Capítulo 12 Elena
El eco de sus palabras resonó en la caja de la escalera con la fuerza de un portazo.
Mateo no esperó mi respuesta. Se dio la vuelta y subió los últimos peldaños hacia el descansillo del ático con zancadas largas, cargando la bolsa de papel y la chaqueta al hombro como si tuviera prisa por encerrarse y levantar un muro entre los dos.
Apreté la tira del bolso contra el hombro y aceleré el paso, sintiendo una mezcla punzante de rabia y adrenalina subiéndome por el pecho.
—¿En serio, Mateo? —solté al llegar arriba, plantándome en mitad del rellano justo cuando él metía la llave en la cerradura del ático B—. ¿Ese es tu gran argumento? ¿El vado de los vecinos?
Mateo se detuvo en seco con la mano sobre el pomo. No se giró de inmediato; vi cómo se le tensaban los omóplatos bajo la camiseta oscura y cómo apretaba la mandíbula antes de volverse despacio hacia mí.
—Es un hecho objetivo —dijo con esa voz grave, deliberadamente plana, intentando colocarse esa coraza fría que utilizaba en el hospital—. Ese coche estaba en doble fila y en este edificio vive gente mayor que necesita el paso despejado.
—Ese coche ha estado parado noventa segundos. Y los dos sabemos perfectamente que lo que te molesta no tiene nada que ver con el tráfico de la calle —di un paso hacia él, acortando el espacio en el descansillo—. Ni tampoco era una cita.
Mateo soltó una risa seca, sin una pizca de humor, clavando sus ojos verdes en los míos con una intensidad que contradecía cada milímetro de su pretendida indiferencia.
—No tienes que justificar tus tardes conmigo, Elena. Lo dejamos muy claro el sábado: cada uno tiene su vida, cero expectativas y cero explicaciones. Si decides cenar el viernes que viene con un tipo que te aparta el pelo como si fueras de su propiedad, a mí no me incumbe.
La punzada de celos en sus palabras fue tan evidente, tan visceral, que me cortó la respiración un segundo.
—¿Vas a ponerte en plan posesivo ahora? —avancé otro paso, quedando a menos de un metro de su pecho—.
Ignacio es alguien a quien conozco desde los diez años.
Es educado, es atractivo y me ha traído a casa porque llovía.
Y aunque decidiera salir a cenar con él, ¿a ti qué te importa?
No firmamos ningún contrato de exclusividad social.
Mateo no se movió. Su respiración se había vuelto más honda, más pesada, y la distancia pactada de la mañana del sábado empezaba a desmoronarse bajo la corriente espesa que llenaba el descansillo.
—Pues no parecía que no fuera una cita cuando te tocaba en la acera —soltó en voz baja, con una aspereza cruda que ya no intentaba disimular.
—Si te fastidia tanto vernos juntos, a lo mejor es que nuestro pacto de indiferencia no te resulta tan cómodo —respondí, mirándolo directamente a los ojos—. Y la única persona a la que tengo ganas de tener cerca desde el viernes por la noche no es precisamente él.
El silencio que siguió cayó como un peso muerto entre las dos puertas.
La mirada de Mateo cambió en un destello: la frialdad defensiva se quebró de golpe, dando paso a esa sombra oscura y hambrienta que reconocí al instante.
Dejó caer la bolsa de papel y la chaqueta sobre el felpudo con un chasquido sordo, dio un paso largo hacia adelante y me agarró de la cintura con una mano firme, estampando mi espalda contra la pared del descansillo.
Solté un jadeo cuando el frío del ladrillo rozó mi cuello y el calor abrasador de su cuerpo me cubrió por completo.
—Dijimos que esto era una pésima idea —murmuró con la voz rota, a escasos milímetros de mis labios, con la barba rozándome la mandíbula.
—Pésima —susurré, enredando mis dedos en la tela de su camiseta a la altura de su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra mi palma—. Absolutamente imprudente.
Mateo no esperó más. Su boca se estrelló contra la mía con una urgencia brutal, sin la contención del primer beso, reclamando cada rincón con una posesividad que me hizo arquear la espalda y gemir contra su lengua. Sus manos subieron a mis caderas, apretándome contra él con una fuerza inapelable.
Sin romper el beso, giró la llave que ya había dejado puesta en su cerradura, empujó la puerta del ático B con el hombro y me arrastró hacia el interior de su casa a oscuras, cerrando de golpe a nuestras espaldas.