Cláusula de Convivencia Capítulo 15 Mateo
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Capítulo 15 Mateo

Establecer un acuerdo estrictamente físico con la persona que duerme a dos metros de tu pared es, desde un punto de vista puramente logístico, una trampa perfecta.

Durante las dos semanas siguientes, la última planta de la finca desarrolló una coreografía silenciosa.

No había citas formales ni mensajes superfluos a lo largo del día, pero a las once de la noche bastaba un mensaje de una sola palabra o dos toques secos en la puerta para que el descansillo dejara de existir.

A veces era en mi piso, con ella sentada sobre la encimera mientras yo me quitaba el cansancio de la guardia; otras en el suyo, entre sus pantallas de código y el aroma a café recién molido.

Elena era insaciable, directa y tenía una respuesta física tan intensa que convertía cualquier intento de contención en un absurdo.

Una de esas noches, tras una guardia especialmente dura en traumatología, la tumbé en su cama y me pasé horas recorriéndola con calma quirúrgica hasta que se corrió tres veces seguidas, temblando contra las sábanas, antes de dejarme entrar en ella.

El domingo por la mañana, la realidad del edificio reclamó su espacio.

Mi hermano Marc llegó a las once con una caja de herramientas pesada y dos cruasanes de la pastelería de la esquina. Marc era dos años menor, arquitecto, y entre los dos nos repartíamos el marrón de mantener en pie la finca que levantó nuestro abuelo a base de horas y andamios.

—La viga maestra del sótano está perfecta, pero los albañiles tienen que sanear la bajante del patio antes de que dé guerra en el principal —dijo nada más entrar en mi cocina, dejando la carpeta sobre la mesa de roble y sirviéndose café sin pedir permiso—.

Por cierto, me he cruzado en el portal con tu nueva inquilina del A.

Mantuve la vista fija en la cafetera, controlando el pulso por pura inercia médica.

—Elena.

—Sí, esa. Guapísima, por cierto. Iba en ropa de correr —Marc me miró de reojo con una sonrisa socarrona—. Bastante más interesante que el perfil de jubilado tranquilo que querías meter para no complicarte la vida.

—Paga puntual y cuida el piso —respondí con sequedad, dándole un trago a mi taza—. Bastante nos cuesta mantener los gastos de la comunidad como para buscar líos.

—Ya, claro. El doctor desapego —se burló Marc, dándome una palmada en la espalda—. Venga, baja conmigo un momento al zaguán a ver el presupuesto de los operarios.

Al bajar nos encontramos con Carlos, mi compañero de Urgencias, que subía a devolverme unos manuales de cirugía vascular que le había prestado. Mientras Carlos y Marc se enredaban en una conversación sobre reformas y turnos de hospital en el zaguán, el portal se abrió de nuevo.

Elena entraba de la calle con unos auriculares inalámbricos colgados del cuello, el pelo oscuro recogido en una coleta alta y unas mallas deportivas que marcaban la línea rotunda de sus piernas. Traía las mejillas encendidas por el esfuerzo y la respiración templada.

—Buenos días —saludó con una compostura impecable, sin detener el paso, tratándonos a los tres con la distancia justa de una vecina educada.

—Buenos días —respondió Carlos con una sonrisa amable—. Vaya ritmo llevas un domingo.

—Hay que despejar la cabeza antes de compilar código —dijo ella con una media sonrisa tranquila.

Al pasar a mi lado para enfilar la escalera, sus ojos oscuros se clavaron en los míos apenas una fracción de segundo. No hubo un gesto de más, ni una inflexión reveladora en la voz; solo ese destello denso y cómplice que me tensó la mandíbula al instante.

El eco de sus pasos subiendo hacia el ático se desvaneció en el hueco de la escalera.

En cuanto la puerta del ascensor de reja quedó atrás y nos quedamos solos en el zaguán, Carlos soltó una risa baja y me miró cruzándose de brazos.

—Vaya, qué casualidad —dijo Carlos con sorna—. La del corte por cristal en la mano izquierda. Veo que el seguimiento postoperatorio a domicilio ha sido todo un éxito clínico.

Marc frunció el ceño, alternando la mirada entre Carlos y yo con los ojos muy abiertos.

—Espera, ¿qué corte? ¿Qué me he perdido?

—Tu hermano, que es muy profesional con las urgencias del vecindario —añadió Carlos, dándole un codazo a Marc con complicidad—. Se le da de maravilla retirar puntos de sutura fuera de horario laboral.

Marc soltó una carcajada limpia que resonó en el vestíbulo señorial y me señaló con el dedo.

—¡Lo sabía! Decías que era solo una inquilina tranquila para no complicarte la vida. Te conozco desde que naciste, Mateo; a ti las mujeres con esa mirada nunca te han dejado indiferente.

—Es mi vecina y tenemos las cosas claras —corté con voz firme, aunque la media sonrisa en la cara de Carlos y la mirada burlona de mi hermano hacían inútil cualquier intento de parecer distante—. Y tú revisa el presupuesto con los operarios, que la bajante no se va a sanear sola.

Marc negó con la cabeza, riéndose por lo bajo mientras recogía la carpeta bajo el brazo.

—Lo que tú digas, doctor. Pero como tengáis una reunión de vecinos en el descansillo, avísame, que no me la pierdo por nada del mundo.