Capítulo 13 Mateo
El portazo retumbó en la penumbra del recibidor.
Dejé caer las llaves sobre la consola de la entrada y empujé a Elena contra la madera de la puerta cerrada.
No había encendido una sola luz; solo la claridad azulada de las farolas del Eixample entraba por los ventanales del salón al fondo del pasillo, recortando la silueta de su cuerpo contra la mía.
—Dime que me detenga ahora, Elena —murmuré contra su cuello, buscando la piel suave y caliente justo debajo de su oreja mientras mis dedos se hundían en la seda de su blusa—. Porque si no lo haces, no pienso parar.
Elena echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro entrecortado que me quemó la piel. Sus manos subieron directas a mi nuca, enredando los dedos en mi pelo con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
—No te atrevas a parar, Mateo.
Esa respuesta pulverizó cualquier resto de prudencia que me quedara.
Le quité la gabardina de un tirón seco y la dejé caer al suelo de parquet junto a mi bolsa y su bolso.
La alcé en vilo por los muslos; Elena enroscó las piernas alrededor de mis caderas con una agilidad perfecta, jadeando contra mi boca mientras sus uñas se clavaban en mis hombros a través de la camiseta.
La llevé en volandas por el pasillo hacia el salón.
Mi casa era distinta a la suya: más austera, con estanterías altas repletas de tratados de anatomía y cirugía, un sofá de cuero marrón desgastado y grandes ventanales que daban a la parte alta de la fachada.
La senté sobre la mesa de roble macizo que usaba para estudiar y trabajar.
El crujido sordo de los papeles al apartarse quedó sepultado por el sonido de su respiración entrecortada.
Me quité la camiseta por la cabeza de un tirón y la tiré a un lado.
Desabotoné su blusa de seda con manos rápidas, exponiendo el sujetador de encaje negro y la curva tersa de su pecho antes de soltarle los vaqueros.
Se los quité junto a los botines y el tanga con un movimiento fluido, dejándola completamente desnuda de cintura para abajo sobre la madera oscura.
Elena apoyó las manos detrás de su cuerpo, con la respiración agitada y los ojos brillantes fijos en mí.
En lugar de avanzar de pie, me arrodillé en el suelo, justo entre sus muslos abiertos.
Elena soltó un jadeo bajo y contenido cuando mis manos se cerraron sobre la parte interna de sus rodillas, separándoselas despacio. El contraste del aire fresco de la estancia con el calor húmedo y concentrado entre sus piernas era absoluto.
—Mateo... —susurró, con la voz quebrada.
No respondí. Apoyé las palmas sobre sus muslos para fijarla a la mesa y me incliné hacia adelante. Acaricié primero la piel suave de las ingles con la barba áspera antes de buscarla directamente con los labios y la lengua.
Elena arqueó la espalda de golpe contra la madera, enredando las manos con fuerza en mi pelo.
Me tomé mi tiempo, lamiéndola con una cadencia deliberada, profunda y caliente, sintiendo cómo sus caderas se movían instintivamente buscando más presión.
Sus muslos empezaron a temblar contra mis hombros.
Cada movimiento de mi boca le arrancaba gemidos rotos que resonaban en la penumbra del salón, hasta que sus dedos tiraron de mi pelo hacia arriba con desesperación.
—Por favor... —gimió, incapaz de mantener el aire en los pulmones—. Mateo, sube.
Me incorporé despacio, saboreándola en los labios. Fui a la mesilla de noche del dormitorio contiguo a por un preservativo y volví en apenas tres zancadas.
Me lo puse con dedos rápidos, me coloqué de pie frente a la mesa y la agarré con firmeza por debajo de los muslos, arrastrándola hasta el borde de la madera. Elena me miró con las pupilas dilatadas y la boca entreabierta, tirando de mí hacia su cuerpo sin esperar un segundo más.
Entré en ella de una sola estocada, firme y profunda.
Los dos soltamos el aire al mismo tiempo en un gruñido sordo. Estaba tan caliente, resbaladiza y estrecha por lo de hacía un momento que tuve que apoyar una mano en el tablero de roble para no perder el control de inmediato.
Empecé a moverme con un ritmo pesado y constante, sosteniéndole la mirada mientras sus piernas se cruzaban detrás de mi espalda.
Elena se inclinó hacia adelante, devorándome la boca en besos hambrientos mientras sus uñas se hundían en mis hombros desnudos.
La madera crujía al compás de cada embestida, marcando una urgencia que no admitía pausas.
El clímax la alcanzó de lleno unos minutos después, sacudiéndola en espasmos intensos que me apretaron desde dentro con una fuerza brutal.
Al sentirla temblar y gemir contra mi cuello, apreté el ritmo un par de golpes más y me vacié dentro de ella, dejándome caer sobre su pecho con la frente apoyada en su hombro mientras el silencio volvía a apoderarse de la casa.