Cero divorcios Los jueves
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Los jueves

Cristina dejó un cepillo de dientes en mi casa.

No el viernes.

El viernes lo trajo.

El domingo se lo llevó.

El miércoles siguiente volvió a traerlo.

El sábado se lo volvió a llevar.

A la tercera semana lo dejó.

No hubo conversación.

Simplemente el domingo por la mañana entré al baño y había dos cepillos.

El mío.

Y uno verde.

Lo miré.

No sentí nada especial.

Era un cepillo de dientes.

Los vendían en paquetes de tres.

Cerré el armario.

Lo volví a abrir.

Seguía allí.

No tenía nada contra el cepillo.

Quería dejar eso claro.

Habían pasado casi tres semanas desde aquel miércoles.

Cristina y yo nos habíamos visto seis veces.

O siete.

No estaba seguro.

Eso era bueno.

Cuando dejabas de contar las citas probablemente significaba que ya no eran citas.

O que tenías mala memoria.

Habíamos vuelto a acostarnos.

Más de una vez.

La segunda había sido mucho más sencilla.

La tercera también.

A partir de ahí dejé de numerarlas.

Me pareció una medida saludable.

El sexo estaba bien.

Cristina estaba bien.

Yo estaba bien.

Todo estaba bien.

Empezaba a desconfiar de la palabra.

Los días que Cristina tenía a sus hijos era más complicado vernos.

Los días que no los tenía, bastante menos.

Así que sin decidirlo habíamos empezado a organizar las semanas alrededor de un calendario que yo no controlaba.

—Este jueves puedo —me dijo un martes.

Estábamos hablando por teléfono.

—El jueves he quedado con Sergio.

Silencio.

No malo.

Solo silencio.

—Ah.

—Podemos vernos el viernes.

—El viernes tengo a los niños.

—Entonces el sábado.

—El sábado mi hija tiene una cosa.

—¿Qué cosa?

—Una cosa de la universidad.

—¿Ya?

—Jornada de puertas abiertas.

—Ah.

Esperé.

—El domingo —dije.

—El domingo comen en casa mis padres.

—Vale.

Otro silencio.

—Pues la semana que viene.

—Raúl.

—Qué.

—No pasa nada por cambiar un día con Sergio.

Ah.

—Ya.

—¿Entonces?

—He quedado con él.

—Sí, eso lo he entendido.

—Hace dos semanas que no lo veo.

—Nosotros nos vimos ayer.

Silencio.

Esta vez un poco diferente.

—No estoy diciendo que tengas que verme todos los días.

—Ya.

—Pero el jueves estoy libre.

—Y yo he quedado.

—Vale.

—¿Te has enfadado?

—No.

La palabra universal que significaba que convenía seguir investigando.

—Cristina.

—No estoy enfadada. Solo me sorprende.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso tampoco significa nada.

Suspiró.

—Que pensé que te apetecería aprovechar que puedo.

—Me apetece.

—Pero prefieres quedar con Sergio.

—No es una clasificación.

—Ya sé que no es una clasificación.

Me levanté del sofá.

No porque necesitara levantarme.

A veces el cuerpo consideraba que una conversación difícil se solucionaba cambiando de habitación.

Fui a la cocina.

No se solucionó.

—Podemos vernos otro día.

—Ese es el problema.

—¿Cuál?

—Que para ti siempre hay otro día.

Me quedé callado.

Tiempo.

Otra vez.

—No lo digo como algo malo —añadió—. Solo que creo que funcionamos distinto.

—Puede.

—Yo tengo menos huecos. Cuando aparece uno, intento aprovecharlo.

—Y yo tengo más.

—Exacto.

—Pero eso no significa que tenga que llenarlos todos.

Silencio.

Aquello había sonado peor de lo que pretendía.

—No me refiero a ti.

—Ya.

—Me refiero a...

—Sé a qué te refieres.

No parecía saberlo de una manera que me beneficiara.

—Tengo amigos. Mi familia. Cosas que hago solo.

—Raúl, no te estoy pidiendo que dejes nada.

—Ya lo sé.

—Pues parece que te estás defendiendo.

Mierda.

Tenía razón.

Un poco.

Eso era suficiente para resultar molesto.

—¿Quieres que cambie lo de Sergio?

—No.

—Puedo hacerlo.

—Ahora no quiero que lo cambies.

—Esto es muy eficiente.

Se rio.

Por suerte.

—Eres idiota.

—Eso me han dicho.

—Ve con Sergio.

—Gracias por la autorización.

—No tienes autorización.

—Mejor.

Antes de colgar dijo:

—Pero tenemos que hablar de esto.

—¿De qué?

—De cómo hacemos esto.

Otra palabra peligrosa.

Esto.

—Vale.

—No ahora.

—Mejor.

—Cobarde.

—Muchísimo.

* * *

El jueves fui a tomar una cerveza con Sergio.

No cancelé.

—Mónica dice que al final Italia —me dijo.

—Enhorabuena.

—Todavía no hemos comprado nada.

—Entonces no existe.

—Estamos mirando vuelos.

—Eso ya es prácticamente viajar.

—Para Mónica sí.

Bebió.

—¿Y tú?

—Yo qué.

—Cristina.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Solo bien?

—¿Qué queréis todos de esa palabra?

—Nada. Es que llevas tres semanas diciendo bien.

Lo miré.

—¿Te ha enviado Mónica?

—No.

—¿Laura?

—No.

—¿Mi madre?

—Tu madre no sabe que existe.

—Correcto.

Sergio bebió.

—Entonces, ¿qué pasa?

—Nada.

—Vale.

—Estamos viéndonos.

—Ya.

—Nos acostamos.

—Enhorabuena.

—Gracias.

—¿Quieres que aplauda?

—No.

—Mejor.

—Ha dejado un cepillo de dientes.

Sergio me miró.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Raúl, llevo diecisiete años casado. En mi baño hay cosas cuya función desconozco y he aceptado que moriré sin saberla. Un cepillo no me impresiona.

—No es el cepillo.

—Ya.

—Es...

No terminé.

—¿Qué?

—No sé.

—Pues estupendo.

—Gracias.

—Para eso estamos los amigos.

Le expliqué lo del jueves.

Sergio escuchó.

—¿Y por qué no has quedado con ella?

—Porque había quedado contigo.

—Podías haberme mandado a la mierda.

—Gracias.

—No me habría importado.

—A mí sí.

Sergio dejó el vaso.

—¿Te apetecía más verla a ella?

Pensé.

—No sé.

—Eso sí es peor.

—¿Por qué?

—Porque si te apetecía más verme a mí, perfecto.

—Qué bonito.

—Pero si querías verla a ella y has venido porque te daba cosa cambiar un plan, eres gilipollas.

—También bonito.

—Soy tu amigo.

—Quería venir.

—Pues ya está.

—Y también quería verla.

—Raúl, se pueden querer dos cosas a la vez.

—Eso complica muchísimo la vida.

—Sí.

—No me interesa.

—Pues haber nacido planta.

Bebimos.

—¿Tú dejaste de ver a tus amigos cuando empezaste con Mónica?

Sergio se rio.

—Claro.

—¿Sí?

—Sí. Durante unos meses fui imbécil.

—Ah.

—Luego se me pasó.

—Qué esperanzador.

—También tenía veinticinco años.

—Más esperanzador todavía.

—No tienes que hacer lo mismo que yo.

—Ya.

—Ni lo contrario.

—Eso ayuda menos de lo que crees.

—No estoy intentando ayudarte.

—Perfecto.

Cambiamos de tema.

Fútbol.

Trabajo.

Italia.

Su hijo había metido un gol el sábado.

Su hija quería ir a un concierto que costaba una cantidad de dinero que Sergio consideraba incompatible con escuchar música de pie.

Volví a casa sobre las diez.

El cepillo verde seguía en el baño.

No había aprovechado mi ausencia para marcharse.

El viernes Cristina tenía a los niños.

El sábado su hija tenía la jornada de puertas abiertas.

El domingo comía con sus padres.

No nos vimos.

Nos escribimos.

Normal.

No mucho.

Normal.

* * *

El domingo por la noche Cristina llamó.

—¿Qué tal?

—Bien.

Se rio.

—Otra vez.

—Voy a dejar de utilizar esa palabra.

—Sería interesante.

Hablamos de su hija.

Le habían gustado dos carreras.

Una más que otra.

No sabía qué elegir.

—Tiene tiempo —dije.

—Sí.

Después pensé que quizá esa frase no era la mejor que podía decirle a Cristina.

No comentó nada.

—¿Y tú qué has hecho?

—Poca cosa.

—¿Has visto a tu madre?

—Ayer.

—¿Sigue sin saber que existo?

—Sí.

Silencio.

—Ah.

Ah.

—Laura sí lo sabe.

—Ya.

—Y Miguel.

—Y Patricia.

—Y Sergio.

—Prácticamente soy un secreto de Estado que conoce todo el país menos la presidenta.

—Mi madre no es la presidenta.

—No estoy segura.

Nos reímos.

Pero la pregunta se quedó.

—¿Te molesta? —pregunté.

—Un poco.

—Puedo decírselo.

—No quiero que se lo digas porque me molesta.

—Entonces no sé cómo funciona esto.

—Podrías querer decírselo tú.

Ah.

—No es por esconderte.

—Ya lo sé.

—Es que mi madre...

—Sé cómo es tu madre.

—No la conoces.

—Precisamente.

No había reproche.

Eso lo hacía más difícil.

—Tú tampoco se lo has contado a tus hijos.

Cristina tardó un segundo.

—Saben que estoy viendo a alguien.

No sabía eso.

—Ah.

—Mi hija me preguntó.

—¿Y qué le dijiste?

—Que estaba conociendo a alguien.

—¿Sabe mi nombre?

—Sí.

Otro ah.

—Mi hijo no. Creo que mi hijo piensa que «Raúl» es una marca de yogures.

—Me parece una posición razonable.

Cristina se rio.

Después volvió a ponerse seria.

—No quiero conocer a tu madre mañana.

—Bien.

—Ni que tú conozcas a mis hijos.

—Mejor.

—Raúl.

—Qué.

—Ese «mejor».

—¿Qué le pasa?

—Que a veces no sé si estás bromeando porque te hace gracia o porque quieres que dejemos de hablar de algo.

Me quedé callado.

—Yo tampoco —dije.

Aquello la hizo reír.

Menos.

* * *

El lunes Patricia tenía una foto de una mesa en el móvil.

—Ha llegado.

—¿Quién?

—Mi relación más estable.

Me enseñó la foto.

La mesa nueva.

—Bonita.

—Gracias.

—¿Cómo ha ido la convivencia?

—De momento no ronca.

—Dale tiempo.

—Y no deja calcetines.

—Eso es importante.

—Muchísimo.

Volvió a guardar el teléfono.

Me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Patricia.

—Qué.

—Tienes cara.

—Es mi cara.

—Esa respuesta es mía.

—No tienes derechos de autor.

Esperé.

—¿Cristina? —preguntó.

—Sí.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Bien.

—No uses esa palabra.

—¿Por qué?

—Se está complicando.

Le conté un poco.

No todo.

Lo del jueves.

Lo de Carmen.

Lo de los hijos.

Patricia escuchó sin interrumpir.

Eso era inquietante.

—Di algo.

—No sé qué quieres que diga.

—Lo que piensas.

—Que Cristina quiere saber qué sitio ocupa.

—Ya.

—Y tú también.

—Yo sé qué sitio ocupa.

—¿Cuál?

Abrí la boca.

La cerré.

—Ahí tienes —dijo.

—Eso no demuestra nada.

—No intentaba demostrar nada.

—Parece que sí.

—Pues no.

Volvió a trabajar.

—¿Tú sabías qué sitio ocupaba Andrés?

Patricia dejó de escribir.

Mierda.

—Perdón.

—No pasa nada.

—Ha sido...

—Una pregunta normal.

Esperé.

—Sí —dijo—. Lo sabía.

—¿Y funcionó?

—Durante bastante tiempo.

—Y luego no.

—Luego no.

Miró la pantalla.

—Saber lo que es una cosa no garantiza que vaya a salir bien.

—Eso es bastante deprimente.

—También funciona al revés.

—¿Cómo?

—Que una cosa salga mal no significa que estuviera mal mientras duró.

La miré.

—¿Eso es por Andrés o por la mesa?

—Trabaja.

Trabajé.

* * *

Esa tarde Cristina vino a casa.

No estaba previsto.

Me escribió a las cinco.

Cristina: Puedo escaparme un rato. Te viene bien?

Miré el mensaje.

Mi primera reacción fue mirar alrededor.

Tenía ropa tendida.

Un plato del almuerzo en el fregadero.

La PlayStation encendida.

Una bolsa del supermercado en el suelo de la cocina porque todavía no había guardado el papel higiénico.

Mi segunda reacción fue escribir:

Raúl: Sí.

Llegó una hora después.

Entró.

Miró el tendedero.

—Calzoncillos.

—Tengo.

—Lo sospechaba.

—No siempre.

—¿Cómo?

—Nada.

Me besó.

Fue a dejar el bolso en el dormitorio.

Se detuvo en el pasillo.

Volvió.

—¿Puedo dejarlo ahí?

La pregunta me sorprendió.

—Claro.

—Es tu habitación.

—Ya.

—No sé.

—Cristina.

—Qué.

—Has dormido ahí.

—Ya.

—Puedes dejar un bolso.

—Gracias.

Lo dejó.

Cenamos cualquier cosa.

No hubo sexo.

Tampoco lo buscamos.

En el sofá hablamos.

De nosotros.

Al final.

—No quiero que esto se convierta en una negociación cada semana —dijo.

—Yo tampoco.

—Pero necesito saber qué estamos haciendo.

—Nos estamos conociendo.

—Llevamos más de un mes conociéndonos.

—Eso no es mucho.

—No.

—Entonces.

—Entonces nada.

Cristina apoyó la espalda.

—Creo que tenemos ritmos distintos.

—Puede ser.

—Y vidas distintas.

—Eso seguro.

—Yo tengo dos hijos.

—Lo había detectado.

—Gracias.

—De nada.

Sonrió.

—Mi vida tiene huecos. No puedo improvisar tanto.

—Ya.

—Y cuando tengo un hueco, quiero saber si puedo contar contigo.

Aquello me incomodó.

No por ella.

Por la expresión.

Contar contigo.

—No siempre.

Cristina asintió.

—Ya.

—No porque no quiera verte.

—Lo sé.

—Pero a veces tendré otros planes.

—También lo sé.

—O no tendré ninguno.

Me miró.

—¿Y eso?

—A veces quiero estar solo.

—Vale.

—¿Vale de verdad?

—Sí.

Eso fue fácil.

Demasiado fácil.

—Pero yo no quiero sentir que tengo que pedir cita para verte —dijo.

—No tienes que hacerlo.

—El otro día prácticamente sí.

—Porque había quedado con Sergio.

—No hablo solo de Sergio.

Silencio.

—Cuando estoy aquí —dijo—, estás muy bien conmigo.

—Espero.

—Mucho.

—Mejor.

—Pero cuando no estoy, parece que vuelves a una vida en la que yo todavía no existo.

Eso dolió un poco.

Probablemente porque tenía algo de verdad.

—No sé hacerlo de otra manera todavía.

—Eso sí me lo creo.

No parecía enfadada.

Yo tampoco.

—¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo qué?

—¿Qué hago yo que no te encaje?

—No he dicho que no me encajes.

—Ya sabes lo que quiero decir.

Pensó.

—Necesitas mucho espacio.

—Eso ya lo hemos establecido.

—Y conviertes casi todo en una broma.

—Eso es mentira.

Me miró.

—Vale. Casi todo.

—A veces me gustaría preguntarte algo y que simplemente me contestaras.

—Contesto.

—Raúl.

—Vale.

—Y a veces siento que, cuando una conversación empieza a ponerse incómoda, haces un chiste y esperas que eso la cierre.

No dije nada.

—Ahora podrías hacer uno —añadió.

—Estoy pensando.

—Eso también me preocupa.

Sonreí.

Ella también.

—No quiero cambiarte —dijo.

—Eso suele decirse justo antes de una lista.

—Cállate.

—Vale.

—¿Ves?

—Sí.

Me cogió la mano.

—Me gustas.

—Tú también.

—Mucho.

—Tú también.

—Pero no sé si eso basta.

Ah.

Ahí estaba.

No una pelea.

No un problema.

No una revelación.

Una pregunta.

—Yo tampoco —dije.

Cristina asintió.

Nos quedamos sentados.

De la televisión llegaba el menú de la PlayStation.

Llevaba encendido desde antes de que ella llegara.

La música se repetía cada pocos minutos.

Nunca me había molestado.

Aquella noche sí.

—¿Quieres que lo dejemos? —pregunté.

Cristina me miró.

—No.

La respuesta fue rápida.

—Yo tampoco.

—Entonces no lo dejemos.

—Vale.

Me besó.

Se quedó hasta las once.

Cuando se marchó cogió el bolso.

El cepillo de dientes se quedó.

Fui al baño.

Lo vi.

Verde.

Al lado del mío.

No me molestaba.

Ese era el problema.

Tampoco sabía si quería que estuviera allí para siempre.

Cerré el armario.

Esta vez no volví a abrirlo.