Capítulo 3 Elena
El silencio del ático a primera hora de la mañana era casi adictivo.
Había montado mi espacio de trabajo junto al ventanal que daba a la terraza: dos monitores panorámicos, el teclado mecánico y una taza de café solo humeando sobre el escritorio de nogal.
A las ocho y media, mientras la ciudad despertaba varias plantas más abajo con el rumor lejano del tráfico de la calle Aragó, yo ya estaba inmersa en una refactorización compleja de código.
La lógica estructurada siempre había sido mi refugio; en la pantalla no había ambigüedades, solo reglas claras, causas y consecuencias directas.
A las once y media, la vibración insistente de mi móvil sobre la mesa rompió la concentración. En la pantalla parpadeaba el nombre de mi madre.
Suspiré, me froté el puente de la nariz y descolgué.
—Dime, mamá.
—Elena, por fin. Llevo dos días intentando localizarte —dijo, sin molestarse en saludar.
Su tono contenía esa cadencia impecable y ligeramente impaciente que utilizaba para presidir las reuniones de su patronato—.
Tu padre me dijo que ya terminaste el traslado a ese piso.
Sigo sin entender por qué te empeñas en vivir de alquiler en un edificio viejo cuando podías haberte quedado en la casa de Pedralbes hasta comprar algo adecuado.
—El piso está perfectamente rehabilitado y está cerca de todo —respondí con una calma ensayada—. Además, ya lo hablamos: me gusta pagar mis propias cosas.
—Una cabezonería innecesaria a tus treinta y tres años, querida.
Pareces una estudiante recién graduada. En fin, no te llamo por eso.
El próximo mes es la cena de gala benéfica de la Fundación en el Círculo del Liceo; este año parte de los fondos van al área de investigación de urgencias hospitalarias. Tienes que venir.
—Mamá, tengo entregas de proyectos esa semana...
—No admito excusas —me interrumpió con suavidad implacable—.
Estará la familia Trías de Bes. Su hijo Ignacio acaba de volver de Londres, se ha incorporado al bufete de inversiones de su padre y me preguntó expresamente por ti el domingo pasado en el club de golf.
Es un hombre educado, de excelente posición y de nuestra misma condición.
Deberías cuidar un poco más tu vida personal, Elena; el tiempo corre y no puedes pasarte la vida encerrada frente a una pantalla.
Miré por la ventana hacia el cielo despejado, sintiendo esa conocida opresión en el pecho, mezcla de hartazgo y rechazo visceral hacia ese mundo de apariencias pactadas.
—No tengo ningún interés en ver a Ignacio, mamá.
—Harás el favor de acompañarnos a la mesa principal. Y por favor, ponte algo discreto; la última vez llevabas un vestido que marcaba demasiado el pecho y las caderas. Un poco de sobriedad no te vendría mal. Te paso los detalles por correo.
Colgó antes de que pudiera responder.
Dejé el teléfono sobre la mesa, respirando hondo para sacudirme el veneno sutil de la conversación. Necesitaba aire. Cogí mi taza vacía y salí al descansillo para subir los cuatro peldaños que llevaban a la terraza comunitaria.
Justo en ese momento, la puerta del ático B se abrió.
Mateo salía con ropa de calle: vaqueros oscuros, una camiseta gris básica de manga corta que evidenciaba la amplitud de sus hombros y el pelo castaño todavía húmedo de la ducha.
No llevaba la severidad de la guardia encima, pero sus ojos verdes seguían teniendo esa fijeza analítica tan característica.
En la mano sostenía una bolsa de tela y un libro.
—Buenos días —dijo, deteniéndose en el descansillo. Su voz profunda sonó limpia en el eco del rellano.
—Buenos días. —Intenté sonar relajada, aunque la presencia física de Mateo siempre parecía ocupar más espacio del que le correspondía—. ¿Vas al hospital o vuelves?
—Vuelvo de una guardia corta y salgo a hacer unos recados antes de dormir. —Su mirada bajó un segundo hacia mi taza de café y luego volvió a mis ojos, notando la rigidez que aún me quedaba tras la llamada telefónica—. ¿Mal día con el código?
—Con el código no; con la familia —admití sin pensar, sorprendiéndome a mí misma por la sinceridad. Luego sonreí de lado para restar peso—. Cosas cotidianas.
Mateo no hizo preguntas invasivas ni recurrió a frases hechas de consuelo. Simplemente asintió con una comprensión sobria, como si supiera exactamente lo que pesaban ciertas cargas que no se podían operar en un quirófano.
Se fijó entonces en la pequeña mesa auxiliar que yo había colocado provisionalmente junto a mi puerta, donde reposaba una edición de bolsillo de Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig, que Alba me había dejado la tarde anterior.
—Zweig —comentó él, señalando el lomo con un leve movimiento de cabeza—. Veo que has aparcado a Oliver Sacks.
—Me lo ha traído una amiga editora. Dice que la precisión psicológica de Zweig supera a cualquier manual moderno.
Mateo alzó una ceja, con un destello de genuino interés asomando en su gesto reservado. Se llevó la mano al libro que él mismo llevaba bajo el brazo: un ejemplar de tapa dura con las esquinas ligeramente gastadas por el uso.
—Tu amiga tiene razón en parte, pero si te interesa la psicología de la contención, este es más implacable —dijo, extendiéndome el volumen con naturalidad.
Miré la portada: Carta de una desconocida, también de Zweig, en una traducción clásica.
—¿Me lo prestas? —pregunté, tomando el libro. Al agarrarlo, la yema de mis dedos rozó el dorso de su mano. Su piel estaba tibia y firme; el contacto duró apenas un segundo, pero fue suficiente para que un cosquilleo denso me recorriera el estómago.
—Léelo cuando tengas un descanso de la pantalla —respondió él, retirando la mano con lentitud calculada—. Hay un par de pasajes señalados con pósits. Si no estás de acuerdo con las notas, puedes rebatirlas cuando me lo devuelvas.
—Acepto el reto —dije, sosteniéndole la mirada con una media sonrisa desafiante.
—Nos vemos por aquí, Elena.
Mateo bajó las escaleras con pasos seguros y silenciosos.
Me quedé en el descansillo con el libro contra el pecho, sintiendo cómo el malestar que había dejado la llamada de mi madre se disipaba por completo, reemplazado por una curiosidad viva y una tensión que empezaba a volverse deliciosamente inevitable.