Cláusula de Convivencia Capítulo 2 Mateo
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Capítulo 2 Mateo

Cerré la puerta de mi ático, dejé las llaves sobre la consola de la entrada y me pasé una mano por la nuca.

El cansancio de la guardia de Urgencias me pesaba en los hombros, pero la cabeza seguía funcionando por inercia.

Durante las semanas previas, la gestión del alquiler del ático A había sido un mero trámite administrativo: correos formales, verificación de solvencia y un contrato estándar.

Había asumido que mi nueva vecina sería una profesional hermética que pasaría desapercibida en el edificio.

La realidad había resultado algo más desconcertante.

Elena tenía una presencia serena que contrastaba con el desorden de las cajas de mudanza.

No era solo atractiva —con esa mirada oscura directa y sin rodeos—, sino que no había detectado en ella la típica necesidad de agradar ni la impostura vacía y superficial que solía encontrar en tanta gente.

Y el detalle del libro de Sacks en la parte superior de la caja había sido un quiebro inesperado.

Hacía tiempo que no escuchaba a nadie hablar de la mente humana con esa mezcla de pragmatismo y curiosidad fuera del hospital.

Me froté los ojos, desechando el pensamiento antes de que cobrara forma. Era mi inquilina. Vivíamos puerta con puerta y el edificio requería orden, no distracciones.

Me di una ducha rápida, dormí unas horas y, al caer la tarde, ya estaba de vuelta en la sala de descanso de Urgencias del Clínic, esperando el cambio de turno con un café de máquina entre las manos.

Carlos entró arrastrando los zuecos sanitarios, con el fonendoscopio al cuello y una carpeta de informes bajo el brazo. Se dejó caer en el sillón de enfrente con un suspiro largo.

—Dime que hoy la noche viene tranquila —dijo, frotándose la frente.

—En triaje hay tres pendientes de radiografía y una posible apendicitis en el box cuatro. Lo habitual —respondí, dándole un sorbo al café infame.

Carlos alzó una ceja, mirándome con atención.

—¿Has dormido algo después de la guardia de ayer o te has quedado liado con las reformas de la finca?

—Dormí cinco horas. Y la finca está al día; hoy ha entrado la nueva inquilina al ático de enfrente.

—Ah, la chica del teletrabajo. ¿Todo en orden con la entrega de llaves?

—Todo en orden —dije con tono neutro—. Firma, fianza y cuadro de luces explicado. Es tranquila. Desarrolladora de software.

Carlos me observó un segundo más de lo necesario, con esa media sonrisa cansada que ponía cuando intuía que me guardaba algo, pero sin insistir demasiado.

—Mejor. Bastante ruido tenemos aquí como para tener vecinos ruidosos arriba.

—Exacto.

—Bueno, vamos al lío antes de que se acumulen los ingresos —dijo, poniéndose en pie y dándome una palmada en el hombro al pasar—. Te toca a ti el box cuatro.

Dejé el vaso en la papelera y me ajusté la bata.

La rutina médica volvió a ocupar cada rincón de mi cabeza de forma inmediata, aunque al cruzar el pasillo hacia los boxes me sorprendió la certeza, tranquila pero persistente, de que al volver a casa a la mañana siguiente ya no estaría solo en la última planta.