Cero divorcios La segunda cerveza
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La segunda cerveza

Miguel abrió la primera cerveza.

Bebió.

—Joder.

—¿Qué?

—Nada.

—Has pedido dos.

—La segunda es preventiva.

Me senté.

Miguel hizo lo mismo.

La maleta seguía junto a la puerta.

—¿Qué tal el viaje?

—Bien.

—Eso ya lo dijiste ayer.

—Pues sigue bien.

—Perfecto.

Bebimos.

Esperé.

Miguel miró la televisión.

La PlayStation seguía pausada.

—¿Estabas jugando?

—Sí.

—Sigue.

—No voy a jugar mientras estás aquí.

—¿Por qué?

—Porque has venido.

—Puedo mirar.

—Eso es tristísimo.

—Más triste es que apagues por mí.

Tenía un punto.

Cogí el mando.

Reanudé.

Miguel miró durante treinta segundos.

—Por ahí no.

—¿Qué?

—Que por ahí no es.

—Sí es.

—Te estás dejando una puerta.

—Ya he estado.

—No.

Pausé.

—Miguel.

—Qué.

—Llevas treinta segundos.

—Y ya he visto una puerta que tú no.

—He pasado por ahí.

—Pues no la has abierto.

Volví.

Había una puerta.

La abrí.

—Cállate.

—De nada.

Jugué unos minutos.

Miguel bebía.

—Nuria quiere volver a quedar.

No aparté la vista de la pantalla.

—Bien.

—Sí.

Esperé.

—¿Y?

—Nada.

—Vale.

—¿No vas a preguntar?

Pausé.

—¿Quieres volver a quedar tú?

—Creo que sí.

—Entonces bien.

—Ya.

—¿Qué problema hay?

—Ninguno.

—Estupendo.

Reanudé.

—Eres un hijo de puta.

—¿Por qué?

—Porque sabes que quiero hablar.

Volví a pausar.

—Entonces habla.

—No sé qué decir.

—Esto va a ser largo.

Miguel dejó la cerveza en la mesa.

—Me lo he pasado bien.

—Sí.

—Nos hemos reído.

—Bien.

—El sexo bien.

—No necesito el informe.

—No te estoy dando detalles.

—Mantengamos esa política.

—Pero...

Ahí estaba.

—¿Pero qué?

—Cuando veníamos para acá me ha preguntado qué estaba buscando.

—Pregunta razonable.

—Sí.

—¿Qué has dicho?

—Que nada serio.

—Es lo que llevas diciendo desde que te separaste.

—Ya.

—Entonces fácil.

—Sí.

—¿Y?

—Que después me ha preguntado qué significa «nada serio».

Me quedé pensando.

—También es razonable.

—Ya.

—¿Y qué significa?

—Pues eso.

—¿Eso qué?

—Nada serio.

—Miguel.

—No empieces tú también.

Dejé el mando.

—¿Quieres seguir quedando con ella?

—Sí.

—¿Quieres acostarte con ella?

—Sí.

—¿Quieres conocer a otras?

Miguel tardó.

—Supongo.

—Mala respuesta.

—¿Por qué?

—Porque has dicho «supongo».

—¿Qué quieres que diga?

—A mí me da igual.

—Pues entonces.

—Pero si Nuria te pregunta, «supongo» no parece una filosofía vital muy elaborada.

Miguel cogió la cerveza.

—No quiero novia.

—Vale.

—Acabo de salir de un matrimonio.

—Lo sé.

—Quince años.

—También.

—No voy a meterme ahora en otra relación.

—Nadie te ha pedido que te cases con Nuria.

—Ya lo sé.

—¿Ella quiere una relación?

—Dice que no lo sabe.

—Pues estáis avanzando.

—Muchísimo.

—Me ha dicho que no necesita decidirlo ahora, pero que tampoco quiere estar tres meses quedando conmigo para descubrir que yo solo quería follar.

—Tiene sentido.

—Ya.

—¿Y tú solo quieres follar?

—No.

Lo dijo rápido.

—Pues ya sabes una cosa.

Miguel se quedó callado.

—No quiero una relación —repitió.

—También sabes otra.

—¿Y qué hago con las dos?

—Ni puta idea.

—Gran ayuda.

—No soy un profesional.

—Tú estás quedando con Cristina.

—Precisamente. Tres citas. Estoy altamente cualificado.

Miguel sonrió.

—¿Cuándo es la cuarta?

—No lo sé.

—¿Todavía?

—No.

—Pues escríbele.

—Tiene día familiar.

—Son las seis.

—¿Y?

—Que el día familiar terminará.

—O no.

—Escribe luego.

—Ya veremos.

Miguel me señaló.

—Eso.

—¿Qué?

—Eso mismo le dijiste a Sergio con lo de Italia.

—No es comparable.

—Has dicho «ya veremos».

—Es una expresión.

—De cobardes.

—Hace media hora no sabías explicar qué significa «nada serio».

—No estamos hablando de mí.

—Llevamos media hora hablando de ti.

—Pues cambiemos.

Se levantó.

—¿Otra?

—¿No era preventiva?

—Ha cumplido su función.

Fui a la cocina.

Cogí dos.

Cuando volví, Miguel tenía el móvil en la mano.

—Nuria.

—¿Qué dice?

—Que ha llegado.

—Bien.

—Y que se lo ha pasado muy bien.

—Bien.

—Y un corazón.

—Problema resuelto.

—Eso le has dicho antes a Sergio.

—Tengo un repertorio limitado.

Miguel escribió.

—¿Qué le has puesto?

—Que yo también.

—¿Corazón?

—No.

—Cobarde.

—Vete a la mierda.

Dejó el teléfono.

—Mañana le escribiré.

—Perfecto.

—No pongas esa cara.

—Es mi cara.

Terminamos la cerveza.

Miguel se fue poco después.

Dejó la maleta.

La toalla nueva también.

Antes de salir la señaló.

—Espero que seas feliz con ella.

—Necesitamos tiempo.

—No está usada.

—Eso ayuda.

—Estás enfermo.

—Buenas tardes.

Cerré la puerta.

Eran algo más de las siete.

Había pasado prácticamente todo el domingo en casa.

No me molestaba.

Pero me apeteció salir.

Sin objetivo.

Eso todavía estaba permitido.

Me puse unas zapatillas.

Cogí las llaves.

Bajé.

Caminé hacia el centro.

Había gente.

Familias.

Parejas.

Turistas.

Perros.

Niños.

Un señor discutiendo por teléfono.

Lo normal.

Estaba cruzando una calle cuando algo pasó a mi lado.

Rápido.

Demasiado.

Di un paso atrás.

—¡Joder!

Un patinete eléctrico siguió adelante.

El conductor tendría treinta y muchos.

Pantalón chino.

Camisa.

Mochila.

Casco.

Todo muy responsable salvo la parte de intentar matarme.

De pequeño pensaba que en el futuro habría coches voladores.

Era lo que nos habían prometido.

Coches voladores.

Robots.

Ciudades en otros planetas.

Nadie me había advertido de que el futuro consistiría en señores de treinta y siete años yendo a trabajar en patinete.

No lo vi venir.

Tampoco soy Julio Verne.

Otro pasó por el carril bici.

Este llevaba americana.

Un hombre adulto.

Con americana.

Sobre una tabla con ruedas.

Aquello era el futuro.

No había coches voladores.

Habíamos conseguido que un director financiero pareciera un niño que se había escapado del parque.

Seguí andando.

Me senté en una terraza.

Pedí un café.

Solo.

No me importó.

Nunca me había importado demasiado.

Miré alrededor.

Una pareja hablaba en la mesa de al lado.

Dos mujeres compartían una tarta.

Un hombre leía.

Tres chavales discutían sobre fútbol.

Nadie estaba protagonizando nada.

Eso también me gustaba de las ciudades.

Podías estar solo sin estar realmente solo.

Saqué el móvil.

Tenía un mensaje de Cristina.

Lo había enviado hacía doce minutos.

Cristina: Sigo viva.

Sonreí.

Raúl: Me alegro. Empezaba a valorar avisar a emergencias.

Cristina: Mi madre cocina para 14 aunque seamos 7.

Miré el mensaje.

Genética nacional.

Raúl: La mía hoy para 14 siendo 6.

Cristina: Compiten.

Raúl: La mía me ha metido ensaladilla clandestinamente.

Cristina: La mía croquetas.

Raúl: Cambio.

Cristina: Ni de coña.

Sonreí.

Podía dejarlo ahí.

No había ningún problema.

Habíamos hablado.

Ella había escrito.

Todo bien.

Bebí café.

Miré la calle.

Pasó otro patinete.

Esta vez no intentó matarme.

Se agradecía.

Cogí el teléfono.

Raúl: Oye, cuándo te viene bien que nos veamos?

Lo envié antes de poder analizarlo.

Me quedé mirando la pantalla.

Nada ocurrió.

Claro.

Habían pasado dos segundos.

Dejé el móvil boca abajo.

Bebí.

Esperé.

No miré.

Cinco segundos.

Diez.

Aquello era ridículo.

Miré.

Nada.

Volví a dejarlo.

Una camarera pasó.

Una moto arrancó.

Un niño empezó a llorar.

El mundo continuaba funcionando pese a que Cristina no hubiera contestado en veinticinco segundos.

Dato tranquilizador.

Vibró.

Cogí el teléfono.

Cristina: Esta semana la tengo complicada.

Ah.

Leí otra vez.

Esta semana la tengo complicada.

No era exactamente la respuesta que esperaba.

Aparecieron los tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

Cristina: Pero el sábado por la noche podría.

Bien.

Noté físicamente el cambio.

Ridículo.

Raúl: Sábado me va bien.

Cristina: Entonces sábado 😊

Raúl: Hecho.

Guardé el móvil.

Cuarta cita.

Sábado.

Seis días.

Terminé el café.

Pagué.

Me levanté.

De camino a casa pasó otro patinete.

Lo vi venir.

Me aparté.

Estaba aprendiendo.

A los cuarenta y cinco años eso ya contaba como evolución.