel de hilo, se crisparon con una rigidez absoluta al reconocerme enfrente: de pie, vestido de etiqueta, y mirándola con toda la verdad descarnada de lo que éramos a puerta cerrada.