Cero divorcios El rey Arturo
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El rey Arturo

El sábado llegó.

Eso era previsible.

Lo menos previsible era que yo llevara desde el jueves pensando en él.

Cristina había elegido un bar pequeño en el centro.

No restaurante.

No cena organizada.

—Tomamos algo y vemos —había dicho.

Me gustaba el plan.

Sobre todo la parte de no tener plan.

A media tarde me escribió.

Cristina: Mi hijo acaba de preguntarme si voy a salir “otra vez”.

Raúl: Cuatro citas en un mes. Estás desatando rumores.

Cristina: En esta casa sí.

Raúl: Qué has dicho?

Cristina: Que voy a tomar algo.

Raúl: Técnicamente impecable.

Cristina: Soy profesora.

Después:

Cristina: Mi hija ha preguntado con quién.

Miré el mensaje.

Raúl: Y?

Cristina: Le he dicho que con un amigo.

Ah.

Amigo.

No tenía nada de malo.

Éramos muchas cosas antes que una pareja.

Dos personas que habían quedado cuatro veces.

Dos usuarios de Tinder.

Dos adultos que se habían besado.

Amigos era incluso generoso en algunos aspectos.

Aun así, me quedé mirando la palabra.

Raúl: Bien jugado.

Cristina: No sabía qué poner en el formulario.

Sonreí.

Raúl: Marca otros.

Cristina: 😂

* * *

A las nueve estaba allí.

Cristina llegó poco después.

Vaqueros.

Blusa negra.

Chaqueta.

La había visto tres veces y seguía produciéndose aquel pequeño instante en el que mi cerebro confirmaba que sí.

Que me gustaba.

Se acercó.

—Hola.

—Hola.

Nos besamos.

No en las mejillas.

Eso ya parecía resuelto.

Entramos.

Había bastante gente.

Encontramos una mesa pequeña al fondo.

Pedimos dos cervezas.

—¿Qué tal la semana? —preguntó.

—He rechazado a una fisioterapeuta.

Cristina levantó las cejas.

—Vaya.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—La cara cuenta.

—¿Qué fisioterapeuta?

Le conté lo de Marta.

No todo.

No necesitaba saber lo del sol.

Bueno.

Sí.

Se lo conté también.

—¿Y no te gustó?

—Me cayó muy bien.

—Eso no es lo que he preguntado.

—Entonces no.

Cristina bebió.

—Pobre Marta.

—Gracias por ponerte de su parte.

—Siempre con la víctima.

—No hubo víctima.

—Eso dirías tú.

—Ella quería volver a quedar —dije.

—Y tú no.

—No.

Cristina dejó el vaso.

—¿Por qué?

Pensé.

—Porque no eras tú.

Silencio.

Mierda.

No había planeado decir eso.

Ni siquiera sabía si era exactamente lo que quería decir.

Cristina me miró.

—Eso ha sido bastante bonito.

—Ha salido sin supervisión.

—Se nota.

—Podemos ignorarlo.

—No.

Sonrió.

—Ese me lo quedo.

Bebí.

Necesitaba cerveza.

—¿Y tú? —pregunté.

Cristina sabía perfectamente qué preguntaba.

No fingió.

—He vuelto a ver a Javier.

Así que tenía nombre.

Javier.

Por supuesto.

Todos los hombres que competían conmigo acabarían llamándose Javier.

Era una ley estadística que acababa de inventar.

—Vale.

—Ayer.

Ah.

Viernes.

—Vale.

—No digas vale dos veces.

—Solo conozco una.

—Raúl.

—Qué.

—Que podemos hablar de esto.

—Estamos hablando.

—Estás contando «vales».

Tenía razón.

—¿Qué tal?

Cristina apoyó los brazos en la mesa.

—Bien.

Odiaba bien.

Bien era una palabra construida específicamente para no proporcionar información.

—¿Bien de bien?

—Bien de bien.

Perfecto.

—¿Vas a volver a verlo?

Cristina tardó un poco.

—No.

Eso sí proporcionaba información.

—Vale.

—Y antes de que sigamos con esto, hay una cosa que prefiero contarte.

No me gustó la frase.

Nunca había llegado nada bueno después de una frase así.

—Eso ha sonado fatal.

—No es nada grave.

—Eso tampoco ayuda.

Cristina bajó la vista hacia el vaso.

—Ayer estuve con él.

—Eso ya lo sé.

—En su casa.

Ah.

Mi cerebro, que hasta ese momento había demostrado una madurez razonable, presentó la dimisión.

—Ah.

—Y me acosté con él.

No dije nada.

No porque no tuviera nada que decir.

Tenía unas cuarenta cosas.

El problema era elegir una que no me convirtiera en imbécil.

—Vale —dije al final.

Cristina me miró.

—Puedes decir otra palabra.

—Estoy buscando una.

—No tienes que fingir que no te molesta.

—No estoy fingiendo.

—Raúl.

—Estoy procesando.

Eso era verdad.

Ayer.

La palabra tenía cierta importancia.

No hacía dos semanas.

No antes de conocerme.

Ayer.

—No habíamos hablado de exclusividad —dije.

—No.

—Y tú podías hacerlo.

—Sí.

—Entonces no tengo nada que reprocharte.

—No te estoy preguntando si tengo permiso.

—Ya.

—Te lo cuento porque esta noche estamos hablando de nosotros y me parecería raro no hacerlo.

Asentí.

Eso también era verdad.

No conseguía que me gustara más.

—¿Y ahora no quieres volver a verlo?

—No.

—¿Por eso?

Cristina negó con la cabeza.

—No exactamente.

Esperé.

—Estuvo bien —dijo—. Javier me cae bien. Me atraía. Estuvimos a gusto.

Fantástico.

La información seguía mejorando.

—Puedes saltarte la crítica especializada.

Cristina sonrió.

—Lo que intento decirte es que no pasó nada malo.

—Ya.

—Pero cuando me fui sabía que no quería volver a quedar con él.

Eso sí lo entendí menos.

—¿Después de acostarte con él?

—Después de acostarme con él.

—Pensaba que normalmente funcionaba al revés.

—A veces acostarte con alguien también sirve para darte cuenta de cosas.

—Yo estoy un poco desactualizado en procedimientos.

Cristina me miró.

—No lo compares contigo.

—No lo estaba haciendo.

Lo estaba haciendo muchísimo.

—No he elegido entre Javier y tú —dijo—. No me acosté con él para decidir.

—Ya.

—Simplemente ayer descubrí que con él no quería seguir.

Se quedó callada un momento.

—Y hoy estoy aquí porque contigo sí quiero.

Aquello era bastante mejor información.

También llegaba después de una que mi cerebro todavía estaba intentando archivar.

Bebí.

—Necesito aproximadamente siete minutos para convertirme otra vez en un adulto moderno.

Cristina sonrió.

—Tómate ocho.

—Gracias.

No hicieron falta ocho.

Hicieron más.

No porque estuviera enfadado.

No lo estaba.

O eso creía.

Cristina no me debía nada.

Yo había quedado con Marta dos días antes.

La diferencia era evidente.

Yo había tomado una cerveza.

Cristina había tenido sexo.

Mi cerebro consideraba que aquello pertenecía a categorías distintas.

Mi cerebro también había crecido en una época en la que para llamar a alguien había que saber dónde estaba.

No siempre era una autoridad fiable.

—¿Te ha sentado mal? —preguntó Cristina.

Pensé antes de contestar.

—Sí.

Ella asintió.

—Vale.

—Pero eso no significa que hayas hecho nada mal.

—Ya.

—Son dos cosas distintas.

—Sí.

—Me gustaría que no me molestara.

—No tienes que aprobar un examen.

—Últimamente todo el mundo me dice eso.

—Por algo será.

Bebí.

—También quedé con Marta.

—Sí.

—Podría haber pasado algo.

—Pero no pasó.

—Ya.

—Y si hubiera pasado, estaríamos teniendo otra conversación.

—Probablemente.

—No sé cuál.

—Yo tampoco.

Eso era bastante honesto.

Nos quedamos callados.

No incómodos.

Solo callados.

—¿Quieres que cambiemos de tema? —preguntó.

—Sí.

—Perfecto.

—Háblame de algo que no tenga pene.

Cristina se echó a reír.

—Puedo intentarlo.

—Te lo agradezco.

Me contó que su hijo había suspendido un examen de Física y estaba convencido de que el profesor le tenía manía.

—¿Le tiene manía?

—No.

—Qué decepción.

—Ha sacado un tres.

—Quizá el profesor es muy exigente.

—Ha escrito que la velocidad se mide en kilómetros.

—Bueno.

—Sin «por hora».

—Ah.

—Solo kilómetros.

—Eso dificulta la defensa.

—Muchísimo.

Seguimos hablando.

La cerveza ayudó.

El tiempo también.

Javier fue convirtiéndose poco a poco en una persona que no estaba en la mesa.

Eso ayudó más.

Pedimos otra.

En algún momento Cristina dijo:

—Entonces, ¿ahora qué?

—¿Respecto a la velocidad?

—A nosotros.

Ah.

Cogí el vaso.

—Podemos hablar otra vez de Física.

—Cobarde.

—Estoy ganando tiempo.

—Lo sé.

Pensé.

En Marta.

En la otra Marta.

En Silvia.

En Elena.

En mi historial de preparación matrimonial involuntaria.

Pensé en once años.

Pensé en el perfil.

Mi próxima ex.

Todo aquello funcionaba muy bien como chiste hasta que había alguien sentado delante.

—No quiero empezar mañana a elegir cortinas contigo.

Cristina miró alrededor.

—Menos mal.

—Pero tampoco me apetece seguir quedando con otras mujeres ahora mismo.

No respondió enseguida.

—A mí tampoco con otros hombres.

Aquello tenía una lectura bastante reciente.

Intenté no hacerla.

No lo conseguí del todo.

—¿Desde hoy? —pregunté.

Cristina me miró.

La pregunta había salido sola.

—Desde hoy.

Asentí.

No necesitábamos fingir que el viernes no había existido.

—¿Eso significa que somos novios?

Cristina casi se atragantó.

—No.

—Perfecto.

—¿Te ha dado miedo?

—Un poco.

—A mí también.

—Bien.

—Pero significa que podemos dejar de mirar mientras vemos qué pasa.

—Eso puedo hacerlo.

—Yo también.

Cristina cogió el móvil.

Lo puso encima de la mesa.

—¿Hay que hacer algo?

—¿Cómo?

—En Tinder.

—No sé.

—¿Se comunica oficialmente?

—Creo que no mandan notario.

—Deberían.

—Puedes dejar de usarlo.

—Eso parece demasiado sencillo.

—También puedes borrar la aplicación.

—¿Y si luego necesito volver?

La miré.

—Gracias por la confianza.

Se rio.

—No por ti, idiota. Por la vida.

—Ah.

—No pienso borrar mi cuenta delante de ti como si estuviéramos firmando algo.

—Me parece razonable.

—Pero no voy a seguir mirando.

—Yo tampoco.

Y ya.

No hubo ceremonia.

No hubo apretón de manos.

No hubo cambio de estado civil.

Dos personas decidieron no deslizar el dedo durante un tiempo.

A los cuarenta y cinco aquello podía contar como compromiso.

Salimos del bar bastante más tarde.

Habíamos bebido dos cervezas cada uno.

Caminamos.

Hacía buena noche.

Cristina me cogió del brazo.

No pensé en ello.

Eso empezaba a ser una de las mejores cosas.

—¿Quieres tomar otra? —pregunté.

—No.

—Vale.

—Pero no quiero irme todavía.

Me miró.

Ah.

Seguimos andando.

—¿Dónde tienes el coche?

—No lo he traído.

—¿Has venido andando?

—En taxi.

—Planificación.

—Soy profesora.

—Eso ya lo has utilizado.

—Puedo repetir argumentos si funcionan.

Caminamos un poco más.

Entonces Cristina dijo:

—¿Vives muy lejos?

Ah.

Otra vez.

No.

No vivía muy lejos.

Lo sabía yo.

Lo sabía ella.

Probablemente lo sabía media ciudad.

—No —dije.

—Vale.

Silencio.

—¿Quieres venir?

Cristina me miró.

—Sí.

Once años.

Ahí estaban.

Hasta ese momento habían sido una cifra.

Una historia.

Algo que contar en una cita para provocar sorpresa.

De repente eran once años completos entrando conmigo en el portal.