Capítulo 18 Mateo
Cerré la puerta del ático B con el pie sin soltarla de la cintura.
En la penumbra del pasillo, la urgencia de hacía dos minutos en el ascensor dio paso a una necesidad más pesada, más honda.
Tenía el sabor de su boca todavía en la mía y el cuerpo ardiendo, pero verla con ese vestido negro de seda, el pelo revuelto y los ojos oscuros y desafiantes en mitad de mi casa me desmontó cualquier esquema clínico.
Elena no se apartó. Dejó caer el bolso al suelo con un chasquido suave, apoyó las palmas de las manos contra mi pecho y me miró desde abajo con la respiración entrecortada.
—¿El casero se ha quedado con ganas de más? —preguntó, con un hilo de voz templada y una media sonrisa que era pura provocación.
—El casero no piensa dejarte cruzar ese descansillo esta noche —respondí, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo áspero contra su oído.
La alcé en vilo y la llevé directamente al dormitorio.
A diferencia de la mesa de roble del salón de la otra noche, la cama era amplia, con sábanas de lino gris y la ventana abierta un par de dedos, dejando entrar el rumor fresco de la noche barcelonesa.
La dejé caer sobre el colchón despacio; el vestido de seda se le subió hasta los muslos, exponiendo la línea limpia de sus piernas y los botines de tacón fino.
Me quité la sudadera y los pantalones de deporte con movimientos rápidos, quedándome desnudo frente a ella. Elena apoyó los codos detrás de su espalda, recorriéndome con la mirada sin disimulo: los hombros, el abdomen tenso, las manos marcadas por las venas.
Me arrodillé sobre la cama, sujetándole los tobillos para descalzarla con cuidado antes de tirar despacio de la cremallera invisible de su vestido. La seda negra resbaló hacia los lados, dejando al descubierto su sujetador de encaje oscuro y la piel clara, cálida y suave de su cintura.
—Hueles a restaurante caro —murmuré, inclinándome sobre ella y rozándole la mandíbula con la barba mientras le desabrochaba el cierre del sujetador.
Elena tensó la mandíbula un segundo, sosteniéndome la mirada con franqueza en la penumbra.
—Un compromiso del que me he largado antes de los postres —dijo, enredando las manos en mi nuca y atrayéndome hacia su boca—. No hablemos de eso ahora, Mateo.
El roce de sus labios húmedos contra los míos borró de golpe cualquier rastro de duda o reproche. Me acomodé entre sus muslos, abriéndoselos con las rodillas, mientras mis manos bajaban directas a deslizarle las braguitas por las piernas hasta dejarlas en el suelo.
Estaba ardiendo. La toqué despacio con dos dedos, acariciándole el clítoris con una cadencia circular y firme mientras mi boca bajaba por su cuello hasta envolver uno de sus pezones erectos.
Elena arqueó la espalda de golpe, clavando las uñas en mis omóplatos y soltando un gemido roto que resonó en el silencio de mi habitación.
—Mateo... por favor...
Cogí un preservativo del cajón de la mesita de noche, me lo coloqué con dedos seguros y me situé sobre ella, sosteniéndome sobre los antebrazos para clavar mis ojos en los suyos.
—Mírame, Elena.
Elena abrió los ojos en la penumbra, brillantes y desarmados, con las mejillas encendidas.
Entré en ella despacio, de una sola estocada profunda y continua que nos arrancó un gruñido sordo a los dos. La sensación de su calor estrecho y húmedo envolviéndome por completo fue tan intensa que tuve que cerrar los ojos un segundo para no perder el ritmo.
Empecé a moverme con embestidas largas, pesadas y constantes.
Elena enroscó las piernas alrededor de mi cintura, elevando las caderas para buscar más contacto, y sus manos me recorrieron la espalda de arriba abajo, apretando los músculos tensos a cada envite.
El crujido de la cama marcaba una cadencia hipnótica, sin prisas, saboreando cada roce de la piel contra la piel.
—Sí, joder... no pares... —gimió ella contra mi boca, buscando mis labios en besos desesperados y calientes.
Apreté el ritmo, clavando las manos en sus caderas para fijarla al colchón mientras la miraba deshacerse bajo mi peso.
El rubor le cubrió el pecho, su respiración se volvió entrecortada y, con un último gemido agudo que ahogó contra mi hombro, su cuerpo se tensó en un orgasmo violento que contrajo sus paredes contra mí en oleadas rítmicas y demoledoras.
Sentir su clímax me quebró el último gramo de contención. Apreté las embestidas tres golpes más y me vacié dentro de ella con un espasmo profundo, dejándome caer sobre su cuerpo mientras el aire volvía a llenarnos los pulmones poco a poco.
El silencio de la madrugada se asentó en el dormitorio.
Tras pasar por el baño, volví a la cama. Elena estaba tumbada de lado, arropada hasta la cintura con la sábana de lino, con el pelo oscuro desparramado sobre la almohada y la respiración tranquila.
Me metí bajo las mantas a su lado. Se suponía que nuestro pacto no incluía pasar la noche entera juntos, ni despertar en la misma cama, pero ninguno de los dos hizo el amago de marcharse.
Elena se deslizó despacio hacia atrás hasta encajar su espalda contra mi pecho con una comodidad instintiva.
Pasé el brazo por encima de su cintura y apoyé la barbilla en la curva de su cuello.
—Buenas noches, Mateo —murmuró con la voz pastosa de sueño.
—Buenas noches, vecina.
No hacía falta ningún diagnóstico médico para saber que estábamos cruzando una línea de no retorno, pero cerré los ojos y me dejé llevar por el calor de su cuerpo mientras la lluvia empezaba a repiquetear contra los cristales del ático.