Cláusula de Convivencia Capítulo 6 Elena
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Capítulo 6 Elena

A las siete y media de la tarde, el timbre de mi puerta sonó con dos toques secos y pausados.

Había pasado todo el día intentando convencerme de que esto no era más que una revisión rutinaria de enfermería a domicilio.

Sin embargo, llevaba media hora con el portátil cerrado sobre la mesa del comedor, la lámpara de pie encendida proyectando una luz cálida y el libro de Zweig —con mi réplica en el pósit amarillo bien visible— apoyado sobre la mesita de centro.

Abrí la puerta.

Mateo estaba al otro lado. Venía directo del hospital: todavía llevaba los pantalones del pijama quirúrgico verde oscuro y una sudadera negra con la cremallera entreabierta que dejaba a la vista la base de su cuello.

Tenía el pelo ligeramente revuelto, sombra de barba oscura de dos días y esa mirada verde, intensa y cansada, que parecía ver a través de cualquier fachada.

En la mano derecha llevaba un neceser de tela con material estéril.

—Buenas tardes —dijo. Su voz grave sonó especialmente íntima en el silencio del descansillo—. ¿Se puede?

—Pasa. —Me hice a un lado, notando cómo el salón parecía empequeñecerse en cuanto él cruzó el umbral. Olía a aire fresco de la calle y a desinfectante.

—Siéntate en el sofá —indicó él, dejando el neceser sobre la mesa baja y arrodillándose sobre la alfombra justo frente a mí, a la altura de mis piernas.

El gesto fue tan natural como demoledor.

Con él en el suelo, entre mis rodillas, y yo en el borde del sofá, la proximidad era absoluta.

Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo y ver los detalles diminutos de su rostro: las líneas de cansancio en la comisura de los ojos y la firmeza implacable de su mandíbula.

—A ver esa mano —pidió con tono bajo.

Le tendí la mano izquierda. Mateo la tomó con ambas manos. Sus dedos estaban cálidos, firmes, envolviendo mi muñeca y mis dedos con una seguridad técnica que, lejos de calmarme, me disparó el pulso bajo su tacto.

Retiró el apósito con un movimiento suave y continuo, cuidando de no tirar de los bordes.

—No se ha infectado —dictaminó tras examinar la línea de sutura—. Los bordes están bien sellados y la inflamación ha bajado bastante. Buen trabajo.

—Suelo seguir las instrucciones que me dan —respondí, mirándolo fijamente.

—No tienes pinta de ser alguien que acate órdenes con facilidad, Elena.

—Solo cuando el criterio de quien las da tiene sentido lógico.

Una sombra de sonrisa curvó la comisura de sus labios.

Sacó una gasa estéril, la empapó en clorhexidina y comenzó a desinfectar la herida con pasadas lentas, circulares y deliberadamente suaves sobre la piel sensible alrededor del corte.

Cada roce enviaba una corriente eléctrica directa a mi estómago.

En ese momento, la mirada de Mateo se desvió hacia la mesita de centro. Vio el ejemplar de Carta de una desconocida. Y vio el pósit amarillo sobresaliendo en el lateral.

Sin soltar mi muñeca, estiró la otra mano, cogió el libro y leyó en silencio lo que yo había escrito: «El control absoluto suele ser solo miedo a lo impredecible».

El silencio en la habitación se volvió tan espeso que se escuchaba el rumor lejano del viento batiendo contra el ventanal del patio de manzana.

Mateo dejó el libro sobre la mesa, muy despacio. Cuando volvió a alzar los ojos hacia mí, el verde de su mirada era oscuro, denso, despojado por completo de cualquier distancia clínica.

—¿Crees que tengo miedo a lo impredecible? —preguntó. Su tono no era defensivo; era un reto pausado, peligroso, a escasos centímetros de mi rostro.

—Creo que usas los protocolos y la distancia para no tener que lidiar con lo que se escapa de tus cálculos —respondí, sin bajar la voz, sosteniéndole la mirada mientras sentía cómo mi pecho subía y bajaba a un ritmo acelerado.

Mateo no se apartó. Al contrario: apoyó una mano sobre el cojín del sofá, justo al lado de mi muslo, inclinándose hacia delante.

Estábamos tan cerca que sentía el calor de su respiración contra mis labios.

Sus ojos bajaron por una fracción de segundo a mi boca y luego recorrieron la línea de mi cuello, deteniéndose en el escote de mi camiseta antes de volver a clavarse en mis ojos.

El aire entre nosotros parecía a punto de arder.

Bastaba un movimiento mínimo, apenas un par de centímetros, para que su boca tocara la mía.

Mi respiración se entrecortó. Su mano sobre mi muñeca apretó un milímetro más, como si estuviera librando una batalla salvaje contra su propio instinto.

Cerró los ojos un instante, respiró hondo y, con una lentitud casi dolorosa, dio un paso atrás.

Se puso en pie.

—Los puntos se retiran el viernes por la noche —dijo. Su voz era algo más áspera de lo habitual, aunque intentaba recuperar la cadencia neutra—. No hagas esfuerzos con esa mano hasta entonces.

Recogió el material estéril del suelo con movimientos metódicos y cerró la cremallera del neceser.

Me quedé sentada en el sofá, con la piel de la muñeca ardiendo donde sus dedos me habían sujetado y el corazón golpeándome las costillas con una fuerza descomunal.

Mateo caminó hacia la puerta. Puso la mano en el pomo y miró hacia el suelo un segundo antes de girarse hacia mí con un gesto tranquilo, despojado de poses.

—Puede que tengas razón con lo del miedo, Elena. Pero cuando tu trabajo consiste en evitar que la gente se desangre, el control es lo único a lo que agarrarse.

Hizo una pausa corta, mirándome directo a los ojos con esa fijeza verde y limpia.

—Aunque fuera del hospital... supongo que es más difícil de justificar.

Salió al descansillo y cerró la puerta tras de sí con un chasquido suave, dejándome a solas con el eco de sus palabras y la certeza absoluta de que el viernes la distancia entre los dos iba a saltar en pedazos.