Capítulo 19 Elena
Despertar con la luz de la mañana entrando por los ventanales del ático B fue una experiencia desconcertante y adictiva a partes iguales.
Tenía el brazo pesado de Mateo rodeándome el estómago y su respiración tibia y acompasada dándome en la nuca.
El colchón olía a lino limpio y a su piel.
Durante unos minutos me quedé inmóvil, disfrutando de ese peso rotundo antes de deslizarme fuera de las sábanas con sigilo.
Me puse su sudadera negra —que me cubría holgadamente hasta medio muslo— y caminé descalza hacia la cocina.
Puse la cafetera al fuego. Cuando el aroma denso del café empezó a subir, Mateo apareció en el pasillo con unos pantalones de chándal grises y el pelo revuelto. Se apoyó en el marco de la cocina, mirándome de arriba abajo con esa fijeza verde y una media sonrisa perezosa.
—Te queda mejor a ti que a mí —dijo con la voz rota por el sueño, señalando la sudadera.
—Me la apropio en concepto de fianza —respondí, sirviendo dos tazas de café humeante y tendiéndole una.
Sus dedos envolvieron los míos al coger la taza.
El contacto fue breve, pero la calma y la complicidad que flotaban en la cocina demostraban que nuestro famoso pacto de «solo sexo y cero ataduras» se estaba sosteniendo sobre un equilibrio puramente ficticio.
Ninguno de los dos mencionó lo que había pasado en el ascensor, ni el hecho de haber dormido pegados toda la noche.
Era más fácil fingir que todo seguía bajo control.
Las dos semanas siguientes pasaron a un ritmo vertiginoso.
Me pasé las jornadas encerrada entre despliegues de servidores, refactorizaciones de código y llamadas técnicas con clientes extranjeros.
Sin embargo, las noches tenían una rutina no escrita: dos toques en la puerta a las once, cenas improvisadas en su mesa de roble o en mi sofá, y horas de piel contra piel que terminaban con uno de los dos cruzando el descansillo descalzo a primera hora de la madrugada.
El único recordatorio del mundo exterior era el teléfono móvil, que no dejaba de sonar.
Mi madre llamó cuatro veces para asegurarse de que tenía el vestido adecuado para la cena de gala benéfica de la Fundación en el Círculo del Liceo.
Ignacio, tras el desplante en el restaurante del Passatge de Marimon, había optado por una estrategia más sutil: un par de mensajes correctos y formales recordando que «coincidiríamos en la mesa presidencial el sábado».
No le contesté. No tenía ganas de alimentar falsas expectativas, pero tampoco podía eludir el compromiso sin desatar una crisis familiar a gran escala.
Por su parte, Mateo andaba doblado con guardias en el Clínic.
El jueves por la noche, mientras cenábamos una tortilla en mi cocina, me comentó de pasada que el fin de semana tenía un compromiso institucional ineludible: el jefe de servicio de Cirugía y Urgencias lo había obligado a asistir a un evento de mecenazgo hospitalario para representar al equipo médico que recibía una beca de investigación.
—Ponerse esmoquin y aguantar discursos de gente que no ha pisado un box en su vida es el peor castigo posible —había protestado Mateo con una mueca de fastidio, dándole un sorbo a su cerveza.
—Al menos te darán canapés decentes —bromeé yo, sin la menor sospecha de que ambos hablábamos de la misma noche.
El sábado por la tarde, el ático A se convirtió en una sala de preparativos.
Me di un baño largo, me sequé el pelo dejándolo caer en ondas suaves sobre la espalda y me maquillé con sobriedad: piel luminosa, máscara de pestañas y un tono borgoña mate en los labios.
El vestido era una pieza de satén de seda en color verde esmeralda oscuro, de tirantes finos, con la espalda completamente descubierta y una caída pesada y limpia que abrazaba la curva de mis caderas hasta rozar el suelo.
No era una prenda ostentosa, pero resultaba de una elegancia rotunda, casi líquida.
Me puse unos pendientes discretos de oro blanco y unos zapatos de tacón alto en tono nude.
A las ocho y cuarto, recogí el bolso de mano de la cómoda y salí al descansillo.
La puerta del ático B estaba cerrada a cal y canto; la luz bajo su rendija estaba apagada, lo que significaba que Mateo ya se había marchado a su compromiso médico.
Miré su puerta durante un segundo, sintiendo una punzada extraña en el pecho, una mezcla de nostalgia anticipada y el peso inevitable de la farsa que me tocaba interpretar en las próximas cuatro horas.
Ajusté la tira del bolso, me envolví en un chal negro de cachemira y bajé en el ascensor de reja dorada hacia la calle, donde el taxi ya me esperaba para llevarme directa a las Ramblas.