Tiempo
El domingo me desperté tarde.
No mucho.
Lo suficiente para que mi madre hubiera considerado que había perdido la mañana.
Miré el reloj.
Después el techo.
Después el otro lado de la cama.
Vacío.
Normal.
Durante unos segundos no pensé en nada.
Luego recordé a Cristina.
El bar.
Javier.
Mi salón.
El sofá.
Los besos.
El rey Arturo.
Eso último seguía siendo responsabilidad exclusivamente mía.
Cogí el móvil.
Había un mensaje.
Cristina: Buenos días.
Nada más.
Me gustó.
Raúl: Buenos días.
Esperé.
No llegó nada inmediatamente.
También me gustó.
Me levanté.
Preparé café.
Abrí la nevera.
Había comida.
Mi madre seguía presente incluso sin conocer los hechos.
Mientras calentaba una tostada pensé en la noche anterior.
Podía haber ocurrido.
Sexo.
La palabra seguía pareciendo demasiado grande para algo que la mayoría de la humanidad realizaba sin redactar un informe posterior.
No había ocurrido.
Y estaba bien.
Eso era nuevo.
No llevar once años sin follar.
Eso ya lo tenía dominado.
Lo nuevo era haber tenido una posibilidad bastante clara y no sentir que acababa de desperdiciar algo.
Sonó el móvil.
Cristina: Mi hija quiere saber por qué llegué a las dos.
Raúl: Le has dicho la verdad?
Cristina: Sí.
Me detuve.
Raúl: Ah.
Cristina: Le he dicho que estábamos tomando algo.
Muy bien.
Raúl: Técnicamente impecable otra vez.
Cristina: Soy constante.
Después:
Cristina: También me ha preguntado si eres el amigo.
Miré la pantalla.
Raúl: Y?
Tardó.
Cristina: Le he dicho que sí.
Ah.
Seguíamos siendo amigos.
Con beneficios aún en fase de licitación.
No.
Demasiado funcionario.
Descartado.
Raúl: Me parece correcto.
Cristina: Qué entusiasmo.
Raúl: Estoy preservando la estabilidad institucional.
Lo envié.
Mierda.
Otra vez.
Cristina: 😂😂😂
Me perdoné.
* * *
A media mañana llamó Miguel.
—¿Qué haces?
—Desayunar.
—Son las once y media.
—Desayunar tarde.
—¿Qué tal anoche?
Ah.
—Bien.
—¿Bien?
—Bien.
—¿Follaste?
Miguel nunca había sentido especial respeto por los procesos.
—Buenos días a ti también.
—¿Sí o no?
—No.
Silencio.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Gran explicación.
—Gracias.
—¿Pasó algo?
—Sí.
—¿Qué?
—Nos besamos.
—Eso ya lo hacíais.
—Vino a casa.
Otro silencio.
—¿Y no follasteis?
—No.
—Raúl.
—Qué.
—Tienes cuarenta y cinco años. No necesito protegerte.
—No te estoy pidiendo protección.
—¿Te pusiste nervioso?
—Sí.
—Ah.
Miguel tardó un poco.
Esperaba una broma.
No llegó.
—Normal.
Eso me sorprendió más.
—Gracias.
—Yo después de quince años con Natalia casi no sabía ni dónde poner las manos con Nuria.
—Tú llevabas quince años follando.
—No constantemente.
—Ya.
—Había temporadas malas.
—Miguel.
—Vale.
Se rio.
—¿Y Cristina?
—Bien.
—¿Sigue queriendo verte?
—Sí.
—Entonces ya está.
—No es una competición.
—No he dicho eso.
—Lo estabas pensando.
—No.
—Llevas un mes convirtiendo Tinder en la Champions.
—Eso fue al principio.
—Hace cuatro semanas.
—He madurado.
—Muchísimo.
—¿Y Nuria?
Silencio.
—Bien.
—Otra vez bien.
—Vamos a vernos esta semana.
—¿Quieres?
—Sí.
—Entonces perfecto.
—No sé si perfecto.
—Vale. Entonces imperfecto.
—Eso sí.
Colgamos.
* * *
A las doce y media me escribió Amparo.
No hablábamos desde hacía varios días.
Amparo: Jovencito, estás vivo?
Raúl: De momento.
Amparo: Café esta tarde?
Miré la agenda.
No tenía nada.
Raúl: Vale.
Quedamos a las cinco.
Amparo llegó cinco minutos tarde.
No lo comenté.
Estaba creciendo.
—Tienes cara rara —dijo antes de sentarse.
—Gracias.
—No mala.
—Mejora.
—Rara.
—Perfecto.
Pidió café.
Yo también.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Raúl.
—Qué manía tenéis todos con decir mi nombre antes de interrogarme.
—Porque funciona.
Le conté lo suficiente.
Cristina.
Cuarta cita.
Que había venido a casa.
Que no habíamos hecho nada.
No mencioné a Javier.
No porque fuera secreto.
Porque era asunto de Cristina.
Amparo escuchó.
—¿Y?
—Nada.
—¿Nada de nada?
—Nos besamos.
—Eso no es nada.
—Gracias.
—Quiero decir que no es «nada».
—Ah.
—¿Te apetecía acostarte con ella?
Pensé.
—Sí.
—¿Y a ella contigo?
—Creo que sí.
—Entonces por qué no lo hicisteis.
—Porque no salió.
Amparo bebió café.
—Pues ya está.
La miré.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—No sé. Sabiduría de jubilada.
—Te cobro aparte.
—Llevaba unos once años —dije.
—Y sigues llevándolos.
—Gracias por actualizar el marcador.
—De nada.
—No sé si me bloqueé.
—Puede.
—¿Y si vuelve a pasar?
—Pues volverá a pasar.
—Amparo.
—Qué.
—Ayuda un poco.
Dejó la taza.
—Mira. Llevas un montón de años sin acostarte con nadie y pretendes que la primera vez que estás en un sofá con una mujer todo funcione como si hubieras estado entrenando el martes.
—Miguel ha dicho algo parecido.
—Miguel parece listo a ratos.
—Muy a ratos.
—Pues eso.
Se inclinó un poco.
—Además, si te gusta de verdad, mejor.
—¿Por qué?
—Porque puedes volver a verla.
—Eso no responde.
—Sí responde. Si hubieras conocido a una mujer para una noche y te bloqueas, pues mala suerte. Si esta mujer te gusta y ella quiere seguir viéndote, tienes tiempo.
Tiempo.
Curioso.
Durante años yo había utilizado esa palabra para aplazar cosas.
Con Marta.
Con decisiones.
Con todo.
Ahora sonaba diferente.
—¿Y si no quiere esperar?
Amparo me miró.
—¿Te ha dicho eso?
—No.
—Entonces estás discutiendo con una mujer imaginaria.
—Se me da bien.
—Ya.
Bebimos.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Antonio?
—Antonio existe.
—Gran actualización.
—Vino el jueves.
—No quiero más detalles.
—No te los iba a dar.
—Te conozco.
—No tanto.
Tenía razón.
—También estoy viendo a otro.
Casi me atraganté.
—¿Cómo?
—Otro hombre.
—He entendido la parte semántica.
—Se llama Luis.
—¿Desde cuándo?
—Dos semanas.
—¿Y Antonio?
—Sigue existiendo.
—Amparo.
—Qué.
—Necesito un organigrama.
—Tú necesitas vivir.
—Estoy viviendo.
—Regular.
—Gracias.
Sonrió.
—Luis tiene sesenta y uno.
—Joven.
—Muchísimo.
—Prácticamente un niño.
—Para mí sí.
—¿Y qué haces con dos?
—Nada especial.
—Eso es exactamente lo que diría alguien haciendo algo especial.
—Raúl, tengo sesenta y siete años. No voy a pedir permiso.
—No te lo estoy pidiendo.
—Entonces deja esa cara.
—Es mi cara.
—Cristina ya te habrá dicho eso.
Me quedé quieto.
—¿Cómo sabes...?
—Porque eres muy previsible.
Amparo bebió.
—¿Te gusta esa mujer?
—Sí.
—Pues deja de contar días.
—No cuento días.
—Bien. No empieces.
Nos quedamos allí casi una hora.
Hablamos de otras cosas.
Un viaje que quería hacer.
Su hija.
Una avería en el coche.
Un vecino que se había comprado una moto a los sesenta y nueve.
Nada importante.
Al despedirnos me dio dos besos.
—Y una cosa.
—Qué.
—La próxima vez que estés con Cristina no pienses en los años.
—Muy fácil decirlo.
—Piensa en otra cosa.
—¿En qué?
—En ella.
Ah.
Volví andando.
Eso sí había sido sabiduría de jubilada.
* * *
El lunes Patricia me miró nada más entrar.
—¿Qué tal?
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Qué tal?
—Bien.
—¿Bien de bien?
La miré.
Aquella frase ya tenía demasiados propietarios.
—Bien.
—¿Has quedado con Cristina?
—Sí.
—¿Y?
—Nada.
—Raúl.
—Qué.
—Te estás poniendo rojo.
—Hace calor.
—Es septiembre.
—Cambio climático.
—Claro.
Encendí el ordenador.
—No voy a contártelo.
—Perfecto.
—Perfecto.
—No me interesa.
—Mentira.
—Muchísimo.
Trabajamos.
Duró siete minutos.
—¿Fue a tu casa?
La miré.
—Patricia.
—Eso es un sí.
—Eso es cotillear.
—Eso es tener ojos.
—No puedes ver mi casa desde aquí.
—Pero puedo verte a ti.
Sonreí.
—No pasó nada.
Patricia se quedó un segundo quieta.
—Vale.
Nada más.
No hizo bromas.
Eso me preocupó.
—¿Ya está?
—Sí.
—¿No vas a decir nada?
—No.
—¿Por qué?
—Porque si tú estás bien, está bien.
La miré.
—Qué decepción.
—Puedo llamarte impotente si te hace sentir mejor.
—Ahí estás.
—De nada.
Álvaro apareció.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijimos los dos.
—Vale.
Se marchó.
Patricia me miró.
—¿La vas a volver a ver?
—Sí.
—Entonces de verdad que no hay nada más que hablar.
—Eso dijo Amparo.
—Me cae bien.
—No os conocéis.
—No hace falta.
Abrí el correo.
Tenía veintisiete mensajes.
Uno urgente.
Tres importantes.
Dos que llevaban «URGENTE» en mayúsculas y no lo eran.
La vida seguía.
* * *
A media mañana Cristina escribió.
Cristina: Mi hijo ha aprobado recuperación de Física.
Raúl: La velocidad vuelve a tener unidades?
Cristina: Ha puesto km/h.
Raúl: Progreso.
Cristina: Estoy emocionada.
Después:
Cristina: Te apetece verme el miércoles?
Sonreí.
No mucho.
Lo suficiente.
Raúl: Sí.
Guardé el móvil.
Los once años seguían ahí.
Pero empezaban a importar bastante menos.
El miércoles ya tenía otro plan.
Eso parecía bastante más útil que contarlos.