Cero divorcios Lo que era
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Lo que era

Durante las cuatro semanas siguientes Cristina y yo seguimos juntos.

O viéndonos.

O lo que fuera.

No discutimos el término.

Quizá porque ya habíamos descubierto que poner nombre a las cosas no hacía que fueran más sencillas.

Nos veíamos dos o tres veces por semana cuando podíamos.

A veces en mi casa.

A veces fuera.

Una noche fui a la suya.

Los niños estaban con su padre.

Fue extraño entrar en una casa que ya sabía cosas de Cristina que yo todavía no sabía.

Fotografías.

Imanes en la nevera.

Una mochila tirada junto al sofá.

Un calendario escolar.

Un dibujo antiguo pegado en un corcho.

Cristina me enseñó el piso sin enseñármelo.

—Ese es el cuarto de mi hija.

—Vale.

—Ese el de mi hijo.

—Vale.

—No entres.

—No pensaba hacerlo.

—Mejor.

Dormí allí.

Por la mañana utilicé una taza que decía LA MEJOR PROFE DEL MUNDO .

—¿Es oficial? —pregunté.

—Lo votaron treinta adolescentes.

—Entonces no.

—Cabrón.

A las siete y media se levantó porque tenía clase.

Yo no.

Eso también fue nuevo.

La vi prepararse mientras yo seguía en la cama.

Se vistió.

Buscó unas llaves.

Volvió a buscarlas.

Me acusó de haberlas movido.

No las había tocado.

Estaban en su bolso.

—No digas nada.

—No estaba diciendo nada.

—Lo estabas pensando.

—Muchísimo.

Me dejó solo en su casa durante veinte minutos hasta que yo también me fui.

Cerré con las llaves que me había dejado.

Las metí en el buzón.

Nada especialmente importante.

Y, sin embargo, cada semana parecía haber una cosa pequeña más.

Cristina en mi casa.

Yo en la suya.

Su cepillo de dientes.

Una camiseta mía que acabó en su dormitorio.

Una botella de champú que apareció en mi ducha porque el mío, según ella, «olía a vestuario masculino de 2004».

No sabía a qué olían los vestuarios masculinos de 2004.

Pero cambié de champú.

No por ella.

El nuevo estaba de oferta.

Eso me repetí.

Miguel seguía viendo a Nuria.

No eran pareja.

Según Miguel.

Nuria tampoco parecía especialmente interesada en definirlo.

Eso le molestaba.

—Pensaba que esto era lo que querías —le dije una tarde.

—Sí.

—Entonces.

—No sé.

—Muy bien explicado.

—Es que ahora me gustaría saber si ella está viendo a más gente.

—Puedes preguntarle.

—Ya.

—¿Y?

—No quiero parecer celoso.

—Eres celoso.

—No.

—Acabas de preguntarme tres veces si creo que está viendo a otros.

—Eso es curiosidad.

—Claro.

Lo dejamos ahí.

Álvaro, en cambio, había asumido oficialmente que tenía novia y parecía exactamente la misma persona.

La primera semana después de declararse novios siguió llamando a Irene «Irene».

Eso me tranquilizó.

Patricia recibió la mesa nueva.

La antigua terminó en casa de su hermano.

—¿Y Andrés? —pregunté.

—¿Qué pasa con Andrés?

—Nada. Pensaba que quizá querría la mesa.

—No.

—Ah.

—La odiaba.

—Entonces esto es una victoria póstuma.

—Raúl.

—Vale.

Mi madre seguía sin conocer a Cristina.

Sabía que estaba «quedando con alguien».

Eso ocurrió porque Laura habló más de la cuenta.

No dijo el nombre.

Al menos según Laura.

Mi madre esperó exactamente seis horas antes de llamarme.

—Tu hermana me ha dicho que estás viendo a una mujer.

—Laura habla demasiado.

—No me ha dicho nada.

—Entonces cómo sabes que es una mujer.

Silencio.

—Porque Laura me lo ha dicho.

—Ah.

—Pero nada más.

—Perfecto.

—¿Cómo se llama?

—Mamá.

—Solo pregunto.

—Cristina.

—Bonito nombre.

—Gracias. Lo eligieron sus padres.

—¿Qué edad tiene?

—Cuarenta y seis.

—Muy bien.

—¿Qué significa muy bien?

—Nada.

—Mamá.

—Que está en una edad estupenda.

—¿Para qué?

—Para todo.

Ahí terminé la conversación.

Cristina se rio cuando se lo conté.

—Entonces ya existo.

—Oficialmente.

—¿Me va a investigar?

—Probablemente.

—¿Tiene recursos?

—Tiempo libre.

—Peor.

No conoció a mi madre.

Yo tampoco conocí a sus hijos.

Eso seguía pareciéndonos bien.

Al menos durante un tiempo.

El problema fue que empezaron a aparecer preguntas que ninguno sabía responder de la misma manera.

No preguntas grandes.

Las grandes suelen avisar.

Las pequeñas llegan mientras estás recogiendo una mesa.

—¿Qué haces en el puente? —preguntó Cristina un martes.

Estábamos en mi casa.

Habíamos cenado.

Ella secaba un plato porque, según ella, meter una sartén húmeda en el armario era «de psicópata».

—No sé.

—Podríamos irnos fuera.

—Puede estar bien.

—¿Dónde?

—No sé.

—Raúl.

—Qué.

—Cuando dices «puede estar bien», ¿significa que quieres?

Me apoyé en la encimera.

—Sí.

—¿Sí seguro?

—Sí.

—Vale. Entonces miro algo.

—Vale.

Siguió secando.

Yo guardé un vaso.

—Aunque igual el sábado he quedado con Sergio y Miguel.

Se detuvo.

No mucho.

Lo suficiente.

—¿En el puente?

—Creo.

—¿No sabes?

—Lo hablamos hace tiempo.

—Vale.

—Puedo preguntar.

—No hace falta.

—Cristina.

—No pasa nada.

Aquella frase seguía siendo peligrosa.

—Podemos irnos otro fin de semana.

—Ya.

—O el domingo y lunes.

—Mi hijo vuelve el domingo por la tarde.

—Ah.

Volvió a secar.

—No importa.

—Sí importa.

—No, de verdad.

—Te has enfadado.

—No.

—Otra vez.

Dejó el plato.

—No estoy enfadada. Estoy cansada.

Eso fue peor.

—¿De qué?

—De que todo contigo sea provisional.

Me quedé quieto.

—No todo.

—Casi todo.

—Eso no es justo.

—Puede que no.

No levantó la voz.

Yo tampoco.

—Pero llevo semanas intentando no sentir que te estoy pidiendo demasiado cada vez que quiero hacer un plan contigo.

—No me estás pidiendo demasiado.

—Entonces por qué siempre parece que tengo que convencerte.

—No tienes que convencerme.

—Raúl, acabas de decirme que podríamos irnos juntos y treinta segundos después has recordado que quizá hayas quedado con Sergio y Miguel.

—Porque quizá he quedado.

—Ya.

—No voy a cancelar cosas cada vez que podamos vernos.

—Nunca te he pedido eso.

—Parece que sí.

—Pues entonces tenemos un problema.

Silencio.

No dramático.

Solo cansado.

Cristina dejó el paño sobre la encimera.

—Yo no quiero ser todo tu tiempo libre.

—Bien.

—Ni que dejes de ver a nadie.

—Bien.

—Pero tampoco quiero sentir que soy una actividad más.

Eso dolió.

Más porque sabía lo que quería decir.

—No eres una actividad.

—A veces lo parezco.

—Pues tú tampoco eres precisamente flexible.

—Tengo dos hijos.

—Ya lo sé.

—Entonces sabes por qué.

—Sí. Pero eso tampoco puede significar que yo tenga que adaptarme siempre a tus huecos.

—No he dicho eso.

—Lo haces sin decirlo.

Cristina cruzó los brazos.

—¿Ves? Esto es lo que pasa siempre.

—¿Qué?

—Que intentamos hablar de una cosa y tú lo conviertes en una defensa.

—Porque parece que todo lo hago mal.

—No he dicho que hagas nada mal.

—Has dicho que soy provisional.

—He dicho que todo contigo parece provisional.

—No es lo mismo.

—Raúl.

—Qué.

—Es exactamente lo mismo.

No respondí.

Porque probablemente tenía razón.

Nos sentamos en el sofá.

La televisión estaba apagada.

No recuerdo quién la apagó.

Quizá nadie la había encendido.

Cristina respiró hondo.

—No quiero discutir.

—Yo tampoco.

—Y no creo que estemos discutiendo.

—Eso es inquietante.

Sonrió un poco.

—Sí.

Me senté más atrás.

—¿Quieres dejarlo?

No contestó inmediatamente.

Esta vez tampoco.

—No sé.

Era la primera vez que lo decía ella.

Me sorprendió.

—Yo tampoco —dije.

Nos quedamos callados.

La frase debería haber sido terrible.

No lo fue.

Fue incómoda.

Triste, quizá.

Pero no terrible.

Cristina miró hacia el pasillo.

—Me gustas mucho.

—Tú también.

—Eso sigue siendo verdad.

—Sí.

—Y cuando estamos juntos estamos bien.

—Sí.

—Pero llevo varias semanas pensando que no sé si esto me sirve.

La palabra me hizo gracia.

No me reí.

—¿Te sirve?

—Ya sabes lo que quiero decir.

—Sí.

—Yo necesito algo que pueda entrar en mi vida.

—Estoy en tu vida.

—Un poco.

Ah.

—Y tú necesitas algo que no te cambie demasiado la tuya.

No me gustó.

No porque fuera falso.

—Puede ser.

Cristina me miró.

—No es una crítica.

—Suena un poco.

—No lo digo como algo malo.

—Ya.

—Tu vida te gusta.

—Sí.

—Eso siempre me ha gustado de ti.

—Pero.

—No hay pero.

—Hay uno enorme flotando en el salón.

Sonrió.

—Vale. Pero yo no quiero tener una relación en la que siempre esté intentando encontrar un hueco.

—Y yo no quiero una en la que cada hueco tenga que convertirse en un plan.

Ahí estaba.

Los dos lo entendimos.

Ninguno dijo nada durante un rato.

Cristina apoyó los codos en las rodillas.

—Qué putada.

—Bastante.

—Porque me caes muy bien.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo he aceptado igual.

Se rio.

Yo también.

Eso empeoró un poco las cosas.

O las mejoró.

No sabía.

—¿Entonces? —pregunté.

—Creo que deberíamos dejarlo.

No hubo música.

No se rompió nada.

No empezó a llover.

Yo miré el suelo.

—Creo que sí.

Cristina asintió.

Nos quedamos sentados otros diez minutos.

Quizá quince.

No había mucho más que negociar.

No existía una cláusula secreta.

No había una tercera persona.

Javier llevaba semanas fuera de la historia.

Marta también.

No nos habíamos engañado.

No nos habíamos tratado mal.

No había ocurrido nada suficientemente grave como para contárselo a nadie y recibir una respuesta satisfactoria.

Simplemente no funcionaba como los dos queríamos.

—Odio que esto sea tan razonable —dijo Cristina.

—Podemos insultarnos.

—No ayudaría.

—Depende del insulto.

—Eres un gilipollas.

—Flojo.

—No estoy inspirada.

—Yo puedo intentarlo.

—No.

Nos reímos otra vez.

Después Cristina se levantó.

Fue al baño.

Volvió con el cepillo verde en la mano.

Ah.

Lo guardó en el bolso.

—Esto sí parece una película —dije.

—Un poco.

—Falta que cierres una maleta.

—No tengo nada más aquí.

Miré hacia la ducha.

—El champú.

Cristina se quedó quieta.

—Es verdad.

Fue a buscarlo.

Volvió con la botella.

—Te lo puedes quedar.

—No.

—Raúl.

—No quiero tu champú de ruptura.

—No es champú de ruptura.

—Ahora sí.

—Pues tíralo.

—Eso es peor.

—Haz lo que quieras.

Lo dejó en la mesa.

—Te lo quedas.

—Perfecto.

Nos miramos.

—Qué conversación tan triste —dije.

—Muchísimo.

Se puso el abrigo.

En la puerta nos quedamos un segundo sin saber qué hacer.

Dos besos parecía ridículo.

Un abrazo demasiado solemne.

Beso en la boca, peor.

Cristina resolvió.

Me abrazó.

La abracé.

No duró mucho.

Tampoco poco.

—Me alegro de haberte conocido —dijo.

—Eso se dice cuando alguien muere.

—Pues dime otra cosa.

Pensé.

—Me alegro de que me dieras like.

Sonrió.

—Yo también.

Se separó.

—Cuídate.

—Tú también.

Abrió la puerta.

—Y dile a tu madre que ya no hace falta que investigue.

—Eso no la detendrá.

—Lo sé.

Se fue.

Cerré.

Volví al salón.

Había dos vasos.

Los recogí.

Metí uno en el lavavajillas.

Después el otro.

El champú seguía en la mesa.

Lo llevé al baño.

Lo puse en la ducha.

No porque quisiera conservarlo.

Porque todavía quedaba medio bote.

Tirar champú en buen estado me parecía una reacción emocional desproporcionada.

Me duché.

Lo utilicé.

Olía bien.

Mucho mejor que el anterior.

La ruptura no invalidaba el producto.

* * *

Al día siguiente Patricia me miró nada más llegar.

—¿Qué ha pasado?

—Buenos días.

—Buenos días. ¿Qué ha pasado?

—¿Por qué tiene que haber pasado algo?

—Porque tienes cara.

—Otra vez mi cara.

—Hoy sí.

Dejé el bolso en la mesa.

No llevaba bolso.

Eso habría sido raro.

Dejé la mochila.

—Cristina y yo lo hemos dejado.

Patricia tardó un segundo.

—Ah.

—Sí.

—¿Estás bien?

Pensé.

—Sí.

—¿Bien de verdad?

—Creo.

—Vale.

No preguntó nada más.

Eso agradecí.

Álvaro llegó unos minutos después.

—Buenos días.

—Buenos días.

Miró a Patricia.

Me miró a mí.

—¿Qué pasa?

—Nada —dije.

Patricia asintió.

—Nada.

Álvaro dejó la chaqueta.

—Siempre pasa algo cuando decís eso.

Nadie respondió.

Se sentó.

* * *

A media mañana Miguel escribió al grupo.

Miguel: Nuria me ha preguntado si somos pareja.

Sergio contestó primero.

Sergio: Y?

Miguel: Le he dicho que no sé.

Raúl: Bienvenido.

Miguel: A qué.

Miré el mensaje.

Pensé en Cristina.

En el cepillo.

En el champú.

En todas las conversaciones que habían parecido importantes durante aquellas semanas.

Escribí:

Raúl: Ya lo descubrirás.

Lo envié.

Patricia me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso es cotillear.

—Eso es tener ojos.

Sonreí.

Y seguí trabajando.