Cero divorcios La mesa
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La mesa

El lunes Patricia llegó con una mesa.

No una mesa entera.

Eso habría sido más interesante.

Una foto.

La dejó abierta en la pantalla del ordenador.

—¿Te gusta?

Miré.

Madera.

Cuatro patas.

Rectangular.

—Sí.

—No has mirado.

—He visto suficiente.

—Raúl.

Me acerqué.

—Es una mesa.

—Gracias.

—¿Qué quieres que valore?

—Si te gusta.

—¿Para comer?

—No. Para practicar cirugía.

—Entonces no.

Patricia llevaba tres semanas buscando una mesa para el salón.

Yo no lo sabía.

Aquello demostraba que nuestra amistad todavía conservaba zonas de misterio.

—¿Qué le pasa a la que tienes?

—Que era de Andrés.

—Ah.

—No pongas «ah».

—No he dicho nada.

—Lo has pensado.

—No puedes saber lo que pienso.

—Llevo ocho años sentada a tu lado.

Buen argumento.

Andrés había sido su marido.

Yo lo había visto dos veces.

Una en una cena de Navidad.

Otra cuando vino a recogerla porque su coche estaba en el taller.

Parecía normal.

Luego se divorciaron.

Eso demostraba lo poco fiable que era parecer normal.

—¿Se la quiere llevar? —pregunté.

—No.

—¿Entonces?

—La quiero quitar yo.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Eso es una razón.

—Gracias.

—No he dicho que sea buena.

Patricia me miró.

—¿Te gusta la mesa o no?

Volví a mirar.

—Sí.

—¿La comprarías?

—No.

—¿Por qué?

—Tengo mesa.

—Imagina que no.

—Compraría una.

—¿Esta?

—No sé.

—Eres desesperante.

—Tú me has pedido opinión sobre un rectángulo.

Álvaro apareció.

—¿Qué hacéis?

—Patricia quiere comprar una mesa.

Miró la pantalla.

—Está guapa.

Patricia me señaló.

—¿Ves?

—Álvaro dice «está guapa» de una mesa.

—Porque está guapa.

—No sé si eso mejora tu caso.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó.

Patricia se lo dijo.

Álvaro abrió los ojos.

—Por cuatro patas.

—Y una tabla —dije.

—Es madera maciza.

—Retiro lo dicho. Una tabla buena.

Patricia cerró la página.

—Sois gilipollas.

—Has venido al departamento equivocado para buscar sensibilidad decorativa.

Se quedó mirando la pantalla.

—Es la primera cosa que compro para la casa desde que Andrés se fue.

Eso cambió un poco el asunto.

Álvaro también lo notó.

—Pues cómprala —dijo.

—¿Aunque sea cara?

—Sí.

—Hace diez segundos te parecía un robo.

—Sigue pareciéndomelo.

—Gran asesoramiento.

—Pero si te mola...

Patricia lo miró.

—Gracias.

Álvaro sonrió.

—De nada.

Se marchó.

—El niño ha crecido —dije.

—Un poco.

—La casa rural.

—Puede.

No pregunté más.

Patricia tampoco volvió a abrir la página.

Durante un rato trabajamos.

* * *

A media mañana recibí un correo que empezaba con:

Estimado usuario:

Nunca había llegado nada bueno después de aquello.

Lo abrí.

Contraseña.

Caducaba en tres días.

Perfecto.

Había que cambiarla.

Mínimo doce caracteres.

Una mayúscula.

Una minúscula.

Un número.

Un símbolo.

No podía contener mi nombre.

No podía coincidir con las últimas diez.

No podía incluir secuencias.

Probé una.

Rechazada.

Otra.

Rechazada.

Una tercera.

Rechazada.

—¿Qué haces? —preguntó Patricia.

—Intentar demostrar que soy yo.

—¿Y?

—El sistema tiene dudas.

Probé otra.

Aceptada.

Entonces apareció:

Su contraseña caducará dentro de 90 días.

—Qué bonito.

—¿Qué?

—Ya tenemos fecha para volver a vernos.

Patricia se rio.

—¿Tú reutilizas contraseñas?

—No voy a responder a eso delante de un ordenador.

—Paranoico.

—Prudente.

—¿Sabes mi contraseña?

—No.

—Mi perro.

La miré.

—Acabas de decirme tu contraseña.

—No sabes qué perro.

—¿Cuántos has tenido?

Patricia dejó de sonreír.

—Cállate.

A la hora del café apareció Álvaro otra vez.

—Al final la compro.

Miré a Patricia.

—¿La mesa?

—Sí.

—Enhorabuena.

—No necesito tu aprobación.

—Entonces retiro la enhorabuena.

—¿Qué mesa? —preguntó Álvaro.

Patricia lo miró.

—La de antes.

—Ah.

—Tú me has dicho que la compre.

—Sí.

—Hace una hora.

—Ya.

—¿Y no te acordabas?

—Pensaba que hablabais de otra cosa.

Patricia me miró.

—Este es el futuro de la Administración.

—No metas a la institución.

Álvaro apoyó una mano en la mesa.

—Por cierto, Irene quiere que vayamos a una boda.

Patricia y yo levantamos la cabeza.

—Juntos —añadió.

—No —dijo Patricia.

—¿Qué?

—Nada.

—No empecéis.

—No hemos empezado —dije.

—Os conozco.

—¿De quién es la boda?

—Una amiga suya.

—¿Y tú estás invitado?

—Como acompañante.

Patricia cerró los ojos.

—No.

—¿Qué?

—Nada.

—Deja de hacer eso.

—¿Qué pone en la invitación? —pregunté.

—No lo sé.

—Necesitamos verla.

—No vais a ver nada.

—¿Pone Irene y acompañante?

—Supongo.

—Eso es muy serio.

—No es serio.

—Una boda.

—Sí.

—Juntos.

—Como amigos.

Patricia se levantó.

—Voy al baño.

—¿Por qué?

—Porque necesito alejarme de esta conversación antes de sufrir algo.

Álvaro me miró.

—No significa nada.

—Vale.

—La gente lleva amigos a bodas.

—Sí.

—Pues eso.

—¿Vas a dormir con Irene después?

—Raúl.

—Estoy recopilando datos.

—No es asunto tuyo.

—Entonces sí.

—Que te den por culo.

Se fue.

Patricia volvió.

—¿Ha reconocido que son novios?

—No.

—Qué decepción.

—Va a una boda con ella.

—Eso ya es prácticamente una hipoteca.

—No exageremos.

—Tienes razón. La hipoteca requiere menos compromiso.

Seguimos trabajando.

A la salida me encontré con Álvaro en el ascensor.

—¿Al final vas? —pregunté.

—A la boda.

—Sí.

—Claro.

—¿Cuándo es?

—Dentro de tres semanas.

—Bien.

—¿Qué?

—Nada.

—No digas «bien».

—Solo he dicho bien.

—Con intención.

Estábamos perdiendo el idioma.

Salimos.

Álvaro miró el móvil.

—¿Tú has ido a muchas bodas?

Pensé.

—Demasiadas.

—¿De amigos?

—Amigos. Familia. Ex.

Álvaro levantó la cabeza.

—¿Has ido a la boda de una ex?

—No.

—Has dicho ex.

—He dicho que mis ex se han casado.

—Ah.

Me detuve.

Otra vez.

—¿Qué?

—Nada.

—Ese «ah» tenía contenido.

—Pensaba que solo habías tenido la de los siete años.

—Marta.

—Sí.

—No nací a los veintisiete, Álvaro.

—Ya.

—Tuve novias antes.

—¿Muchas?

—No.

—¿Cuántas?

—Vete a casa.

Sonrió.

—Nos vemos mañana.

Se alejó.

Yo seguí andando.

No había pensado en aquello desde hacía mucho.

En las anteriores.

No porque hubieran sido importantes durante años.

Precisamente por eso.

Habían sido otra vida.

Marta se había casado.

Eso lo sabía.

También Silvia.

Y Elena.

Las tres.

No inmediatamente.

Tampoco era una maldición.

Pero las tres habían terminado casándose con la siguiente pareja seria que habían tenido después de mí.

Era curioso.

Llegué a un paso de peatones.

Esperé.

Pensé en Silvia.

Hacía más de veinte años.

Luego en Elena.

Después en Marta.

Tres.

La muestra estadística era pequeña.

Pero inquietantemente consistente.

Quizá esa era mi verdadera utilidad en el mundo.

No era una pareja.

Era una fase de preparación.

Un curso prematrimonial con sexo.

El semáforo cambió.

Crucé.

Me hizo gracia.

Durante años había considerado aquello una coincidencia.

A los cuarenta y cinco empezaba a sospechar que podía ser un servicio.

Salías conmigo.

Aprendías lo necesario.

Y el siguiente recibía el producto terminado.

Saqué el móvil mientras caminaba.

Cristina no había escrito.

Yo tampoco tenía nada que decirle.

* * *

El sábado seguía ahí.

No necesitábamos llenar los seis días que había en medio.

Guardé el teléfono.

* * *

Al llegar a casa pensé otra vez en las tres.

Silvia.

Elena.

Marta.

No sentía nada especial.

Ni pena.

Ni nostalgia.

Ni ganas de buscar qué hacían.

Solo curiosidad por el patrón.

Tres de tres.

Cien por cien de efectividad.

Había empresas que cotizaban en bolsa con peores resultados.

Calenté la carne de mi madre.

Cené.

Después recibí un mensaje de Patricia.

Una foto.

La mesa.

Patricia: Comprada.

Contesté:

Raúl: Espero que seáis muy felices.

Patricia: Gracias. De momento es la relación más estable que tengo.

Raúl: La mía es la suscripción de Netflix.

Tardó unos segundos.

Patricia: Y porque se renueva automáticamente.

Me quedé mirando el mensaje.

Eso había sido innecesario.

Raúl: Hay compromiso.

Patricia: Hay domiciliación bancaria.

No contesté.

Era difícil discutir con alguien que tenía razón.

Dejé el móvil.

Patricia tenía una mesa nueva.

Álvaro tenía una no novia con la que iba a una boda.

Miguel tenía una no relación que no sabía definir.

Yo tenía una cuarta cita el sábado.

Y Netflix seguía conmigo.

El mobiliario y las plataformas de streaming eran lo único que parecía saber exactamente qué era.

Apagué la luz.