Capítulo 17 Elena
El taxi me dejó en la esquina de Roger de Llúria a las doce y media de la noche.
Subí los tres peldaños del portal a zancadas, empujé la puerta de madera y forja y entré en el zaguán con la respiración todavía alterada. La adrenalina de la discusión con Ignacio me recorría las venas como una corriente eléctrica.
En ese momento, la puerta interior del ascensor de reja dorada se abrió en la planta baja.
Mateo salía con una bolsa de deporte al hombro, una sudadera negra y unos pantalones oscuros. Venía de correr a última hora o de un turno tardío; tenía el pelo revuelto, sombra de barba oscura y esa mirada verde que se clavó en mí con la precisión de un bisturí.
Se detuvo en seco al verme: el vestido negro de seda, los tacones, el abrigo abierto y la agitación evidente en mi pecho.
—Buenas noches, vecina —dijo con esa voz grave, evaluando el cuadro en un segundo—. Vienes de gala.
No respondí con palabras. El contraste entre la condescendencia impostada de Ignacio y la presencia rotunda, sólida y honesta de Mateo fue tan brutal que cualquier prudencia se evaporó.
Di dos pasos hacia él, lo agarré del cuello de la sudadera y lo empujé hacia el interior del ascensor antiguo.
Cerré la reja dorada de golpe y pulsé el botón del último piso. El motor del elevador empezó a zumbar con un traqueteo lento y pesado mientras la cabina de madera y cristal comenzaba a elevarse entre las plantas señoriales de la finca.
Mateo me miró con una ceja alzada y una chispa oscura encendiéndose en el fondo de sus ojos.
—Elena...
—Cállate —le susurré contra la mandíbula.
Me arrodillé directamente sobre el suelo de madera del ascensor, entre sus piernas.
El jadeo de Mateo fue seco, sordo. Apoyó la espalda contra el panel de cristal de la cabina y me miró desde arriba con las pupilas dilatadas mientras mis dedos desabrochaban el cordón de sus pantalones de deporte con una urgencia feroz.
—Elena, estamos en el ascensor de la finca —murmuró con la voz rota, aunque sus manos ya se habían hundido en mi pelo suelto.
—Nadie sube a la una de la madrugada —respondí, bajándole la tela hasta dejarlo expuesto.
Estaba completamente duro, caliente y latiendo con fuerza. No me detuve a pensarlo: envolví su base con una mano y lo cubrí con la boca de un solo movimiento profundo y cálido.
Mateo soltó un taco entre dientes, echando la cabeza hacia atrás contra el cristal mientras sus nudillos se ponían blancos al aferrarse a mi cabello. El ascensor ascendía con una lentitud exasperante, pasando la segunda planta con un leve chirrido de engranajes.
Aumenté el ritmo, succionándolo con una cadencia apretada y rítmica, usando la lengua y los labios con una entrega descarada que le arrancaba gruñidos graves desde el fondo del pecho.
Sentía el temblor de sus muslos contra mis hombros y cómo sus caderas se elevaban instintivamente buscando más profundidad.
—Joder, Elena... —gimió en un susurro áspero, perdiendo el control—. Para... no voy a aguantar hasta arriba.
No me aparté. Apreté la succión, acariciando la base con los dedos con una presión implacable justo cuando la cabina superaba la tercera planta.
Mateo se tensó por completo. Sus manos apretaron mi pelo con fuerza inapelable y se vació en mi boca con espasmos intensos y profundos, gimiendo mi nombre contra el techo de madera mientras el ascensor frenaba con un chasquido metálico en el rellano del ático.
Tragué con calma, me limpié la comisura de los labios con el dorso de la mano y me puse en pie despacio, alisándome el vestido negro.
Mateo se recompuso la ropa con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando a un ritmo desbocado. Me miró con una mezcla de shock, deseo salvaje y una posesividad cruda que llenaba la cabina entera.
Empujé la reja dorada para abrir la puerta del ascensor.
—Buenas noches, casero —susurré con una sonrisa tranquila antes de cruzar al ático A.
Mateo salió detrás de mí, me agarró de la cintura con una mano y me estampó contra la puerta de su ático B antes de que pudiera meter la llave en mi cerradura.
—De eso nada —gruñó con la voz rota, pegando su boca a la mía—. Esta noche duermes en mi cama.