Capítulo 11 Mateo
El miércoles por la tarde salí del Clínic pasadas las seis y media.
Había sido una jornada espesa en quirófano: dos apendicectomías de urgencia y una revisión de trauma que se complicó más de la cuenta.
Tenía los hombros cargados, el cuello tenso y esa fatiga sorda que solo se pasa con una ducha larga y silencio.
Pasé por la ferretería de la calle Girona a recoger una junta para las tuberías del bajo comercial y caminé hacia la finca con la chaqueta de cuero al hombro y una bolsa de papel con algo de fruta y café.
El aire de la tarde empezaba a enfriar cuando doblé la esquina de mi calle.
Justo delante del portal, en doble fila y con las luces de emergencia puestas, había un Porsche Cayenne negro impecable, reluciente bajo las farolas recién encendidas. El motor roncaba con un murmullo bajo y caro.
Me detuve a unos metros, sacando las llaves del bolsillo, cuando la puerta del copiloto se abrió.
Elena bajó del coche. Llevaba unos vaqueros oscuros, botines de tacón bajo y una gabardina beige abierta sobre una blusa de seda blanca. Llevaba el bolso al hombro y el pelo ligeramente revuelto por el viento.
Antes de que pudiera cerrar la puerta, el conductor bajó del vehículo.
Tenía poco más de treinta años, el pelo castaño peinado hacia atrás con precisión milimétrica y un abrigo de paño azul marino de corte impecable sobre un traje sin corbata.
Era el típico perfil que se pasea por los despachos de la Diagonal como si la ciudad entera le debiera pleitesía.
Alto, bien parecido de forma simétrica y con esa seguridad insolente en la pisada.
—Te he dicho que no hacía falta que me trajeras hasta la puerta, Ignacio —dijo Elena, dándose la vuelta sobre la acera.
—No iba a dejarte coger un taxi, Elena —respondió él con una sonrisa pulida, dando dos pasos para invadir su espacio personal con absoluta naturalidad—.
Además, quería ver dónde te has metido. El edificio tiene su encanto modernista, pero sigo sin entender qué haces aquí en lugar de quedarte arriba.
Elena retrocedió apenas medio paso, manteniendo el bolso firme contra su costado.
—A mí me gusta dónde estoy.
—Ya lo veo —dijo Ignacio, acortando de nuevo la distancia.
Levantó la mano derecha y le apartó un mechón de pelo de la mejilla con un gesto íntimo, excesivamente confiado, antes de dejar sus dedos apoyados un segundo de más sobre su hombro—.
La cena del viernes que viene la elijo yo. Te paso a buscar a las nueve.
Elena no sonrió, pero tampoco apartó la mano de su hombro de un manotazo. Se limitó a asentir con un gesto que mezclaba familiaridad y cautela.
—Te llamo mañana y cerramos lo del viernes —dijo Ignacio con voz templada, rozándole la mejilla con el dorso de los dedos antes de soltarla—. Cuídate, Elena.
Apreté la bolsa de papel que llevaba en la mano con tanta fuerza que el cartón crujió entre mis nudillos.
Una sacudida violenta y visceral me golpeó el estómago, caliente y ácida, barriendo de un plumazo todo el cansancio de la guardia y cualquier teoría racional sobre "dos adultos independientes sin expectativas".
Di tres pasos largos hacia el portal. El sonido seco de mis botas sobre la acera hizo que los dos se giraran.
Los ojos de Elena se abrieron con sorpresa al verme, y noté cómo su espalda se tensaba al instante.
—Buenas tardes —dije con la voz deliberadamente neutra, aunque más grave y áspera de lo habitual.
Ignacio se giró despacio, midiéndome de arriba abajo: mis vaqueros desgastados, la camiseta oscura, la cazadora al hombro y la bolsa de la ferretería. Su mirada destilaba ese desdén automático de quien clasifica a la gente en estratos en menos de un segundo.
—Buenas —soltó Ignacio con un asentimiento displicente, antes de volver a mirar a Elena como si yo fuera parte del mobiliario urbano—. Te llamo mañana.
Se subió al coche, metió primera y aceleró por la calle con un bramido sordo del motor.
Me quedé en la acera frente a Elena. El silencio entre los dos se volvió denso, cortante, roto únicamente por el rumor de los coches en la calle contigua.
Elena me sostuvo la mirada. Tenía las mejillas encendidas por el frío y un destello de incomodidad en los ojos oscuros.
—Mateo...
—Parece que el café de compromiso ha cundido bastante —dije, introduciendo la llave en la cerradura del portal y empujando la pesada puerta de madera y forja sin mirarla.
—Solo me ha traído en coche porque lloviznaba en Gràcia —respondió ella, entrando detrás de mí en el zaguán con paso rápido.
—No tienes que darme explicaciones, Elena —dije, comenzando a subir los escalones de piedra hacia el ático—. Quedamos en que cada uno hacía su vida sin interferencias.
—Pues no parece que te esté dando igual —soltó ella desde el rellano inferior, siguiéndome el ritmo con el eco de sus tacones resonando en la caja de la escalera.
Me detuve en el descansillo del cuarto piso y me giré para mirarla de frente. Elena subía el último tramo, con la respiración ligeramente agitada y la mirada clavada en la mía, desafiante y hermosa.
Apreté la mandíbula, sintiendo el pulso latiéndome con fuerza en la sien. Toda la sensatez que había intentado construir desde el sábado por la mañana acababa de saltar por los aires al ver las manos de ese tipo tocándole la piel.
—Lo que me dé igual o no es mi problema —respondí en voz baja, clavando mis ojos en los suyos—. Pero si vas a traer a tus citas de la zona alta a la puerta de casa, al menos asegúrate de que aprendan a aparcar sin bloquear el vado de los vecinos.