Capítulo 7 Mateo
La semana en Urgencias había sido una trinchera habitual de noches en vela, pero el viernes por la noche mi cabeza no estaba en el hospital ni en los turnos del fin de semana.
Eran las nueve y media cuando crucé el descansillo.
Me había duchado, cambiado el pijama quirúrgico por unos vaqueros oscuros y una camiseta negra de manga corta, y en la mano llevaba unas tijeras de punta fina para suturas, pinzas estériles y una botella de vino tinto que mi hermano me había dejado en casa el domingo.
Toqué dos veces a la puerta del ático A.
Elena abrió casi de inmediato. Llevaba el pelo suelto, una melena oscura y lisa que le caía sobre los hombros descubiertos por un jersey de punto fino color crema, holgado, que se deslizaba ligeramente hacia un lado.
Sus vaqueros marcaban la curva rotunda de sus caderas y su cintura con una sencillez demoledora.
Al verme, sus ojos oscuros recorrieron la botella en mi mano antes de clavarse en los míos.
—¿El instrumental médico viene con maridaje? —preguntó, con esa media sonrisa tranquila que ya empezaba a resultarme familiar.
—El vino es para compensar que no tengo despacho de consultas arriba —respondí, entrando en el piso.
El salón olía a jazmín y a la madera templada por la luz tenue de las lámparas. La mesa auxiliar junto al ventanal estaba despejada, con dos copas preparadas. Dejé la botella, descorché el vino y serví un par de dedos en cada copa.
—Siéntate —le dije, señalando el sofá.
Elena obedeció sin decir palabra. Me senté a su lado, lo bastante cerca como para notar el calor que desprendía su piel. Apoyó su antebrazo izquierdo sobre el cojín entre los dos.
Tomé su mano con suavidad. Su piel era templada y sus dedos se relajaron bajo los míos sin la menor resistencia.
—Vamos a ver cómo ha cerrado esto.
Examiné la eminencia tenar. La línea del corte estaba completamente sellada, limpia y con un tono rosáceo uniforme; los cinco nudos de hilo negro destacaban sobre la piel clara de su mano.
—Ha cicatrizado perfecto. Apenas te va a quedar una línea fina.
—Tuviste buen pulso en el box —dijo en voz baja, mirándome de cerca.
Cogí las pinzas con la mano izquierda para sujetar el cabo del primer nudo y las tijeras con la derecha.
La proximidad obligaba a una respiración pausada.
Cada vez que cortaba el hilo por debajo del nudo y tiraba con delicadeza para extraerlo, sentía la mirada fija de Elena en mi rostro, midiendo cada uno de mis gestos.
Uno. Dos. Tres.
—No duele nada —murmuró ella.
—Es solo un tirón leve del tejido —respondí, concentrado en el cuarto punto—. Pero si te quejas, en el hospital dirán que pierdo precisión con los años.
—Tu precisión está intacta, Mateo.
Extraje el quinto y último punto. Dejé las herramientas sobre la mesa baja y limpié la zona con una gasa empapada en antiséptico.
El procedimiento médico había terminado. Ya no había revisiones pendientes, ni recibos de la comunidad que firmar, ni reparaciones en la terraza comunitaria que justificaran cruzar el descansillo. Solo quedaba la realidad incómoda y evidente de que vivíamos a dos metros el uno del otro.
Sin embargo, no le solté la mano.
Mantuve mis dedos envolviendo los suyos, sintiendo el ritmo vivo de su pulso contra mi palma. El silencio en el ático se volvió espeso, cargado del rumor sordo de Barcelona tras los cristales.
Elena no apartó la mano. Al contrario: deslizó los dedos con lentitud, acariciando el dorso de mi mano con la yema de sus dedos hasta rozar el nacimiento de mi muñeca.
—Ya no quedan excusas médicas, Mateo —dijo en un susurro, sosteniéndome la mirada con una franqueza desarmante.
—No —admití. Mi voz sonó más grave y áspera de lo habitual—. Y sé perfectamente que mezclar la convivencia aquí arriba con cualquier otra cosa es una pésima idea.
—Pésima —coincidió ella, sin apartar los ojos de los míos ni un solo milímetro—. Absolutamente imprudente.
Alcé la mano libre y toqué la línea de su mandíbula. Su piel era increíblemente suave bajo la aspereza de mis dedos. Noté cómo su respiración se entrecortaba apenas un segundo, pero sus ojos no titubearon; estaban fijos en mi boca, oscuros, intensos, despojados de cualquier filtro.
Cualquier cálculo sobre distancias, cautelas o consecuencias se disolvió en el aire.
Me incliné despacio y busqué su boca.
Cuando mis labios rozaron los suyos, la contención acumulada durante semanas se quebró de golpe.
El beso empezó con una lentitud densa, reconociendo el calor y la forma de sus labios, pero en cuanto Elena entreabrió la boca y dejó escapar un suspiro contra mi piel, la contención dio paso a una necesidad física inapelable.
Llevé mi mano a su nuca, enredando mis dedos en su pelo liso para profundizar el beso, mientras ella apoyaba su mano derecha sobre mi pecho, apretando la tela de mi camiseta y sintiendo el latido desbocado de mi corazón contra su palma.
Sus labios sabían a vino y a una urgencia compartida que hacía meses que no experimentaba.
Me separé apenas unos milímetros, con la respiración entrecortada y la frente apoyada contra la suya, sintiendo el calor de su aliento rozando mi boca.
Elena abrió los ojos despacio, con las pupilas dilatadas y la respiración tan agitada como la mía.
—Dime que no vas a salir huyendo a tu lado del rellano —susurró, con un hilo de voz templada.
Pasé el pulgar por su labio inferior, sintiéndolo húmedo e hinchado, antes de volver a atraerla hacia mí.
—Quiero quedarme, Elena. Esta noche no me voy a ninguna parte.
La respuesta de ella fue tirar del cuello de mi camiseta para volver a sellar nuestras bocas con un hambre que barrió cualquier resto de duda.
Me puse de pie arrastrándola conmigo con un solo movimiento firme; Elena rodeó mi cintura con sus piernas sin romper el beso, aferrándose a mis hombros mientras cruzábamos los pocos metros que separaban el salón del dormitorio.
La luz tenue de la farola del patio de manzana entraba por el ventanal, recortando las sombras en la penumbra.
La dejé sobre el colchón despacio, acompañando la caída de su cuerpo con el mío.
Elena deslizó las manos por debajo de mi camiseta, arrastrándola hacia arriba hasta que me la quité de golpe y la arrojé al suelo.
Sus palmas templadas recorrieron el ancho de mis hombros, los brazos marcados y bajaron por mi pecho, hundiendo los dedos en el vello oscuro que nacía en mi esternón.
El contraste de su piel suave contra la textura más recia de mi torso me arrancó un gemido sordo en la base de la garganta.
—Llevaba semanas queriendo hacer esto —confesó ella en un susurro ardiente contra mi cuello, mientras sus uñas dejaban una presión deliciosa sobre mi espalda.
—No te imaginas las ganas que tenía de tocarte —admití, con la voz rota mientras la miraba desde arriba.
Le retiré el jersey de punto con lentitud deliberada.
Elena quedó solo con un sujetador de encaje negro que no hacía el menor esfuerzo por contener la generosidad de su pecho.
Su figura era un mapa perfecto de curvas rotundas: la piel clara y suave, la cintura estrecha y la línea marcada de sus caderas llenando la cama con una presencia rotunda, real y absolutamente magnética.
No había nada estéril ni medido en ella; era pura tentación.
Me incliné para recorrer con la barba la línea de su clavícula, descendiendo despacio mientras desabrochaba el cierre delantero.
Cuando mi boca cubrió uno de sus pechos, mordisqueando con delicadeza la piel sensible antes de envolverla con calor, Elena arqueó la espalda sobre las sábanas, soltando un jadeo largo que vibró en el silencio de la habitación.
Sus manos bajaron directas a la hebilla de mi cinturón, desabrochándolo con una soltura impaciente.
Nos deshicimos del resto de la ropa con una urgencia compartida que no necesitaba palabras, solo piel buscando piel. El calor entre los dos era abrasador.
Me acomodé entre sus muslos, pero en lugar de apresurarme, deslicé una mano por la curva de su cadera, acariciando la piel suave de su muslo interno hasta llegar a su entrepierna.
Elena entreabrió los labios y dejó caer la cabeza hacia atrás sobre la almohada en cuanto mis dedos la rozaron. Estaba empapada, ardiendo.
Separé sus pliegues con suavidad y tracé círculos lentos sobre su clítoris con la yema del pulgar mientras introducía dos dedos en su interior con una presión deliberada y firme. Elena soltó un gemido que vibró en la habitación, elevando las caderas contra mi mano y buscando más fricción.
—Mateo... —susurró con la voz rota.
Al mismo tiempo, su mano bajó por mi abdomen tenso y envolvió mi sexo con firmeza.
Sus dedos estaban cálidos, apretando con una cadencia segura que me arrancó un taco por lo bajo y me tensó todos los músculos de la espalda.
Nos acariciamos a ese ritmo compartido durante varios minutos, sintiendo el pulso desbocado y la humedad entre los dos hasta que la respiración de ambos se volvió casi insostenible.
Elena retiró la mano despacio, estiró el brazo hacia el cajón de la mesita de noche y sacó un preservativo. Me lo puso en la mano con un gesto directo, sin apartar sus ojos oscuros de los míos.
Lo abrí y me lo coloqué con movimientos rápidos antes de volver a acomodarme sobre ella. Sentí cómo sus piernas se abrían con una naturalidad absoluta para recibirme, envolviendo mis caderas con fuerza.
Antes de avanzar, busqué su mirada en la penumbra. Quería que estuviera plenamente consciente de cada milímetro.
—Mírame —pedí con la voz rota por el esfuerzo de no precipitarme.
Elena clavó sus ojos en los míos, firmes, brillantes, con las mejillas encendidas y los labios hinchados.
—Mateo... por favor.
Entré en ella con una presión lenta y continua, saboreando cómo su cuerpo cálido y estrecho me envolvía por completo. Elena apretó los párpados un segundo antes de soltar un gemido ahogado y clavar sus dedos en mis caderas, adaptándose al ritmo con una intensidad que casi me hizo perder la cabeza.
Comencé a moverme despacio, con embestidas profundas y medidas que hacían crujir la madera de la cama al compás de nuestras respiraciones.
Elena respondió a cada golpe con una sincronía perfecta, elevando las caderas para buscar más fricción, buscando mi boca en cada intervalo para devorarme los labios, la mandíbula y el cuello.
No hubo silencios contenidos ni incomodidad. Había manos grandes aferrando caderas firmes, el roce áspero de mi barba contra su piel tersa y una cadencia que fue acelerándose a medida que la tensión en el bajo vientre de ambos se volvía insoportable.
Elena enredó una mano en mi pelo, tirando con fuerza mientras sus gemidos se volvían más cortos, más rotos.
—Mateo... ahí, no pares...
La miré desarmarse por completo bajo mi peso: el rubor cubriéndole el pecho, la respiración entrecortada y esa entrega absoluta que culminó en un espasmo violento y prolongado.
Sus paredes internas se contrajeron a mi alrededor en oleadas rítmicas, atrapándome con una fuerza que terminó por quebrar mi último resto de resistencia.
Apreté mis manos contra sus muslos, hundiéndome en ella hasta el fondo mientras el orgasmo me golpeaba el pecho con la fuerza de un impacto limpio, vaciándome por completo mientras enterraba mi rostro en el hueco de su cuello.
El silencio volvió al dormitorio poco a poco, roto únicamente por el rumor de nuestras respiraciones agitadas y el compás acelerado de dos corazones latiendo pegados el uno contra el otro.
Me dejé caer a su lado sin soltarla, atrayendo su espalda contra mi pecho. Elena suspiró, encajando sus curvas contra mi cuerpo con una comodidad inmediata, y entrelazó sus dedos con los míos sobre el edredón.
Me quedé mirando la penumbra del techo con una calma que no recordaba haber sentido en años.