Capítulo 10 Elena
El café del Pasaje de la Concepción era un rincón tranquilo, con mesas de mármol pulido, luz cálida y ese murmullo discreto de las reuniones de media tarde del Eixample noble.
Llegué cinco minutos antes de las cinco. Me quité la gabardina, la colgué del respaldo de una silla de madera oscura y pedí un agua con gas mientras repasaba en el portátil unas líneas de código y unos pull requests pendientes de un cliente de Ámsterdam.
La puerta de cristal se abrió con un tintineo suave e Ignacio entró.
Habría sido una hipocresía negar lo evidente: Ignacio Vidal-Ribas era un hombre sumamente atractivo.
Alto, de espaldas rectas y facciones angulosas, se movía con esa seguridad natural de quien jamás ha dudado de su sitio en el mundo.
Llevaba una chaqueta de lana fría azul marino sobre una camisa celeste impecable, sin corbata, con el cuello ligeramente abierto y un reloj de acero sobrio en la muñeca izquierda.
Olía a cedro, a cuero caro y a lluvia fresca.
Al verme, sus ojos castaños se iluminaron con una calidez franca y una sonrisa amplia que le marcaba dos hoyuelos en las mejillas.
—Elena —dijo, acercándose a la mesa con paso ágil. Se inclinó para darme dos besos en las mejillas; el roce de su piel rasurada y el calor de su colonia fueron rápidos pero cercanos—. Estás fantástica. Te sienta increíble el corte de pelo.
—Gracias. Hola, Ignacio.
Tomó asiento frente a mí, desabrochándose la chaqueta con soltura y pidiendo un expreso doble al camarero con una amabilidad impecable, de esas que aprenden desde niños en los colegios de Sarrià.
—Todavía estoy asimilando el cambio —comentó, apoyando los antebrazos sobre el mármol y mirándome con un interés directo, nada disimulado—. Tres años en la City de Londres son intensos, pero Barcelona se echaba de menos. Especialmente en primavera.
Durante los primeros veinte minutos, la conversación fluyó con una ligereza sorprendente.
Ignacio tenía anécdotas divertidas sobre su etapa en Inglaterra, una ironía inteligente para reírse de sí mismo y una memoria prodigiosa para recordar detalles de los veranos de nuestra adolescencia en la Costa Brava.
Bromeó sobre los campeonatos de tenis en Begur y sobre las manías de nuestros respectivos padres con una complicidad que me hizo relajar los hombros y sonreír con sinceridad.
No era ningún monstruo; era encantador, educado y sabía cómo mantener la atención de una mujer sin resultar pesado.
El problema empezó cuando la charla aterrizó en el presente.
—Y tú, cuéntame —dijo, señalando con la barbilla la pantalla de mi portátil antes de que la cerrara—. Tu madre me comentó que te habías salido de la consultora tecnológica donde estabas para montártelo por tu cuenta.
—Sí. Llevo casi dos años como programadora freelance y desarrollo proyectos de software para clientes de fuera —le expliqué—.
Sobre todo arquitecturas backend y aplicaciones web.
Me da la autonomía de elegir los proyectos que me interesan y gestionar mis propios horarios sin rendir cuentas a ninguna jerarquía.
Ignacio me escuchó con atención, asintiendo despacio mientras jugaba con la cuchara del café.
—Tiene mucho mérito, de verdad. Siempre se te dieron genial las matemáticas y la informática —sonrió, pero entonces soltó la primera frase con esa naturalidad devastadora de quien no mide sus privilegios—.
Aunque supongo que picar código por tu cuenta es una etapa divertida antes de colocarte de socia en una consultora grande o entrar en la dirección de operaciones de algún grupo del círculo de tu padre, ¿no?
Como proyecto personal para foguearte está muy bien, pero estar pendiente de clientes y facturas siendo freelance es un dolor de cabeza innecesario teniendo la red de contactos que tienes.
Apreté los dedos alrededor de mi copa de agua, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula.
—No estoy "picando código para foguearme", Ignacio. Es mi profesión, me gusta el desarrollo técnico y vivo muy bien de mi trabajo. No tengo ningún interés en entrar a gestionar empresas ajenas ni en que nadie me coloque por apellido.
Ignacio soltó una risa suave y atractiva, levantando las manos en señal de tregua, sin perder esa condescendencia innata.
—No te me pongas a la defensiva, mujer, no lo decía como crítica.
Al contrario, me parece genial que te des ese gusto un tiempo; de hecho, te hace ver muy independiente y eso me gusta —añadió, bajando el tono de voz con una inflexión más íntima, mirándome los labios antes de volver a mis ojos—.
Pero tampoco te empeñes en remar a contracorriente solo por llevarle la contraria a tu familia. Lo mismo pienso de lo del piso.
Arqueé una ceja.
—¿Qué le pasa a mi piso?
—Hombre, meterte de alquiler en una finca vieja del Eixample...
—dijo, mirando por el ventanal hacia la calle empedrada—.
Tiene encanto para salir a tomar una copa, claro.
Pero teniendo pisos vacíos de tu familia en Pedralbes o en Bonanova, con parking, servicio y jardín, complicarte la vida pagándole una renta a un casero en una comunidad de vecinos me parece puro orgullo.
El recuerdo del ático, del silencio en el patio de manzana y de Mateo curándome la mano con precisión en mi cocina me vino a la mente de golpe, marcando una distancia insalvable entre su mentalidad y la mía.
—A mí me gusta mi vida en el Eixample, Ignacio. Y me la pago yo.
—Y eso tiene su punto, de verdad —respondió él con una sonrisa seductora, inclinándose un poco más sobre la mesa—.
Pero no te cierres en banda. La semana que viene podríamos cenar con calma en algún sitio tranquilo y me cuentas más cosas.
Además, la gala de la Fundación es en tres semanas; podríamos coordinar para ir juntos, así nuestras familias se quedan tranquilas y nosotros pasamos una buena noche.
Miré la hora en mi reloj. El cielo fuera empezaba a encapotarse y caían las primeras gotas sobre el asfalto.
—Lo de la gala ya se verá, Ignacio. Y la semana que viene la tengo hasta arriba con un despliegue de servidores.
Pedí la cuenta, pero él se adelantó dejando un billete sobre la mesa con un gesto rápido que no admitió discusión.
—Te llevo a casa —dijo, poniéndose en pie y recogiéndome la gabardina para ayudarme a ponérmela con una cortesía milimétrica—. Está empezando a llover y tengo el coche en el parking de la esquina. No voy a dejar que te mojes ni que cojas un taxi.
El trayecto en su Porsche Cayenne hasta mi calle fue cómodo, con música suave de fondo e Ignacio intentando recuperar el tono distendido y seductor del inicio.
Era un tipo atractivo, con recursos y con mundo, pero cada vez que opinaba sobre mis decisiones me recordaba con exactitud por qué me había marchado de su entorno.
Cuando frenó en doble fila frente a mi portal, con el motor ronroneando bajo las luces de emergencia, me desabroché el cinturón dispuesta a bajarme rápido.
—Gracias por el café, Ignacio —dije, abriendo la puerta.
—Espera, que te abro —dijo él, apagando el contacto y bajando del coche tras de mí.
Y fue justo ahí, sobre la acera húmeda frente al portal, cuando intentó acortar la distancia y apartarme el pelo con una confianza que no le correspondía... justo en el segundo exacto en que los pasos firmes de Mateo y el crujido de su bolsa de la ferretería aparecieron doblando la esquina.