Capítulo 5 Mateo
Eran cerca de las dos de la madrugada cuando el ritmo en Urgencias empezó a dar una tregua engañosa.
Habíamos cerrado dos ingresos por fractura en traumatología y estabilizado a un paciente con arritmia.
Me encontraba en el mostrador central completando la evolución clínica en el ordenador, con los ojos secos y la bata abierta sobre el pijama quirúrgico verde.
—Mateo, te dejo un corte por cristal en el box tres —avisó una de las enfermeras de triaje al pasar con una bandeja metálica—. Sin compromiso tendinoso aparente, pero sangra bastante y necesita sutura.
—Voy.
Me lavé las manos en el dispensador automático del pasillo, entré al box corriendo la cortina divisoria y me coloqué los guantes de nitrilo sin levantar la vista de la camilla.
—Buenas noches, vamos a ver esa her...
Me detuve en seco.
Elena estaba sentada en el borde de la camilla.
Llevaba una sudadera holgada, unos vaqueros oscuros y un paño de cocina grueso envuelto alrededor de la mano izquierda, manchado de rojo en la base.
Tenía el pelo recogido de cualquier manera con una pinza y el rostro algo pálido, pero me miraba con la misma serenidad directa que en el descansillo del ático.
—Vaya —dijo ella en un susurro, con un asomo de ironía en la voz—. No sabía que el servicio de atención del edificio incluía guardias presenciales.
—Es el Hospital Clínic, no el descansillo —respondí, recobrando el tono profesional y la distancia clínica con un esfuerzo automático—. ¿Qué ha pasado?
—Un vaso fino que ha decidido estallar mientras lo fregaba en la cocina. El agua caliente y los cristales no se llevan bien.
Me acerqué a la camilla. El espacio del box era reducido; la luz blanca de los fluorescentes caía directa sobre nosotros, eliminando cualquier sombra. Acerqué la banqueta rodante, me senté frente a ella y extendí las manos enguantadas.
—Déjame ver.
Elena retiró el paño despacio. En la eminencia tenar —la base carnosa del pulgar— tenía un corte limpio de unos cuatro centímetros, profundo y con los bordes entreabiertos, que seguía manando sangre a ritmo constante.
Tomé su muñeca izquierda con mi mano izquierda para inmovilizarla. Tenía la piel templada y el pulso algo acelerado bajo la yema de mis dedos enguantados.
—No has tocado tendón ni nervio, puedes mover los dedos sin problema —dije tras una breve exploración táctil—. Pero está profundo. Hay que limpiar bien para descartar restos de vidrio y dar unos cinco puntos.
—Tú mandas, doctor.
Preparé el campo estéril sobre la mesa auxiliar con movimientos mecánicos y precisos: suero salino, antiséptico, jeringa fina con anestésico local y el hilo de sutura monofilamento.
—Va a picar un poco el pinchazo del anestésico. Respira hondo.
Infiltré la zona con lentitud. Elena apretó los dientes y clavó los ojos en la pared opuesta sin quejarse ni emitir un solo quejido. Sostuve su mano con mayor firmeza, sintiendo la tensión en sus tendones.
—Ya está lo peor —le dije en voz baja, comprobando que la zona perdía sensibilidad—. No vas a notar dolor, solo la presión del hilo.
—Vale.
Cargué la aguja curva en el portaagujas.
Para suturar con precisión milimétrica en esa zona de la mano tuve que inclinarme hacia delante.
La distancia entre nosotros se redujo a escasos palmos.
Podía oler el aroma suave a jabón de su pelo mezclado con el antiséptico y escuchar su respiración pausada, tan cerca de mi rostro que cada movimiento de mis manos requería una concentración doble: la del cirujano que cose piel y la del hombre que lucha por ignorar el calor de su cuerpo tan cerca del mío.
—Tienes buen pulso —comentó ella en un susurro, mirando cómo pasaba el hilo a través del tejido y anudaba el primer punto con un chasquido suave del instrumental.
—Viene con el oficio —respondí sin levantar la vista de la herida, manteniendo la voz firme y controlada—. Y tú tienes demasiada tolerancia al dolor.
—En mi casa las quejas no estaban permitidas en el menú —dijo con una media sonrisa amarga que se le escapó antes de poder frenarla.
Anudé el tercer punto. La piel quedó perfectamente afrontada, limpia y sin tensión excesiva.
—Aquí tampoco hace falta fingir que nada duele, Elena.
Ella no respondió de inmediato, pero noté cómo sus dedos derechos, apoyados sobre su propio muslo, se relajaban lentamente.
Terminé el quinto punto, corté los cabos sobrantes y limpié el resto de desinfectante antes de colocar un apósito estéril bien fijado.
Me quité los guantes con un chasquido y los tiré al contenedor biológico, rompiendo el contacto físico de golpe.
El contraste del aire frío en mis manos desnudas me devolvió a la realidad del turno.
—Listo. Nada de mojarlo en cuarenta y ocho horas y no cargues peso con esa mano —indiqué mientras anotaba la pauta en la hoja de alta—. El lunes hay que revisar la herida y los puntos se retiran en una semana.
Elena se bajó de la camilla con soltura, ajustándose la sudadera.
—Vendré a la consulta de enfermería del centro de salud para que me los quiten.
Me quedé mirándola un segundo antes de cruzarme de brazos.
—No hace falta que hagas cola en el ambulatorio. Si no hay complicaciones, te los reviso yo arriba el lunes por la tarde al salir de guardia.
Elena ladeó la cabeza, sosteniéndome la mirada con esos ojos oscuros que parecían descifrar cada una de mis intenciones.
—¿Seguro que no infringe ninguna cláusula del contrato de arrendamiento, casero?
—Considéralo mantenimiento preventivo del inmueble —repliqué, manteniendo la compostura aunque una sombra de sonrisa se me escapó en la comisura de los labios—. Vete a descansar y no toques más cristales esta noche.
Ella sonrió, asintió en silencio y salió del box. Me quedé solo bajo la luz fluorescente, con el pulso todavía marcando un ritmo demasiado vivo y la certeza de que el lunes por la tarde el ático iba a sentirse peligrosamente estrecho.