Cero divorcios El mando
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El mando

Sergio llegó a la una y diez.

No dije nada.

Estaba creciendo como persona.

Llevaba una bolsa.

—He traído cerveza.

—Tengo.

—Más cerveza.

—Pasa.

Entró.

Miró hacia el salón.

—¿Qué hacemos?

—No sé. Tú querías quedar.

—Tomar algo.

—Pues tomamos algo.

—¿Aquí?

—¿Qué problema hay?

—Ninguno.

—Entonces aquí.

Metió las cervezas en la nevera.

—¿No íbamos a salir?

—No habíamos dicho eso.

—Cuando dos personas quedan para tomar una cerveza normalmente salen.

—Tenemos cerveza. Tenemos sillas. Podemos completar el proceso.

Sergio me miró.

—Qué domingo más triste.

—La puerta sigue ahí.

—Pon una cerveza.

Eso pensé.

Nos sentamos en el salón.

Puse el fútbol.

No jugaba ninguno de nuestros equipos.

Eso mejoraba bastante el partido.

—¿Qué tal ayer? —preguntó.

—Comida familiar.

—Ya.

—Mi sobrino llegó diez minutos tarde el viernes y Laura está valorando retirarle la nacionalidad.

—Normal.

—Tiene dieciséis.

—Más normal todavía.

—Dice que el móvil se quedó sin batería.

Sergio asintió.

—Mentira.

—¿Por qué?

—Porque tiene dieciséis.

—Buen argumento.

—Mi hija me dice lo mismo.

—Tiene catorce.

—Lleva dos años preparándose.

En la televisión un delantero cayó dentro del área.

—Penalti —dijo Sergio.

—No.

—Clarísimo.

Repitieron la jugada.

No era penalti.

—Penalti —repitió.

—La repetición demuestra que no.

—La repetición está mal.

Había cosas que no cambiaban.

Bebimos.

Vimos unos minutos.

—Mónica está enfadada conmigo —dijo.

Ah.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Entonces estás jodido.

—Ya.

—¿Qué nada?

—Nada.

Lo miré.

—Sergio.

—Ayer salimos a cenar.

—Eso parece positivo.

—Los dos solos.

—Más positivo.

—Los niños se quedaron con mis suegros.

—Esto mejora por momentos.

—Sí.

Esperé.

—¿Y?

—Pues eso.

—¿Eso qué es?

—Que cenamos.

—¿Y Mónica esperaba que ocurriera algo después?

—No.

—¿Tú esperabas que ocurriera algo después?

—Sí.

—¿Ocurrió?

—No.

—¿Por eso está enfadada?

—No.

La historia tenía demasiadas capas.

—Explícate.

—Durante la cena me preguntó qué quería hacer este verano.

—¿Y?

—Le dije que ya veríamos.

Me quedé quieto.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—Has dicho «ah».

—Sí.

—¿Qué significa?

—Que empiezo a entender a Mónica.

—No hay nada que entender.

—¿Cuántos años lleváis casados?

—Diecisiete.

—¿Y todavía respondes «ya veremos» a preguntas de vacaciones?

—¿Qué tiene de malo?

—Nada.

—Pues eso.

—Si quieres morir.

—No era para tanto.

—¿Qué quería hacer ella?

—Ir unos días a Italia.

—¿Y tú?

—No sé.

—¿No quieres ir?

—Sí.

—¿Entonces?

—Que estamos en septiembre.

—Para el verano que viene.

—Sí.

—Quedan nueve meses.

—Exacto.

—¿Y?

—Pues que falta muchísimo.

—Para ti.

—Para todo el mundo.

—El tiempo funciona igual, sí.

—Entonces.

—Pero Mónica no te estaba preguntando cuándo es verano.

Sergio bebió.

—Me dijo que nunca organizo nada.

—¿Es verdad?

—No.

Esperé.

—¿Qué organizas?

—Cosas.

—Dime una.

—El fútbol del niño.

—Eso no lo organizas tú.

—Lo llevo.

—Eso es transporte.

—También hay que organizarlo.

—Dime otra.

Pensó.

Mala señal.

—La barbacoa de junio.

—La organizó Carlos.

—Yo compré hielo.

—Fundamental.

—Sin hielo aquello habría sido una mierda.

No podía negarlo.

—¿Sabes qué pasa? —dijo—. Que al final parece que todo lo hace ella.

—¿Y lo hace?

—Muchas cosas.

—Pues quizá por eso lo parece.

Me miró.

—He venido a verte para sentirme mejor.

—Te has equivocado de amigo.

—Miguel estaría de mi parte.

—Miguel está en Málaga con una mujer que hace planes con horario.

—Es verdad.

—Ahora mismo eres el que mejor está de los dos.

—Gracias.

El partido siguió.

Sergio sacó el móvil.

Escribió.

Lo dejó.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Has escrito algo.

—A Mónica.

—¿Qué?

—Que podemos mirar lo de Italia esta noche.

—Bien.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—De superioridad.

—No tengo pareja desde hace once años. Sería muy atrevido sentirme superior en esto.

—Pues lo pareces.

—Estoy sentado en chándal comiendo patatas. Intenta resistir la intimidación.

Su móvil vibró.

Sergio miró.

—¿Qué dice?

—Un corazón.

—Problema resuelto.

—No funciona así.

—Entonces no entiendo los corazones.

—Eso ya lo sabíamos.

Seguimos viendo el partido.

Al descanso Sergio se levantó.

—¿Tienes algo de comer?

—Sí.

—¿Qué?

Abrí la nevera.

La cantidad de recipientes seguía siendo ofensiva.

—Carne.

—Bien.

—Croquetas.

—Muy bien.

—Ensaladilla.

—Perfecto.

—Todo de mi madre.

—Tu madre cocina de puta madre.

—Por eso no consigo independizarme del todo.

—Tienes cuarenta y cinco años y una hipoteca.

—Emocionalmente.

Sacamos comida.

Sergio probó la ensaladilla.

—Joder.

—Ya.

—¿Te la ha dado tu madre?

—Me la introdujo clandestinamente.

—Dile que me adopte.

—Tiene suficiente trabajo conmigo.

Comimos delante de la televisión.

Durante unos minutos no hablamos.

No hacía falta.

Aquello era algo que Miguel había dicho el día anterior.

Con Nuria no sabía qué hacer con los silencios.

Con Sergio podía pasar medio partido sin decir una palabra.

Veinticinco años de amistad tenían algunas ventajas.

—¿Cristina? —preguntó de pronto.

Casi me atraganto.

—¿Qué?

—Miguel dijo el otro día algo de Cristina.

Lo miré.

—¿Cuándo?

—En el grupo no. Cuando hablamos.

Aquello reducía mis opciones de asesinato.

—¿Qué quieres saber?

—Nada.

—Entonces ¿por qué preguntas?

—Por preguntar.

—Eso no existe.

—¿Va bien?

Pensé.

—Creo que sí.

—¿Cuántas veces habéis quedado?

—Tres.

—Ah.

Otra vez.

—¿Qué significa ese «ah»?

—Nada.

—Todo el mundo dice «ah» y luego pretende que no significa nada.

—Tres está bien.

—¿Qué número estaría mal?

—No sé.

—Entonces tu sistema carece de utilidad.

Sergio cogió otra croqueta.

—¿Te gusta?

—Sí.

—Pues ya está.

Eso fue todo.

Esperé algo más.

No llegó.

—¿No vas a darme ningún consejo?

—¿Quieres un consejo?

—No.

—Pues no.

—Bien.

—Además, mírame.

Señaló su teléfono.

—Acabo de necesitar tu ayuda para reservar unas vacaciones con la mujer con la que llevo media vida.

—No te he ayudado.

—Me has hecho sentir culpable.

—Es distinto.

—Ha funcionado.

Terminó el partido.

Empate a uno.

Ninguno recordaría el resultado el martes.

Perfecto.

—¿Otra? —pregunté.

Sergio miró la hora.

—No puedo.

—¿Por?

—Comemos en casa de mis suegros.

Miré los platos vacíos.

Luego a él.

—Sergio.

—Qué.

—Acabas de comer.

—Ya.

—Has comido bastante.

—Ya.

—Y ahora vas a comer otra vez.

—Tengo dos hijos y estoy casado. Los domingos no me pertenecen.

—Podías haber dicho que no querías.

—¿A tu ensaladilla?

—A la comida de tus suegros.

Me miró.

—Tú no entiendes nada.

Era posible.

Recogimos.

Sergio se puso la chaqueta.

—Esta noche miro Italia.

—Muy bien.

—Deja de decirlo como si fueras mi padre.

—Organiza algo alguna vez y dejaré de hacerlo.

—Cabrón.

Abrió la puerta.

—Ah, y dile a tu madre que la ensaladilla está increíble.

—No pienso fomentar esto.

—Egoísta.

Se fue.

La casa volvió a quedarse en silencio.

Miré el salón.

Dos botellas.

Platos.

La bolsa de patatas abierta.

El partido ya terminado.

Recogí.

No tenía nada que hacer.

De verdad.

Nada.

Me senté.

Cogí el mando de la PlayStation.

Lo dejé.

Miré el móvil.

Ningún mensaje.

Lo dejé también.

Podía jugar.

Podía ver una película.

Podía dormir la siesta.

Podía salir.

Podía quedarme.

Nadie esperaba que fuera a ningún sitio.

Nadie necesitaba que decidiera dónde estaría el verano siguiente.

Nadie se enfadaría si cenaba pizza.

Era una libertad considerable.

También era domingo por la tarde.

Las dos cosas podían ser verdad.

Cogí el mando.

Encendí la consola.

Jugué durante casi una hora.

Entonces sonó el telefonillo.

Miré hacia la entrada.

No esperaba a nadie.

Volvió a sonar.

Pausé.

Fui.

—¿Sí?

—Soy yo.

Miguel.

Miré la hora.

Había vuelto antes de lo previsto.

—Sube.

Abrí.

Un minuto después llamaron a la puerta.

Miguel estaba allí.

Con mi maleta.

Y una bolsa.

—Hola.

—Hola.

Miré la bolsa.

—¿Qué es eso?

Miguel me la dio.

Dentro había una toalla nueva.

—No me jodas.

—Cien por cien virgen.

La saqué.

No se parecía en nada a la mía.

Era enorme.

—Esto es una toalla de playa.

—Estaba de oferta.

—¿Y la otra?

—Se ha quedado en Málaga.

—Bien.

—Nuria dice que eres muy raro.

Lo miré.

—¿Nuria sabe lo de la toalla?

—Toda la historia.

—Perfecto.

—Le has caído bien.

—No me conoce.

—Precisamente.

Dejé la toalla sobre una silla.

Miguel entró.

—¿Tienes cerveza?

—Sí.

—Necesito una.

Lo miré.

Ya no parecía tan descansado como el viernes.

—¿Qué tal Málaga?

Miguel dejó la maleta junto a la pared.

Pensó la respuesta.

—Bien.

Otra vez.

Bien.

Abrí la nevera.

—¿Una?

—Dos.

Saqué dos cervezas.

El domingo todavía no había terminado.