Cláusula de Convivencia Capítulo 14 Elena
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Capítulo 14 Elena

El peso del cuerpo de Mateo sobre el mío fue aflojando despacio, transformando la urgencia desbocada de hacía unos minutos en una respiración lenta y acompasada.

Tenía la frente apoyada en el hueco entre mi cuello y mi clavícula, y el calor de su piel húmeda contra mi pecho desnudo servía como ancla para bajar las pulsaciones.

Ninguno de los dos dijo nada durante un largo rato. Solo se escuchaba el murmullo lejano del tráfico de la calle Roger de Llúria y el crujido sordo de la madera de la mesa cuando Mateo se incorporó con calma.

Se deshizo del preservativo en el baño contiguo y volvió al cabo de un minuto vistiendo unos pantalones grises de chándal desgastados, con los pies descalzos y el torso aún desnudo. Me tendió una toalla de mano limpia y una de sus camisetas de algodón oscuro.

—Póntela si tienes frío. El piso tarda en templarse a esta hora —dijo con esa voz grave, ya asentada y tranquila.

Me pasé la prenda por la cabeza. La tela olía a jabón neutro, a madera y a su propia piel. Me quedaba holgada, cubriéndome hasta medio muslo. Me bajé de la mesa de roble descalza, apoyando los pies sobre el parquet aceitado.

Por primera vez desde que entramos a oscuras, me detuve a observar el ático B.

Aunque la distribución era idéntica a la de mi piso, la atmósfera era radicalmente distinta. Mi ático estaba lleno de plantas, telas claras, pantallas de diseño y muestras de proyectos; el de Mateo destilaba una sobriedad casi espartana, pero con una calidez austera y funcional.

Las paredes conservaban el tono blanco roto original con molduras sobrias en los techos altos.

A lo largo de la pared principal se alzaba una librería de hierro y madera oscura de suelo a techo, repleta de manuales médicos, atlas de anatomía quirúrgica con los lomos castigados por el uso y las ediciones de clásicos que ya empezaba a conocer bien.

En una esquina descansaba un tocadiscos antiguo sobre un mueble bajo de teca, y el sofá de cuero marrón envejecido tenía esa forma acogedora de los muebles pensados para durar décadas.

—Es un buen espacio —comenté en voz baja, acercándome a la estantería con los brazos cruzados.

Mateo estaba en la pequeña cocina abierta, sirviendo dos vasos de agua del grifo.

—Era el despacho de mi abuelo cuando la familia ocupaba toda la finca —dijo, acercándose para tenderme uno de los vasos—. Cuando dividimos la planta en dos áticos, me quedé con este lado porque tiene mejor luz por las mañanas.

Acepté el vaso y di un trago largo; tenía la garganta seca. El agua fresca me sentó de maravilla.

—Veo que la sección de Zweig y compañía sigue creciendo —dije, señalando con la barbilla la balda central donde descansaban varios tomos encuadernados en tela.

Mateo apoyó la espalda contra la librería, a un palmo de mí, bebiendo de su vaso con la mirada fija en mi rostro. La penumbra del salón, apenas rota por la luz de las farolas que entraba por el ventanal, suavizaba sus facciones sin restarle un ápice de presencia.

—Hábito difícil de quitar —respondió con una media sonrisa tranquila—. Y buen antídoto después de diez horas de guardias.

Sonreí, apoyando el hombro contra el lateral de la estantería. El contraste entre la discusión de hacía un rato en el descansillo y esta calma inmediata y desarmada era llamativo, pero extrañamente cómodo.

—Siento la bronca en el rellano —murmuré, bajando un poco la vista hacia el vaso—. Me sacó de quicio que pensaras que tenía que darte explicaciones de lo que hago o dejo de hacer.

Mateo no contestó de inmediato. Dejó su vaso sobre una balda de madera y dio medio paso hacia mí, acortando la distancia hasta que pude sentir de nuevo la radiación templada de su torso desnudo.

Levantó la mano derecha y me rozó la mandíbula con los nudillos, subiendo con suavidad hasta colocarme un mechón rebelde detrás de la oreja.

El tacto fue deliberado, con una seguridad que me erizó la nuca.

—No tienes que disculparte, Elena —dijo en un tono bajo, mirándome directo a los ojos—. Sé perfectamente que no le debes explicaciones a nadie. Lo que me sacó de quicio no fue el coche en el vado.

Sostuve su mirada verde en la penumbra.

—¿Y qué fue?

—Ver que ese tipo se tomaba la libertad de tocarte como si diera por sentado que estás a su disposición.

Un calor espeso se me asentó en el pecho ante su franqueza. No había poses, ni rodeos artificiales.

—Ignacio es un compromiso del que me encargo yo solita —dije, apoyando la palma de mi mano libre sobre su pecho, sintiendo el latido firme de su corazón bajo la piel—. Y nadie decide por mí con quién me meto en la cama.

Mateo bajó la mano hasta mi cadera, sujetándome con una presión tranquila pero rotunda.

—Eso me queda bastante claro.

—Entonces mantengamos las cosas simples —dije, mirándolo a los ojos con seguridad pragmática—. Sexo cuando a los dos nos apetezca, sin preguntas de más, sin dramas y sin invadir el espacio del otro.

Mateo ladeó apenas la cabeza, mirándome con una mezcla de aprobación y calma mientras sus dedos trazaban una línea perezosa sobre el costado de mi camiseta.

—Un acuerdo estrictamente físico entre vecinos —dijo con voz grave y un punto socarrón—. Me parece el diagnóstico más sensato que hemos tenido en toda la semana.

—Pues trato cerrado, doctor —sonreí, dejando el vaso vacío a un lado y dejándome envolver por sus brazos en la tranquilidad del ático.