Cero divorcios Normal
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Normal

El miércoles Tinder me avisó de que tenía un nuevo like.

Llevaba varios días sin hacerlo.

La aplicación parecía preocupada.

Estaba desayunando.

Abrí.

Una mujer.

Cuarenta y dos.

Marta.

No mi Marta.

Otra.

El nombre había perdido exclusividad hacía mucho.

Morena.

Pelo corto.

Sonriendo en casi todas las fotos.

Una en una terraza.

Otra en la playa.

Otra con un perro.

Otra delante de un edificio que no reconocí.

La quinta era una puesta de sol.

Nunca había entendido por qué la gente incluía fotografías en las que no aparecía.

Yo también había visto puestas de sol.

Leí.

42. Fisioterapeuta. Sin hijos. Me gusta viajar, cocinar, el cine y la gente que sabe reírse de sí misma. Busco conocer a alguien y ver qué pasa.

Normal.

Extraordinariamente normal.

Nada de vibrar alto.

Nada de «si no puedes seguirme el ritmo».

Nada de exigir responsabilidad afectiva antes de decir hola.

Nada de «sorpréndeme».

Una persona.

Le di al corazón.

¡Es un match!

Miré la pantalla.

Hacía unas semanas aquello habría sido un acontecimiento.

Ahora estaba comiendo una tostada.

Eso también era información.

Podía no escribir.

Tenía una cita con Cristina el sábado.

Pero no tenía ninguna relación con Cristina.

Ella estaba hablando con otro hombre.

Incluso había quedado con él.

Yo podía hablar con Marta.

La nueva.

Necesitábamos urgentemente un sistema de nomenclatura.

Pensé una frase.

La borré.

Pensé otra.

También.

Al final volví a mirar sus fotos.

La última seguía siendo una puesta de sol.

Escribí:

Raúl: Tengo una duda importante.

Esperé.

Nada.

Seguí desayunando.

La respuesta llegó mientras me lavaba los dientes.

Marta: A ver 😂

Raúl: Por qué tienes una foto de una puesta de sol en Tinder?

Tardó unos segundos.

Marta: Jajajaja

Marta: Porque me gustó?

Raúl: Pero tú no sales.

Marta: Ya.

Raúl: Entonces ahora mismo estoy valorando sentimentalmente al sol.

Marta: Y qué te parece?

Miré otra vez la foto.

Raúl: Atractivo. Un poco intenso.

Marta: 😂😂😂

Raúl: Y parece bastante mayor que yo.

Marta: Tiene experiencia.

Bien.

Hablamos un poco.

Trabajo.

Miércoles.

El perro de la foto.

Se llamaba Otto.

No Coco.

Agradecí la diversidad.

Marta contestaba con frases completas.

Aquello parecía prometedor.

No demasiado.

Lo justo.

* * *

A las ocho menos cuarto salí de casa.

En el trabajo tenía otro mensaje.

Marta: Y tú qué buscas por aquí?

Otra vez.

La pregunta.

Parecía que Tinder había empezado a hacer exámenes.

Pensé.

No podía poner:

Intentando conocer a mi próxima ex.

Ya estaba en el perfil.

Repetir un chiste propio era una derrota.

Escribí:

Raúl: Conocer a alguien. Si luego pasa algo, estupendo. Si no, tampoco quiero hacer una planificación estratégica.

Lo releí.

Demasiado.

Borré la última frase.

Raúl: Conocer a alguien. Si luego pasa algo, estupendo.

Mejor.

Marta respondió:

Marta: Parecido 😊

Fácil.

—Estás con Tinder.

Patricia.

No la había oído llegar.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Estás con Tinder.

—Eso ya lo has dicho.

—¿Quién es?

—Una mujer.

—Gracias.

—Marta.

Patricia se quedó quieta.

—¿Marta?

—Otra Marta.

—Ah.

—No.

—¿Qué?

—No hagas «ah».

—Solo me ha sorprendido.

—Hay más de una.

—Ya.

—Muchas.

—Lo sé.

—No tengo ningún conflicto con el nombre Marta.

—No he dicho que lo tengas.

Guardé el móvil.

—Perfecto.

Patricia dejó el bolso.

—¿Y Cristina?

—¿Qué pasa con Cristina?

—Nada. Pregunto.

—El sábado hemos quedado.

—Ya.

—¿Entonces?

—Entonces nada.

—Puedo hablar con otra gente.

—Claro.

—Ella también lo hace.

—Sí.

—No somos pareja.

—Raúl.

—Qué.

—No te estoy acusando.

Ah.

—Ya.

—Te estás defendiendo solo.

—No me estoy defendiendo.

—Llevas cuatro frases.

—Estoy explicando.

—Una situación que nadie te ha pedido que expliques.

La odiaba.

Trabajamos.

* * *

A media mañana Marta volvió a escribir.

Me preguntó si tenía hijos.

Contesté que no.

Ella tampoco.

Me preguntó si había estado casado.

No.

Yo pregunté lo mismo.

Tampoco.

Marta: Entonces eres de los raros 😂

Miré el mensaje.

No sabía exactamente qué significaba.

Raúl: Necesito más datos para saber si sentirme ofendido.

Marta: Jajaja porque a nuestra edad casi todo el mundo viene de matrimonio o con niños.

Eso era bastante cierto.

Raúl: Yo vengo de una hipoteca.

Marta: También deja secuelas.

Bien.

A la hora del café tenía la sensación de que la conversación funcionaba.

No una sensación enorme.

Una sensación.

—¿Qué tal Marta dos? —preguntó Patricia.

—No la llames así.

—¿Marta nueva?

—Peor.

—¿Marta Tinder?

—Parece una categoría profesional.

—¿Cómo quieres que la llame?

—Marta.

—¿Y a la otra?

—No estamos haciendo una reunión conjunta.

—De momento.

La miré.

—Hay días que entiendo tu divorcio.

Patricia sonrió.

—Andrés también decía que tenía mucho carácter.

—Andrés tenía razón en algunas cosas.

—Cuidado.

—Retiro.

* * *

Por la tarde, ya en casa, Marta seguía contestando.

No constantemente.

Cada veinte minutos.

Media hora.

Normal.

Yo tampoco estaba pendiente.

Mucho.

Hablamos de películas.

Coincidimos en dos.

Discrepamos en una.

Nada grave.

Luego desapareció durante casi dos horas.

No pensé nada.

Bueno.

Pensé algo.

Pero poco.

A las ocho volvió.

Marta: Perdona estaba con mi chico.

Me quedé mirando.

Mi chico.

Interesante.

Quizá un hijo.

Aunque había dicho que no tenía.

Un novio.

Eso sería más interesante.

Un perro.

El perro era macho.

Otto.

Podía llamar «mi chico» al perro.

Había gente capaz.

Esperé.

Llegó otro mensaje.

Marta: Mi hermano quería decir 😂😂😂

Ah.

Había escrito mal.

Raúl: Durante unos segundos esto ha dado un giro bastante interesante.

Marta: JAJAJA perdón

Marta: Mi hermano vive cerca y ha venido a por unas cosas.

Raúl: Otto y yo estábamos preocupados.

Marta: 😂😂😂

Seguimos.

A las nueve y cuarto preguntó:

Marta: Oye te apetece tomar algo un día?

Miré el mensaje.

Eso había ido rápido.

No Miguel rápido.

Pero rápido.

Pensé en Cristina.

Sábado.

Cuarta cita.

Pensé en Marta.

Nueva.

Normal.

Agradable.

No tenía ninguna razón para decir que no.

Tampoco ninguna obligación de decir que sí.

Eso era algo que empezaba a entender.

Raúl: Sí, claro.

Marta tardó poco.

Marta: Mañana?

Mañana era jueves.

Podía.

Raúl: Mañana puedo.

Marta: Sobre las 8?

Raúl: Perfecto.

Quedamos.

Dejé el teléfono.

Una cita el jueves.

Otra el sábado.

Dos meses atrás aquello habría parecido ciencia ficción.

Dos semanas atrás habría parecido una competición.

Ahora solo me pareció agenda.

* * *

El jueves trabajé con normalidad.

Patricia no.

—¿Qué te vas a poner?

—Ropa.

—Buena elección.

—Gracias.

—¿Dónde vais?

Se lo dije.

—Está bien.

—Lo sé.

—¿Nervioso?

—No.

Y era verdad.

Eso me sorprendió un poco.

* * *

A las tres salí.

Fui a casa.

Comí.

Me duché.

No tardé cuarenta minutos decidiendo una camisa.

Elegí una.

No hice una reunión conmigo mismo.

Progreso.

Llegué al sitio.

Marta ya estaba.

La reconocí.

Era igual que en las fotos.

Eso siempre ayudaba.

—Hola.

—Hola.

Nos saludamos.

Nos sentamos.

Pedimos.

Los primeros diez minutos fueron bien.

Los siguientes también.

Marta era agradable.

Hablaba fácil.

Se reía.

Yo también.

A la media hora descubrimos que habíamos estudiado en institutos cercanos.

A los cuarenta minutos que conocíamos a una persona en común.

A los cincuenta que ninguno recordaba exactamente de qué.

Todo normal.

Y entonces ocurrió.

Nada.

No hubo un comentario extraño.

No dijo nada ofensivo.

No habló durante veinte minutos de su ex.

No intentó venderme criptomonedas.

No resultó ser otra persona.

No apareció un marido.

Nada.

Simplemente no me gustó.

No de esa forma.

Me caía bien.

Era atractiva.

La conversación funcionaba.

Pero no había nada.

Eso era incómodo.

Porque habría sido más fácil encontrar un motivo.

Algo.

Un defecto.

Una incompatibilidad.

Una bandera roja.

Una colección de muñecas antiguas en una habitación cerrada.

Lo que fuera.

Pero no.

Marta era perfectamente normal.

Yo también, con suerte.

Y no pasaba nada.

Terminamos la bebida.

Seguimos hablando.

No tuve prisa por irme.

Tampoco ganas de alargarlo.

* * *

Al salir caminamos unos metros juntos.

—Me ha caído bien conocerte —dijo.

—A mí también.

Era verdad.

—Ya hablamos.

—Claro.

Nos despedimos.

Sin beso.

Sin intento.

Sin momento raro.

Volví andando.

Pensé que quizá ella había sentido exactamente lo mismo.

O quizá no.

No podía saberlo.

A los diez minutos llegó un mensaje.

Marta: Me ha encantado conocerte 😊

Ah.

Entonces quizá no.

Miré la pantalla.

Podía dejarlo para mañana.

Podía contestar algo neutro.

Podía seguir quedando y ver si aparecía algo.

Durante años probablemente habría hecho eso.

No por maldad.

Por inercia.

Escribí.

Raúl: A mí también me ha gustado conocerte. Pero te voy a decir una cosa antes de que hagamos el tonto.

Me detuve.

Aquella frase me sonaba.

Sonia.

Sonreí.

La borré.

No necesitaba plagiar rechazos.

Volví a escribir.

Raúl: Me has caído genial, pero creo que por mi parte ha sido más de conocerte que de cita. Prefiero decírtelo y no hacerte perder el tiempo.

Lo envié.

Marta tardó.

Un minuto.

Dos.

Marta: Jajaja pues agradezco que me lo digas

Después:

Marta: Yo habría repetido pero tampoco voy a secuestrarte 😂

Sonreí.

Raúl: Se agradece.

Marta: Suerte por aquí!

Raúl: Igualmente.

Y ya.

Guardé el móvil.

No había salido mal.

Tampoco había salido bien.

Había salido.

Una mujer podía darme like.

Podíamos hacer match.

Podíamos hablar.

Podía parecer interesante.

Podíamos quedar.

Podía ser atractiva.

Podía caerme bien.

Y aun así no tenía por qué ocurrir nada.

Era extraordinariamente poco cinematográfico.

También bastante útil.

El sábado vería a Cristina.

Pensé en eso.

Y entonces entendí una diferencia que no había necesitado explicar hasta ese momento.

Con Marta había pasado una hora esperando sentir algo.

Con Cristina llevaba varios días esperando que llegara el sábado.

No garantizaba nada.

Pero tampoco era nada.

Seguí andando.