Capítulo 9 Elena
La llamada de mi madre entró menos de diez minutos después de que Mateo cruzara al ático B.
Respiré hondo antes de descolgar, todavía apoyada contra la encimera fría.
—Dime, mamá.
—Elena, cariño. Me acaba de escribir la madre de Ignacio —soltó sin molestarse en dar los buenos días, con ese tono eficiente y dulce que utilizaba siempre que movía hilos a mis espaldas—.
Me dice que Ignacio te ha mandado un mensaje.
Espero que no le hayas contestado con monosílabos.
Tiene una agenda imposible y ha tenido el detalle de querer verte antes de la gala.
Me pasé los dedos por la frente, cerrando los ojos.
—Mamá, apenas lo conozco. Coincidíamos en el club de tenis de críos y en un par de cenas de verano en Begur hace años.
—Es un chico impecable, de una familia extraordinaria y con una proyección brillante —rebatió, con esa firmeza elegante que no admitía réplicas—.
Tu padre y yo ya tenemos la mesa reservada para la gala de la Fundación el mes que viene.
Ignacio irá con su familia y me parece una oportunidad fantástica para que os pongáis al día.
Salid a cenar esta semana. No te cierres en banda antes de empezar, que parece que te gusta complicarte la vida viviendo en ese piso viejo.
—Mi piso está perfecto, mamá. Y ya veré cómo tengo la semana de trabajo.
—No seas difícil, Elena. Llámale hoy mismo.
Colgó antes de darme margen a contestar. Dejé el móvil sobre el mármol, sintiendo la misma punzada de agobio de siempre.
Ignacio Vidal-Ribas encarnaba con precisión matemática todo lo que me asfixiaba de mi entorno familiar: el pelo engominado milimétricamente, trajes caros llevados con una naturalidad insultante y esa condescendencia innata de quien asume que el mundo entero es un club privado al que pertenece por derecho de nacimiento.
Su mensaje rezumaba esa misma suficiencia; la idea de que mudarme al Eixample era una fase pintoresca, una pequeña rebeldía burguesa antes de volver al redil de la zona alta.
Para quitármelo de encima sin abrir una guerra con mi madre antes de la gala benéfica, le respondí con un mensaje escueto:
«Hola, Ignacio. Bienvenido de nuevo a Barcelona. Tengo una semana de entregas bastante complicada con el trabajo, así que cenar me viene mal. Si te apetece, podemos tomar un café rápido el miércoles a media tarde cerca de Rambla Catalunya».
Un café de veinte minutos en territorio neutro: suficiente para cumplir el expediente, marcar distancia y dejar claro que no había terreno para nada más.
Su respuesta tardó apenas dos minutos:
«Hecho. El miércoles a las cinco en el café del pasaje de la Concepción. Así me cuentas cómo es eso de trabajar por tu cuenta».
Apreté los dientes ante el retintín del mensaje, apagué la pantalla y me obligué a concentrarme en la jornada.
Pasé el resto del sábado trabajando en el diseño de una interfaz para una editorial de Madrid, pero cada vez que me levantaba a por agua, mis ojos se desviaban inevitablemente hacia la puerta principal.
El silencio del descansillo era absoluto.
Cumplir el pacto de la mañana parecía sencillo sobre el papel, pero tener la piel todavía impregnada de la noche anterior convertía cada metro cuadrado del ático en un recordatorio constante.
A última hora de la tarde, cuando el sol empezaba a caer tiñendo el cielo de tonos anaranjados y malvas, salí a la terraza comunitaria a tomar el aire.
El viento fresco de marzo me despejó de golpe. Me apoyé en la barandilla de forja, contemplando la cuadrícula de tejados del Eixample y las copas de los árboles del patio de manzana.
El chasquido metálico de la puerta de hierro me hizo girar la cabeza.
Mateo salía a la terraza con una sudadera gris desgastada, unos pantalones deportivos oscuros y una taza humeante en la mano. Tenía el pelo ligeramente húmedo, probablemente de haberse duchado al volver del hospital, y las facciones relajadas tras terminar el turno.
Al verme, detuvo el paso un segundo.
—Vaya —dijo con una media sonrisa tranquila, sin perder esa cadencia grave y pausada—. Parece que la terraza se ha convertido en zona común de verdad.
—Es el único sitio donde no me llega la cobertura del todo —respondí, devolviéndole una sonrisa cansada pero sincera.
Dio un par de pasos lentos y se apoyó en la barandilla a un metro de mí, respetando ese espacio acordado con una naturalidad pasmosa.
No había tensión forzada ni incomodidad; solo esa presencia sólida, sobria y auténtica que contrastaba de forma brutal con las llamadas y los mensajes que me habían taladrado la cabeza todo el día.
Bebió un sorbo de su taza y miró hacia los tejados antes de romper el silencio.
—¿Mucho trabajo hoy, o la llamada de esta mañana sigue dando guerra?
Lo miré de perfil. La barba de dos días, la serenidad en sus ojos verdes y esa ausencia total de artificios me generaron un alivio inmediato.
—Un poco de las dos cosas —admití, mirando al frente—. Mi madre insistiendo en sus cosas y alguien de mi entorno de siempre que ha vuelto a la ciudad.
Mateo asintió despacio, sopesando mis palabras sin hacer preguntas de más.
—Parecías bastante tensa en la cocina.
—Es solo la inercia de la que intento salir —dije, encogiéndome de hombros de forma vaga—. He quedado en tomar un café el miércoles para ponernos al día y quitarme el compromiso de encima.
Mateo sostuvo su taza con ambas manos. Noté cómo sus ojos se posaban un instante en mi perfil antes de volver a perderse en el horizonte de la ciudad.
—Bueno —dijo en voz baja, con un tono neutro que no dejaba traslucir del todo lo que pensaba—. Supongo que es difícil descolgarse del todo de según qué círculos.
—A veces más de lo que me gustaría —murmuré.
Mateo me miró directamente a los ojos, sosteniendo la mirada con una franqueza firme que volvía a hacer tambalear cualquier distancia prudencial.
—Solo asegúrate de que lo que hagas sea porque tú quieres, no por cumplir con nadie.