Cláusula de Convivencia Epílogo Elena
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Epílogo Elena

Seis meses después, la última planta de la finca en Roger de Llúria había dejado de tener dos vidas separadas.

La puerta del ático A seguía existiendo sobre el papel, pero en la práctica se había transformado en mi estudio de trabajo: un espacio luminoso lleno de monitores ultrawide, muestras de arquitectura de software y plantas que por fin crecían a su ritmo.

El resto de la vida —el café de las mañanas, las cenas improvisadas a deshoras y las sábanas revueltas de lino gris— se había trasladado definitivamente al ático B.

Era un sábado de finales de primavera. El sol de mediodía entraba de lleno por los ventanales abiertos, trayendo el rumor templado del Eixample y el olor a pan recién horneado de la esquina.

Cerré el portátil tras compilar el último bloque de código para una plataforma en Berlín. Me estiré sobre la silla ergonómica, descalza y vistiendo unos vaqueros cortos con una de las camisas de lino blanco de Mateo que me quedaba dos tallas grande.

Crucé el descansillo con las puertas de ambos áticos abiertas de par en par.

En el salón del ático B sonaba un disco antiguo de jazz en el tocadiscos de teca. Sobre la mesa de roble descansaba una fuente de ensalada fresca, un plato con queso curado y una botella de vino abierta.

Mateo estaba en la cocina, con unos pantalones oscuros, camiseta gris y las mangas remangadas hasta los codos, cortando un tomate con esa precisión quirúrgica suya que no admitía prisas.

Al oír mis pasos, levantó la vista. La fijeza verde de sus ojos se posó en mí con esa misma intensidad rotunda del primer día, pero ahora cargada de una calidez tranquila, despojada de cualquier escudo.

—Servidores desplegados sin errores —anuncié, apoyando la espalda contra el marco de la cocina y cruzándome de brazos con una sonrisa satisfecha.

—Un éxito operativo —respondió él con esa voz grave y pausada—. Siéntate, que la pasta está a punto.

Caminé hacia él en silencio, me deslicé entre sus brazos y rodeé su cintura con las manos, apoyando la mejilla contra su pecho para escuchar el latido firme y constante de su corazón. Mateo soltó el cuchillo, me rodeó con un brazo y apoyó la barbilla en mi cabeza, respirando hondo.

De mi familia apenas había vuelto a saber nada, salvo un par de cartas notariales formales que firmé sin pestañear y una felicitación distante de mi madre por mi cumpleaños que no me molesté en contestar.

No había rencor ni cuentas pendientes; solo la certeza limpia de haber recuperado el control absoluto de mi vida.

Marc y Carlos venían a cenar de vez en cuando, llenando la mesa de bromas sobre guardias de hospital y planos de rehabilitación de la finca. Por primera vez en mucho tiempo, el concepto de pertenencia no tenía nada que ver con apariencias, protocolos de etiqueta ni apellidos rimbombantes.

Mateo levantó una mano, me acarició la mandíbula con los nudillos y me inclinó despacio el rostro hacia arriba para mirarme a los ojos.

—¿En qué piensas? —preguntó en un susurro bajo.

—En que aquel corte con la copa de cristal fue la mejor avería de mi vida —sonreí, rozándole los labios con los míos.

Mateo soltó una risa breve y templada antes de sellar mi boca con un beso largo, profundo y seguro que sabía a casa, a libertad y a todo lo que habíamos construido sin pedir permiso a nadie.