Cláusula de Convivencia Capítulo 4 Elena
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Capítulo 4 Elena

Durante los tres días siguientes, Mateo no fue más que un rumor de pasos y una caligrafía precisa.

Vivir en la última planta tenía una intimidad acústica peculiar.

El edificio era sólido, pero en el silencio absoluto de la noche o de las primeras horas de la madrugada, los sonidos cobraban una nitidez casi táctil: el chasquido sordo de su cerradura a las seis de la mañana cuando se marchaba de guardia, el rumor amortiguado del agua de sus tuberías al regresar o el eco de sus zapatillas sobre la madera antes de apagar la luz.

Éramos dos desconocidos sincronizando rutinas sin cruzarnos una sola palabra en persona.

Pasé esas jornadas absorbida entre despliegues de servidores y llamadas técnicas de trabajo, pero cada vez que me levantaba del escritorio, mis ojos iban a parar al libro de Zweig sobre la mesita auxiliar.

El viernes por la tarde, Alba subió al ático después de salir de la editorial. Traía una bolsa con cruasanes de mantequilla y esa energía viva y descarada que siempre lograba sacarme de mi bucle de concentración.

—Tu madre me llamó ayer —dijo Alba nada más cruzar el salón, dejándose caer en el sofá con un suspiro dramático—. Quería saber si ya te habías comprado un vestido decente para la gala de la Fundación y si te veía «centrada».

Sonreí con desgana, sirviendo dos cafés en la cocina americana.

—Le dijiste que estaba encerrada programando en pijama, supongo.

—Le dije que estabas ocupadísima con clientes internacionales y que no te agobiara. —Alba cogió una taza, echó un vistazo al ventanal con vistas al patio de manzana y asintió con aprobación—. Este sitio es increíble, Elena. Valió cada discusión con tu padre para no quedarte en Pedralbes.

Su mirada barrió la estancia hasta detenerse en el ejemplar de Carta de una desconocida que reposaba junto a mi portátil. Lo cogió con curiosidad profesional, pasando el dedo por el lomo antiguo.

—Vaya, qué joya. ¿De dónde has sacado esta edición? Está descatalogadísima.

—Me la prestó el casero —respondí, intentando que sonara como un detalle intrascendente mientras me sentaba frente a ella.

Alba abrió el libro. Un par de pósits sobresalían de las páginas. Leyó uno de ellos, alzó la vista despacio y me miró con una sonrisa afilada.

—¿El casero? ¿El tipo serio y de hombros anchos con el que me crucé el otro día en el portal?

—El mismo. Es médico en el Clínic.

—Elena... —Alba abrió por una de las páginas marcadas.

En el margen, a lápiz fino y con trazo firme y legible, había una anotación: «El silencio no siempre es indiferencia; a veces es la única forma de no romper el control».

Alba arqueó una ceja, mirándome fijamente—.

Nadie presta un libro con esta frase subrayada por mera cortesía vecinal.

—Es solo un debate literario, Alba. Es un hombre reservado, nada más.

—Un hombre reservado que te deja notas sobre el autocontrol mientras vive a dos metros de tu cama —sentenció ella, cerrando el libro con un golpe seco y una sonrisa divertida—. Ten cuidado, que los que van de sobrios e intelectuales son los que luego te desmontan la lógica en dos segundos.

Nos reímos, hablamos de su marido, de manuscritos pendientes y de la vida real, hasta que Alba se marchó pasadas las ocho.

Me quedé sola. La noche cayó sobre Barcelona y, tras cenar algo rápido, me senté en la cama con una lámpara tenue encendida y el libro entre las manos.

Leí despacio, deteniéndome en cada frase marcada por Mateo.

Su caligrafía era limpia, sobria, sin florituras, pero las reflexiones que dejaba entrever en los márgenes mostraban a alguien que observaba el mundo con una profundidad que me resultaba magnética.

Escribí una réplica corta en un pósit amarillo al final del capítulo: «El control absoluto suele ser solo miedo a lo impredecible».

A la una y media de la madrugada, con los ojos cansados de leer y de la pantalla, fui a la cocina a por un vaso de agua.

El cansancio me hizo torpe. Al coger un vaso de cristal fino del escurridor, resbaló entre mis dedos húmedos, golpeó contra el canto de granito de la encimera y estalló en pedazos.

El crujido fue seco. Instintivamente intenté atraparlo en el aire, y sentí un mordisco ardiente y profundo en la base del pulgar izquierdo.

—Mierda —susurré.

El corte era limpio, pero se abrió de inmediato manando sangre a un ritmo constante que empapó el paño de cocina en cuestión de segundos. Apliqué presión con fuerza, sintiendo el latido acelerado en la herida. No había forma de contenerlo solo con gasas caseras; necesitaba puntos de sutura.

Miré hacia la puerta del ático B. La luz bajo su rendija estaba apagada.

Me puse una sudadera, agarré las llaves y el móvil con la mano derecha y salí a la calle a buscar un taxi hacia el Hospital Clínic.