Cláusula de Convivencia Capítulo 8 Elena
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Capítulo 8 Elena

Desperté antes de que sonara la alarma.

La luz tenue de la mañana entraba filtrada por los ventanales del patio de manzana, dibujando franjas doradas sobre la pared de ladrillo visto. Durante unos segundos me quedé inmóvil, asimilando el peso cálido y rotundo que ocupaba el otro lado del colchón.

Mateo dormía de lado, de espaldas a la ventana.

Tenía un brazo apoyado sobre mi cintura, con la mano abierta descansando justo encima de mi cadera desnuda.

Dormido, sin la tensión de las guardias ni la máscara clínica, su rostro parecía más joven, aunque la sombra de barba y el ancho de sus hombros sobre las sábanas blancas imponían una presencia rotunda que llenaba la habitación entera.

Me moví despacio para no despertarlo y salí de la cama desnuda.

Abrí el cajón de la cómoda, me puse un tanga negro limpio y una camiseta básica gris de tirantes finos sin sujetador.

Caminé descalza hacia la cocina americana; el suelo de madera estaba templado.

Puse la cafetera italiana al fuego y me apoyé contra la encimera de granito, frotándome la palma de la mano izquierda: los puntos ya no estaban, solo quedaba una línea fina y rosada que apenas tiraba.

Unos minutos después, el crujido suave de las maderas del pasillo anunció sus pasos.

Mateo apareció en la cocina vistiendo solo sus vaqueros oscuros, con el torso desnudo y el pelo revuelto por el sueño. Se detuvo a un par de metros, apoyando el hombro contra el marco de la pared mientras el aroma a café recién hecho comenzaba a llenar el espacio.

—Buenos días —dijo con esa voz grave, rota por el despertar.

—Buenos días. Hay café en un minuto.

Sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo con lentitud. Se detuvieron en cómo la tela fina de los tirantes dibujaba la curva de mi pecho sin ataduras y en la línea descubierta de mis piernas antes de clavarse en mis ojos con una intensidad tranquila.

—¿Cómo está esa mano?

—Impecable. El médico hizo un buen trabajo.

Mateo sonrió apenas, dio dos pasos hacia la encimera y se colocó a mi lado. El calor de su piel limpia y el olor a café creaban una intimidad doméstica casi peligrosa.

—Elena —dijo, apoyando las manos en el borde de la encimera y mirándome de perfil—. Anoche fue increíble. No voy a fingir que no.

Giré la cabeza para mirarlo a los ojos. Me gustó que no recurriera a rodeos.

—Para mí también lo fue, Mateo. Mucho.

Hizo una pausa corta, sopesando las palabras antes de continuar.

—Pero vivimos puerta con puerta. Soy el casero de esta finca, tú eres mi inquilina y si esto sale mal la convivencia puede volverse incómoda.

Una sensación de alivio pragmático me recorrió el pecho; agradecí profundamente que estuviéramos en la misma página.

—Iba a proponerte exactamente lo mismo —respondí con una media sonrisa firme—. Me ha costado mucho independizarme de mi familia, encontrar este piso y tener mi propio espacio de trabajo. Me encanta este sitio y no pienso complicarme la vida ni arriesgar mi tranquilidad.

Mateo asintió despacio, con esa lucidez médica que agradecía las cosas claras.

—Trato hecho. Dos adultos independientes que saben dónde están los límites. Sin expectativas y sin confusiones.

—Cero complicaciones —afirmé, sirviendo el café humeante en dos tazas de cerámica.

—Exacto.

Me tendió la mano para recoger su taza. Al rozar mis dedos, la corriente eléctrica volvió a recorrer mi piel con la misma fuerza que la noche anterior, demostrando que pactar la cordura con palabras era bastante más sencillo que convencer al cuerpo.

En ese instante, la pantalla de mi móvil sobre la encimera vibró con insistencia.

Un nombre iluminó el cristal: Ignacio.

Acompañaba a la llamada perdida un mensaje de texto que acababa de entrar:

«Elena, cuánto tiempo. Me dio tu contacto tu madre; me contó que estás en el centro.

Ya he vuelto a Barcelona para incorporarme a la empresa de mi padre.

Sé que te veré en la cena de la Fundación, pero no quiero esperar hasta entonces: me gustaría invitarte a cenar la semana que viene y me cuentas qué tal la vida fuera de Pedralbes. Llámame cuando puedas».

El silencio cayó en la cocina de golpe.

Mateo no intentó leer la pantalla por educación, pero sus ojos captaron el destello y el gesto rápido y automático con el que puse el teléfono boca abajo sobre el granito.

No hizo preguntas indiscretas; simplemente dio un sorbo largo a su taza de café, sosteniéndome la mirada con una ceja ligeramente alzada, evaluando la repentina sombra de tensión que acababa de colarse entre nosotros.

—Tengo que pasar por el hospital a recoger unas muestras antes de las diez —dijo Mateo con tono neutro, dejando la taza vacía en el fregadero con un toque seco—. Gracias por el café, vecina.

—A ti por los puntos —respondí, forzando una sonrisa tranquila.

Cruzó el salón, recogió su camiseta del suelo del dormitorio y salió al descansillo.

Al escuchar el chasquido sordo de su puerta al cerrarse, miré de nuevo la pantalla de mi móvil, sintiendo cómo el mundo asfixiante del que había intentado escapar en Pedralbes llamaba a la puerta con puntualidad británica.