Cláusula de Convivencia Capítulo 1 Elena
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Cláusula de Convivencia

Cláusula de Convivencia

Por Tania Algarra

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Capítulo 1 Elena

La última caja de cartón pesaba más de lo que admitirían mis lumbares, pero me negué a pedir ayuda a los transportistas.

Cerré la puerta del ascensor de reja dorada con un chasquido metálico que resonó por todo el hueco de la escalera y subí hasta la última planta.

La finca regia en la Dreta de l'Eixample olía a madera encerada, a historia y, sobre todo, a una independencia ganada a pulso, línea de código tras línea de código, sin un solo euro de la cuenta de mi padre.

Apoyé la caja sobre el suelo de mosaico hidráulico del descansillo. Frente a mí había solo dos puertas de roble macizo: la del ático A, mi nuevo refugio, y la del ático B.

Me aparté un mechón de pelo largo y oscuro que se me había pegado a la frente por el esfuerzo.

Llevaba unos vaqueros gastados y una camiseta de tirantes gris bastante ceñida; nada que mi madre hubiera aprobado jamás para dejarse ver en público.

"Elena, con esas caderas y ese pecho no puedes permitirte ir vestida como si salieras de un gimnasio; la compostura empieza en las líneas rectas", resonó su voz en mi cabeza, tan nítida y agotadora como siempre.

Respiré hondo y la expulsé de mis pensamientos.

Aquí no había cenas benéficas, ni manteles de lino con doce cubiertos por comensal, ni miradas de desaprobación.

Solo silencio y el cielo de Barcelona recortado tras el ventanal que daba a la terraza comunitaria.

La puerta del ático B se abrió sin previo aviso.

Me quedé inmóvil, todavía con las manos en las caderas y el pulso algo acelerado por la carga.

El hombre que salió al rellano no encajaba en absoluto con la imagen del típico administrador de fincas que había imaginado durante el intercambio de correos formales.

Era alto, de hombros anchos y complexión sólida, de esos que llenan el espacio físico sin proponérselo.

Llevaba una camisa azul marino arremangada hasta los antebrazos —revelando unos brazos fuertes y veteados de venas marcadas— y un par de botones superiores desabrochados que dejaban entrever una sombra de pelo oscuro en el pecho.

Su rostro, enmarcado por una barba corta y castaña bien cuidada, tenía la severidad de quien no sonríe por compromiso social.

Pero fueron sus ojos los que me desarmaron: de un verde claro y limpio, casi quirúrgico, que me barrieron de arriba abajo en una fracción de segundo antes de fijarse en los míos.

—¿Elena? —preguntó. Su voz era grave, pausada, sin un ápice de cortesía impostada.

—Mateo, supongo —respondí, recomponiendo la postura al instante y estirando la mano con firmeza profesional—. El casero.

Él dudó un milisegundo antes de aceptar el saludo. Cuando sus dedos envolvieron los míos, noté la piel de su mano ligeramente áspera, cálida y con un agarre firme y controlado. Un contacto breve, milimétrico, pero que dejó una corriente extraña recorriéndome el brazo.

—Te esperaba más tarde —dijo, soltándome la mano con una precisión deliberada, como si calculara cada movimiento—. Acabo de salir de una guardia de veinticuatro horas, pero tengo el contrato impreso y el juego de llaves listo.

—Siento haberte interrumpido el descanso. La furgoneta llegó antes de hora.

—No pasa nada. Prefiero dejarlo cerrado.

Se dio media vuelta y dejó la puerta del ático B entornada.

—Pasa si quieres un segundo, o espérame aquí; voy a por la carpeta y el juego de llaves al despacho.

—Te espero fuera, no te preocupes —respondí.

A través del hueco de la puerta entreabierta pude vislumbrar un salón sobrio, bañado por la luz de la mañana: estanterías repletas de libros técnicos y novelas, suelos oscuros y un orden meticuloso, casi clínico, que contrastaba con el caos de mis cajas apiladas.

Apenas tardó un minuto en regresar. Llevaba una carpeta rígida en una mano y un juego de llaves con un llavero metálico en la otra.

Al cruzar de nuevo el umbral, su mirada se desvió de forma involuntaria hacia la caja abierta que yo había dejado en el suelo.

Arriba del todo, asomando entre cables de monitores y libretas de trabajo, descansaba el ejemplar desgastado de Oliver Sacks que Alba me había metido en la maleta antes de salir.

Mateo clavó los ojos verdes en la portada. Vi cómo su mandíbula se tensaba apenas un milímetro, reconociendo el título antes de volver a mirarme con una ceja ligeramente alzada.

—¿Lectura ligera para una mudanza? —comentó, con un matiz seco que no llegaba a ser sarcasmo, pero que destilaba una curiosidad genuina.

—Me interesa cómo procesa el cerebro los errores del sistema —repliqué, sosteniéndole la mirada sin titubear—. Trabajo con lógica de software, pero la mente humana sigue siendo el código más impredecible.

Una sombra de interés cruzó su expresión, rompiendo por un segundo su máscara de médico cansado y casero distante.

—A veces demasiado impredecible —dijo en voz baja, casi para sí mismo. Luego apoyó la carpeta sobre la barandilla de hierro del descansillo y me tendió el bolígrafo—. Firma aquí y en la última página. Te enseño el cuadro de luces y te dejo instalarte.

Cuando me acerqué para coger el bolígrafo, sus dedos rozaron los míos al pasármelo. Olía a jabón neutro, a café recién hecho y a una tensión silenciosa que me indicó, con absoluta claridad matemática, que convivir puerta con puerta en este ático no iba a ser nada sencillo.