Cláusula de Convivencia Capítulo 16 Elena
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Capítulo 16 Elena

La cena del viernes con Ignacio no fue una elección; fue una emboscada diplomática orquestada por mi madre.

El miércoles por la tarde, mi padre me había llamado personalmente —algo que hacía dos veces al año— para recordarme que el bufete de los Vidal-Ribas estaba cerrando una ronda de financiación clave para el patronato de la Fundación.

«No te cuesta nada ser amable y cenar con él, Elena.

No comprometes a nadie y mantienes la armonía familiar».

A las nueve de la noche, Ignacio me esperaba en una mesa reservada en un restaurante discreto del Passatge de Marimon. Luz tenue, terciopelo oscuro, jazz de fondo y una botella de vino blanco de Borgoña enfriándose en la cubitera.

Ignacio estaba impecable. Llevaba una americana gris marengo de corte italiano sobre una camisa blanca abierta y el pelo ligeramente ondulado hacia atrás. Olía a madera cara y a triunfo.

—Estás deslumbrante, Elena —dijo al ponerse en pie para recibirme, dejándome dos besos en las mejillas que se demoraron un segundo de más en la comisura de mi boca.

Llevaba un vestido negro de seda, ceñido a la cintura y con una falda de vuelo suave que caía justo por encima de las rodillas.

Durante la primera parte de la velada, Ignacio desplegó todo su arsenal.

Tenía un magnetismo innegable: era culto, hablaba con agudeza sobre mercados internacionales y sabía escuchar cuando le explicaba la arquitectura de servidores en la que estaba trabajando, haciendo preguntas inteligentes que demostraban que no era ningún estúpido.

Había una química innegable en el aire, esa familiaridad compartida de dos personas que conocen los mismos códigos desde la infancia.

Sin embargo, a medida que la botella de vino fue bajando, la línea entre la seducción y la presunción empezó a borrarse.

—Te sienta bien el Eixample, tengo que admitirlo —comentó Ignacio, inclinándose sobre la mesa mientras jugaba con el pie de su copa—. Tienes un aire más salvaje, menos predecible que las demás. Me gusta.

—Simplemente hago mi trabajo y vivo donde me da la gana, Ignacio. No tiene más misterio.

—Ya lo sé —sonrió él, con una mirada cargada de intención directa—. Por eso insisto tanto. En la gala del Liceo vamos a tener que guardar las formas con nuestros padres delante, pero esta noche no tenemos público.

Pidió la cuenta con un gesto al maître y salimos a la calle. El aire de la noche era fresco. Caminamos unos metros por la acera solitaria hacia donde tenía aparcado el coche.

Ignacio se detuvo junto a un portal señorial en penumbra, me tomó suavemente del brazo y me giró hacia él.

—Elena... —murmuró, bajando la voz.

Se inclinó despacio. Su perfume era embriagador y sus facciones masculinas estaban a escasos centímetros de las mías. Por un instante, la inercia del momento y la tensión física casi hicieron que cediera al beso.

Pero antes de que sus labios rozaran los míos, su mano derecha bajó por mi cadera con una soltura excesiva, levantó la tela de seda de mi vestido y se deslizó por debajo de mi falda, buscando la piel desnuda de la parte alta de mi muslo con una confianza invasiva, como si cobrarse el peaje de la noche fuera un derecho adquirido.

El choque de su mano fría bajo mi ropa me congeló el estómago.

Le agarré la muñeca con fuerza y la aparté de un golpe seco, dando dos pasos hacia atrás sobre la acera.

—No —dije, con la voz firme y la respiración cortada.

Ignacio parpadeó, desconcertado por la brusquedad del rechazo, pero mantuvo esa sonrisa pulida que empezaba a parecerme insoportable.

—Vamos, Elena. Hay química entre nosotros desde que éramos unos críos. No tienes que hacerte la difícil ahora.

—Una cosa es cenar y otra muy distinta que des por hecho cosas para las que no te he dado permiso —respondí, alisándome la falda con un gesto tajante—. Me voy a casa.

—Te llevo en el coche.

—Me voy en un taxi. Buenas noches, Ignacio.

Me di la vuelta sobre los tacones y caminé hacia la avenida Diagonal sin mirar atrás, con el pulso acelerado por la rabia y una necesidad urgente y física de borrar el tacto de sus dedos de mi piel.