El rey Arturo #2
Y, por si necesitaba algún estímulo adicional, hacía menos de veinticuatro horas que Cristina se había acostado con otro hombre.
Mi cerebro recuperó a Javier.
Lo había dejado en el bar.
Al parecer sabía volver solo.
Esperamos el ascensor.
No sabía qué hacer con las manos.
Aquello era nuevo.
O antiguo.
Mucho peor.
—Estás nervioso —dijo.
—No.
—Raúl.
—Muchísimo.
Sonrió.
—Yo un poco también.
—Tú has practicado más recientemente.
Cristina me miró.
Mierda.
—Perdón.
—No pasa nada.
—Sí pasa. Ha sido una gilipollez.
—Un poco.
—Estoy gestionándolo regular.
—Ya lo veo.
Entramos en el ascensor.
Me miré en el espejo.
Cuarenta y cinco años.
Camisa.
Barba.
Llaves en la mano.
Una mujer que me gustaba a mi lado.
Y once años sin acostarme con nadie.
Llevaba tanto tiempo sin meterla que, como llegara el momento, aquello no iba a ser sexo.
Iba a ser arqueología.
El rey Arturo tendría que venir a sacarla.
Me reí.
Cristina me miró.
—¿Qué?
—Nada.
—¿De qué te ríes?
—De una cosa.
—¿Qué cosa?
—No puedo contártela.
—Ahora tienes que contármela.
—No.
—Raúl.
—Perderías todo el respeto que puedas tenerme.
—Eso ya está bastante comprometido.
Se abrió el ascensor.
—Algún día.
—Me lo debes.
—No sabes cuánto.
Entramos.
Encendí la luz.
De repente vi mi casa como si no fuera mía.
El sofá.
La mesa.
La chaqueta que había dejado por la mañana.
Un mando.
Un vaso.
Todo parecía aportar información sobre mí que hasta entonces no había considerado confidencial.
—Bonito —dijo Cristina.
—Gracias.
—Muy ordenado.
—Vivo solo.
—Eso no garantiza nada.
—En mi caso sí.
Dejó el bolso.
—¿Quieres algo?
—Agua.
Perfecto.
Agua.
Sabía gestionar agua.
Fui a la cocina.
Cogí dos vasos.
Los llené.
Me tomé medio de uno antes de volver.
Cristina estaba mirando una foto.
Mi madre.
Laura.
Los niños.
—Tu familia.
—Sí.
—¿Cuál es Laura?
Señalé.
—¿La que sabe que existo?
—La única.
—Me siento especial.
—Mi madre todavía cree que estoy en una fase de investigación.
—Mejor.
Bebimos agua.
Nos sentamos en el sofá.
Había espacio.
Demasiado.
Cristina se acercó.
Yo también.
Nos besamos.
Esta vez no había coche esperando.
Ni restaurante cerrando.
Ni hora.
Ni una calle.
Solo mi salón.
La besé otra vez.
Su mano pasó por mi cuello.
La mía por su cintura.
Y entonces mi cerebro decidió participar.
Once años.
Javier.
Ayer.
Gracias.
Me separé un poco.
Cristina me miró.
—¿Todo bien?
—Sí.
—No parece.
—Es que...
Me callé.
Podía hacerme el interesante.
Podía fingir seguridad.
Podía intentar que no se notara.
También podía recordar que aquella mujer ya sabía exactamente cuánto tiempo llevaba sin acostarme con nadie.
—Estoy un poco acojonado.
Cristina sonrió.
No se rio.
Eso ayudó.
—Ya.
—No me digas «ya».
—¿Qué quieres que te diga?
—Que esto tiene garantía.
—No la tiene.
—Perfecto.
Me acarició la cara.
—No tenemos que hacer nada.
—Lo sé.
—Ni hoy ni nunca.
—Lo de nunca me parece una negociación agresiva.
Se rio.
—Idiota.
La besé.
Esta vez mi cerebro tardó un poco más en volver.
No sé cuánto estuvimos así.
Un rato.
Mucho.
Poco.
En algún momento Cristina apoyó la cabeza en mi hombro.
Yo tenía una mano sobre su pierna.
No ocurrió nada extraordinario.
Y no follamos.
Once años y cuatro citas no se convirtieron en una cuenta atrás.
No había un premio esperando al final.
No había recuperado nada.
No había demostrado nada.
Y, sobre todo, no quería acostarme con Cristina aquella noche para demostrar que podía hacerlo.
Ni para empatar nada.
No había nada que empatar.
Javier no estaba jugando.
Yo tampoco.
Cristina se quedó hasta tarde.
Nos besamos bastante.
Hablamos más.
En algún momento se quitó los zapatos y puso los pies debajo de las piernas.
Yo dejé de pensar en qué debía pasar después.
Cerca de las dos miró la hora.
—Tengo que irme.
—Sí.
—Mañana mis hijos esperan encontrar una madre.
—Exigentes.
—Muchísimo.
Pedimos un taxi.
Mientras esperábamos nos quedamos en la puerta.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Vale.
—¿Tú?
—También.
Me besó.
El taxi llegó.
Cristina bajó.
Yo me quedé en el portal hasta que se fue.
Subí.
El salón seguía igual.
Dos vasos.
Un cojín movido.
Nada más.
Me senté.
Seguían siendo once años.
Más o menos.
No tenía ninguna intención de calcularlo mejor.
Sonreí.
No me molestó.
Cogí el móvil.
Tinder seguía instalado.
Lo miré.
No lo abrí.
Lo moví a la última pantalla.
No era una declaración de amor.
Tampoco una promesa.
Solo quería dejar de verlo cada vez que buscaba la calculadora.
Cristina escribió.
Cristina: He llegado.
Raúl: Bien.
Después:
Cristina: Me ha gustado estar contigo.
Miré el mensaje.
Raúl: A mí también.
Aparecieron los tres puntos.
Cristina: Y no tienes que demostrarme nada.
Me quedé un momento mirando aquello.
Luego escribí:
Raúl: Menos mal porque el examen práctico lo llevaba regular.
Cristina: 😂😂😂
Cristina: Buenas noches, Raúl.
Raúl: Buenas noches.
Dejé el teléfono.
No había follado.
No tenía novia.
No había borrado Tinder.
No sabía qué iba a pasar con Cristina.
Javier había existido.
Marta también.
Nada de aquello desaparecía porque esa noche hubiéramos decidido dejar de mirar.
Seguía teniendo exactamente la misma vida que aquella mañana.
Solo que ahora había una persona más dentro.
No sabía cuánto tiempo se quedaría.
Por primera vez en mucho tiempo, tampoco necesitaba saberlo.