Cero divorcios Un miércoles
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Un miércoles

* * *

El martes Álvaro vino a trabajar con una corbata.

Eso era preocupante.

—¿Qué te ha pasado?

—Nada.

—Llevas corbata.

—Tengo una reunión.

—¿Con quién?

—Con el jefe de servicio.

Patricia levantó la cabeza.

—¿Te van a despedir?

—¿Por qué me iban a despedir?

—Por la corbata.

—No me van a despedir.

—Entonces quítatela.

Álvaro se sentó.

La corbata era azul.

No estaba mal.

Ese era quizá el problema.

—¿Te la ha comprado Irene? —pregunté.

Me miró.

—No.

—Ah.

—Es mía.

—Claro.

—Tengo corbatas.

—No lo dudo.

—¿Qué os pasa hoy?

Patricia señaló el cuello.

—Eso.

Trabajamos.

A los veinte minutos Álvaro se quitó la corbata.

—Me estáis poniendo nervioso.

—Mucho mejor —dije.

—Que os den por culo.

La guardó en un cajón.

A media mañana preguntó:

—Por cierto, ¿qué se regala en una boda?

Patricia dejó de escribir.

Yo también.

—Dinero —dijimos a la vez.

—Ya. ¿Cuánto?

—Depende.

—¿De qué?

—De muchas cosas.

—¿Cuáles?

—Parentesco. Amistad. Sitio. Si vas acompañado...

—Voy con Irene.

Patricia me miró.

Yo miré a Patricia.

Álvaro nos vio.

—No.

—No hemos dicho nada —dije.

—Pero lo vais a decir.

—Solo estamos calculando.

—¿Qué?

—Tu unidad familiar.

—No somos una unidad familiar.

—Unidad económica temporal —dijo Patricia.

—Tampoco.

—Pareja fiscal de fin de semana.

—Os odio.

Sacó el móvil.

—Ella dice que pongamos ciento cincuenta cada uno.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—¿No vais a hacer ninguna broma?

—No.

Álvaro sospechó.

—¿Por qué?

—Porque ciento cincuenta euros es un asunto serio.

Patricia asintió.

—Eso ya es una relación.

—No.

—Trescientos euros entre los dos —dije—. Hay matrimonios que han empezado por menos.

—No somos novios.

—Ya.

—En serio.

—Álvaro —dijo Patricia—, nadie intenta quitarte eso.

—¿El qué?

—Lo que sea que no tienes.

Se quedó mirándola.

—Hemos hablado.

Ah.

—¿De qué? —preguntó Patricia.

—De nosotros.

—¿Existe un nosotros?

—No empieces.

—Es una pregunta técnica.

Álvaro suspiró.

—Hemos decidido que estamos juntos.

Patricia y yo nos quedamos callados.

—¿Qué? —dijo.

—Nada.

—Decid algo.

—Estoy emocionado —dije.

—Que te den.

—¿Novios? —preguntó Patricia.

Álvaro puso una cara de sufrimiento real.

—Sí.

Patricia se llevó una mano al pecho.

—Dios mío.

—No hagas teatro.

—El niño.

—Patricia.

—Ha dicho la palabra.

—Sí.

—¿Puedes repetirla?

—No.

—Solo una vez.

—No.

Me levanté.

—Voy a por café.

—Tú no dices nada —me advirtió Álvaro.

—Estoy orgulloso de ti.

—Vete.

Volví con el café.

Álvaro estaba trabajando.

Patricia también.

Nadie dijo nada durante casi tres minutos.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

Álvaro cerró los ojos.

—Desde el domingo.

—Tres días.

—Sí.

—¿Y qué tal?

—Igual.

Eso tenía sentido.

—¿Igual? —preguntó Patricia.

—Sí. No ha cambiado nada.

—Entonces para qué...

Se detuvo.

Álvaro la miró.

—¿Qué?

—Nada.

—No, dilo.

—Que para qué habéis tardado tanto.

—Porque no queríamos poner etiquetas.

—¿Y ahora?

—Ahora nos daba más trabajo no ponerla.

Eso también tenía sentido.

—Además —dijo—, lo de la boda era raro.

—¿Por qué?

—Porque Irene me dijo que no sabía cómo presentarme.

Patricia sonrió.

—¿Y qué opciones había?

—No sé.

—«Este es Álvaro, el hombre con el que me acuesto, viajo, paso cuatro días por semana y que no es mi novio».

—Más o menos.

—Ocupa mucho en una boda.

—Sí.

—Novio ahorra tiempo.

—Eso dijo ella.

Me gustaba Irene.

Cada vez más.

* * *

El miércoles no ocurrió nada interesante hasta las tres.

Eso era una buena noticia.

A media mañana Cristina me había escrito.

Cristina: Sigo libre esta tarde.

Raúl: Yo también.

Cristina: Qué hacemos?

Pensé.

No tenía ninguna idea.

Eso también era nuevo.

Hasta entonces cada encuentro había requerido elegir sitio.

Restaurante.

Bar.

Hora.

Plan.

Raúl: No sé.

Cristina: Gran propuesta.

Raúl: Podemos tomar algo.

Cristina: Podemos.

Después:

Cristina: O puedo pasar por tu casa después del trabajo y pedimos algo.

Me quedé mirando el mensaje.

Patricia seguía trabajando a mi lado.

No levantó la cabeza.

—No.

La miré.

—¿Qué?

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La del sábado.

—No tengo una cara del sábado.

—Ahora sí.

Volví al teléfono.

Raúl: Me parece bien.

Cristina: Sobre las 7?

Raúl: Perfecto.

Guardé el móvil.

—¿Viene a tu casa?

—No sé de qué hablas.

—Raúl.

—Sí.

—Vale.

Siguió trabajando.

—¿Ya está?

—Sí.

—Cada día me decepcionas más.

—Estoy madurando.

* * *

A las tres salí.

Fui al supermercado.

No necesitaba ir.

Tenía comida.

Pero de pronto consideré insuficiente la comida que tenía.

Compré cerveza.

Agua.

Patatas.

Queso.

Pan.

Aceitunas.

Algo para cenar.

Y una botella de vino.

La miré en la cesta.

Parecía que esperaba una inspección.

Compré también papel de cocina.

Eso no tenía ninguna relación.

Quería dejarlo claro.

* * *

Al llegar a casa recogí.

No mucho.

Ya estaba recogida.

Moví una camiseta.

Guardé unas zapatillas.

Limpié el baño.

El baño ya estaba limpio.

Lo limpié mejor.

A las seis y cuarto me di cuenta de lo que estaba haciendo.

Me detuve con un trapo en la mano.

Cristina ya había estado allí.

Había visto mi casa.

Había usado mi baño.

No necesitaba presentar otra candidatura.

Guardé el trapo.

* * *

A las siete sonó el telefonillo.

—Soy yo.

No dijo Cristina.

Soy yo.

Me gustó más de lo que debería.

Subió.

Abrí.

Llevaba una bolsa.

—Hola.

—Hola.

Nos besamos.

—He traído esto.

Sacó una botella de vino.

Miré la mía sobre la encimera.

—Tenemos un problema.

—¿Qué?

Señalé.

Cristina miró las dos botellas.

—Gravísimo.

—No estamos preparados para esto.

—Podemos pedir ayuda.

—A los niños no.

—A mi hija le faltan unos meses.

—Eso sigue siendo delito.

—Qué estricto.

Dejó el bolso.

Esta vez no miró la casa.

No comentó el orden.

No preguntó nada.

Fue directamente al sofá.

Se sentó.

—Estoy muerta.

—Bonita entrada.

—He tenido cinco clases, una guardia y una reunión.

—Retiro.

Me senté.

—¿Qué reunión?

—Una madre está convencida de que su hijo suspende porque un profesor le tiene manía.

—¿El de Física?

—Otro.

—Hay una epidemia.

—En los institutos todos los suspensos tienen un adulto responsable menos el alumno.

—Es tranquilizador.

Cristina se quitó los zapatos.

Otra vez.

Esta vez tardó aproximadamente treinta segundos.

—¿Pedimos algo? —pregunté.

—Sí.

—¿Qué quieres?

—Me da igual.

Ah.

La frase más peligrosa de cualquier convivencia humana.

—No.

—¿Qué?

—Elige.

—Me da igual de verdad.

—Eso no existe.

—Pizza.

—Perfecto.

—O chino.

—Cristina.

—Pizza.

Pedimos pizza.

Mientras esperábamos puso la televisión.

—¿Qué vemos?

Le di el mando.

—Lo que quieras.

—Error.

—Confío en ti.

—Segundo error.

Empezó a buscar.

Una serie.

Otra.

Una película.

Otra.

—¿Has visto esta?

—Sí.

—¿Esta?

—También.

—¿Y esta?

—No.

—Tiene mala pinta.

—Entonces por qué preguntas.

—Estoy recopilando información.

Acabamos poniendo un concurso.

No porque nos gustara.

Porque ninguno tenía que prestar demasiada atención.

Llegó la pizza.

Comimos en el sofá.

Cristina robó una aceituna de mi plato.

—Hay más.

—Ya.

—Puedes cogerlas directamente.

—No es lo mismo.

No pregunté.

Había batallas que no necesitaba comprender.

A mitad del concurso me di cuenta de algo.

No estábamos teniendo una cita.

O sí.

No sabía.

Cristina estaba descalza en mi sofá, comiendo pizza y criticando a un hombre que acababa de fallar una pregunta sobre provincias españolas.

Era fácil.

Mucho más fácil que las citas.

No sabía todavía si eso era bueno.

—Eso lo sabe mi hijo —dijo.

—Tiene catorce años.

—Precisamente.

—Yo no sabía la capital de Burkina Faso a los catorce.

—Ni ahora.

—Uagadugú.

Cristina me miró.

—Eso ha sido inquietante.

—Tengo conocimientos inútiles.

—Muchos, por lo que veo.

No había música.

No había velas.

No había un restaurante.

No había nadie intentando impresionar a nadie.

Estábamos allí.

Eso era todo.

Después de cenar dejamos las cajas en la cocina.

Cristina llevó los vasos.

No le dije dónde.

Abrió el lavavajillas.

—¿Aquí?

—Sí.

Metió el suyo.

Después el mío.

Cerró.

Una cosa completamente normal.

Aun así la vi.

Volvimos al sofá.

Cristina se sentó más cerca.

Me besó.

Yo la besé.

Esta vez no pensé inmediatamente en los once años.

Pensé en ella.

Amparo estaría insoportablemente satisfecha.

Seguimos besándonos.

Cristina se puso a horcajadas sobre mí.

Eso complicó considerablemente el concurso.

—Espera —dije.

Se detuvo.

—¿Qué?

—Nada malo.

—Vale.

Respiré.

—Estoy nervioso otra vez.

—Ya.

—Pero menos.

—Eso es progreso.

—No conviertas esto en una evaluación continua.

—Deformación profesional.

Me besó.

No había prisa.

Eso ayudaba.

Mi mano entró por debajo de su camiseta.

Cristina no se apartó.

La suya hizo algo parecido.

Mi cerebro intentó decir once años.

No le hice caso.

Después ocurrió una cosa muy concreta.

Mi cuerpo recordó que llevaba bastante tiempo sin necesidad de consultar conmigo.

Eso fue tranquilizador.

Cristina se separó un poco.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Bastante.

—Bien.

—No hagas seguimiento.

—Soy profesora.

—Otra vez.

Nos reímos.

Y eso terminó de arreglarlo.

No sé en qué momento dejamos el sofá.

Probablemente no fue elegante.

La dignidad tenía pocas funciones prácticas en aquellas circunstancias.

En el pasillo Cristina me besó contra la pared.

Seguimos hasta el dormitorio.

Y allí dejé de pensar.

En los años.

En Javier.

En Marta.

En si debía hacer algo de una manera determinada.

En si se notaba.

En si no se notaba.

En si estaba haciendo demasiado.

En si estaba haciendo poco.

Pensé en Cristina.

Después, bastante después, estaba tumbado boca arriba mirando el techo.

Cristina a mi lado.

Silencio.

—Bueno —dijo.

Giré la cabeza.

—No.

—¿Qué?

—No empieces una frase con «bueno».

—Solo iba a decir que tengo sed.

—Ah.

—¿Qué pensabas?

—Nada.

—Mentira.

—Voy a por agua.

Me levanté.

Cristina se rio.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

—Qué.

—Tienes un calcetín puesto.

Miré.

Era verdad.

Solo uno.

No sabía en qué momento había perdido el otro.

Aquello no figuraba entre mis principales preocupaciones.

—Es una decisión estética.

—Claro.

—Da equilibrio.

—Tienes el otro debajo de la cama.

—Entonces todo está controlado.

Fui a por agua.

En la cocina me apoyé un momento en la encimera.

Esperé.

No sé exactamente qué.

Algo.

No llegó.

No había vuelto a ser joven.

No había recuperado una parte perdida de mí mismo.

No había demostrado nada.

Había follado.

Ya está.

Y había estado bien.

Muy bien.

Pero no arreglaba nada porque no había nada roto.

No completaba nada porque yo no estaba incompleto.

Cogí dos vasos.

Volví.

Cristina seguía en la cama.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Agua.

—Has tardado.

—Estaba teniendo una revelación.

—¿Importante?

—No.

—Mejor.

Le di el vaso.

Bebió.

—El viernes no tengo a los niños.

—Vale.

—Podría quedarme.

—Claro.

Lo dije demasiado rápido.

Cristina me miró.

—¿Seguro?

—Sí.

—No tienes que decir que sí.

—Quiero que vengas.

Y era verdad.

Creo.

Hasta ese momento no había pensado en el viernes.

—Entonces me quedo —dijo.

—Vale.

—Vale.

Bebió otro poco.

—Tendré que traer cosas.

—¿Qué cosas?

—Cosas.

—Información insuficiente.

—Un pijama. Un cepillo de dientes. Ropa para el día siguiente.

Ah.

—Lo normal cuando una persona duerme fuera de casa —añadió.

—Sí. Conozco el concepto.

—No lo parece.

—He visto películas.

Se rio.

No era nada.

Un cepillo de dientes.

Había tenido cepillos de dientes de otras personas en mi casa.

Marta había tenido uno.

También champú.

Cremas.

Un secador.

Durante años.

Esto era diferente.

Claro que era diferente.

Cristina no se estaba mudando.

Iba a dormir una noche.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Has puesto cara.

—Es mi cara.

—Esa respuesta ya la conozco.

—Estamos avanzando demasiado rápido.

—¿Por el cepillo de dientes?

—Por conocer mis respuestas.

—Ah. Sí. Gravísimo.

Me besó.

Un rato después se vistió.

Yo encontré el segundo calcetín.

Gran noche para todos.

En la puerta se puso los zapatos.

—Entonces el viernes.

—El viernes.

—Y esta vez elegimos algo mejor que ese concurso.

—Pensaba que te había gustado.

—No sé quién ha ganado.

—Yo tampoco.

—Entonces fatal.

La besé.

Pedimos un taxi.

Cuando se fue volví al salón.

Quedaban dos cajas de pizza.

Dos botellas de vino.

Una abierta.

La otra intacta.

Dos vasos.

Un cojín en el suelo.

Fui al dormitorio.

La cama estaba deshecha.

Eso sí era nuevo.

Me acosté.

Miré el techo.

Habían pasado muchos años.

Y ya no.

Esperé otra vez alguna sensación enorme.

Tampoco llegó.

Me alegré.

* * *

El jueves Álvaro entró sin corbata.

—Buenos días.

—Buenos días —dije.

Patricia llegó detrás.

Me miró.

Se quitó el abrigo.

Dejó el bolso.

Volvió a mirarme.

—No.

—¿Qué? —pregunté.

—No quiero saberlo.

—No he dicho nada.

—Precisamente.

Se sentó.

Álvaro nos miró.

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo Patricia.

—Otra vez.

—Trabaja.

Encendí el ordenador.

Tenía treinta y dos correos.

Uno empezaba con Estimado usuario .

Lo eliminé sin abrir.

Patricia me miró.

—Eso puede ser importante.

—He decidido vivir peligrosamente.

—Has cambiado.

—Muchísimo.

El móvil vibró.

Cristina.

Cristina: El viernes llevo cepillo de dientes o eso es precipitarse?

Sonreí.

Raúl: Creo que venden en las farmacias.

Cristina: Idiota.

Guardé el móvil.

Patricia seguía mirándome.

—Eso es cotillear —dije.

—Eso es tener ojos.

Volví al ordenador.

El viernes.

Cepillo de dientes.

No era nada.

Absolutamente nada.

Por algún motivo, pensé en ello dos veces.