Cero divorcios Cuarenta y ocho horas
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Cuarenta y ocho horas

Llamé a Miguel.

No contestó.

Volví a mirar el mensaje.

Ha habido un incidente.

Esperé.

Un minuto.

Dos.

A los tres escribió.

Miguel: No puedo hablar ahora.

Eso mejoraba muchísimo la situación.

Raúl: Qué ha pasado?

Miguel: Luego te cuento.

Raúl: Está viva?

Los tres puntos aparecieron.

Miguel: Sí.

Raúl: Tú?

Miguel: También.

Bien.

Habíamos descartado dos cadáveres.

Subí a casa con la comida que me había dado mi madre.

Abrí la bolsa.

Carne.

Croquetas.

Ensaladilla.

La ensaladilla que había rechazado expresamente.

La mujer había aprovechado una distracción.

Profesional.

Guardé todo.

Dejé el móvil en la encimera.

Miguel seguía sin llamar.

Pensé en posibilidades.

Una discusión.

Una intoxicación.

Un accidente.

Un exnovio.

Un marido.

Un marido sería interesante.

También bastante inconveniente.

El teléfono sonó.

Miguel.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Has escrito «ha habido un incidente».

—Con la toalla.

Cerré los ojos.

—No.

Miguel empezó a reírse.

—Eres gilipollas.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Miguel.

—La he usado.

Silencio.

—Te dije que no la usaras.

—¿Para qué coño me prestas una toalla que no puedo usar?

—Ya reconocí que fue un error.

—Pues la he usado.

—¿Para ducharte?

—Sí.

—¿Solo para ducharte?

—Raúl.

—Necesito una respuesta.

—No la necesitas.

—Es mi toalla.

—Era tu toalla.

Eso cambió las cosas.

—¿Qué significa «era»?

—Que te compro otra.

—¿Por qué?

—Porque después de todo lo que me dijiste ayer no pienso devolvértela.

Me quedé callado.

—¿Ha pasado algo con ella?

—No.

—¿Seguro?

—Es una puta toalla.

—Entonces ¿por qué no vuelve?

—Porque ya no quiero participar en esto.

Tenía sentido.

—Vale.

—¿Vale?

—Sí.

—¿Ya está?

—Cómprame una parecida.

—Te compro una mejor.

—No hace falta.

—Pues una peor.

—Tampoco.

—Voy a elegir yo.

—Eso me preocupa.

—Te jodes.

Asunto resuelto.

—Entonces ¿ese era el incidente?

—Sí.

—Eres imbécil.

—Llevas desde ayer preguntando por ella.

—Pensaba que había pasado algo.

—Ha pasado. Me he duchado.

—Eso no es un incidente.

—Para ti parecía serlo.

No podía discutirlo.

Hubo un silencio.

—¿Qué tal por ahí?

—Bien.

La respuesta tardó una fracción de segundo demasiado.

—¿Bien?

—Sí.

—Vale.

—¿Qué?

—Nada.

—Has dicho «vale» raro.

—No se puede decir vale raro.

—Tú acabas de hacerlo.

Me senté.

—¿Ha pasado algo con Nuria?

—No.

—Entonces perfecto.

—Sí.

Silencio.

—Es raro —dijo.

—¿Qué?

—Esto.

—Málaga.

—No. Pasar todo el fin de semana con alguien.

—Era el plan.

—Ya sé que era el plan.

—Lo propusiste tú.

—También lo sé.

—Estoy aportando contexto.

—No hace falta.

Esperé.

—En una cita estás dos horas —dijo—. Tres como mucho.

—Sí.

—Y luego cada uno se va a su casa.

—Normalmente.

—Pero aquí te levantas y la otra persona sigue ahí.

—Miguel, eso era previsible.

—Ya sé que era previsible.

—Estaba incluso implícito en lo de «fin de semana».

—No me estás ayudando.

—No sé qué necesitas.

Miguel suspiró.

—Nada. Es solo que es intenso.

—¿Nuria?

—Todo.

Eso tenía más sentido.

—Llevamos desde ayer juntos.

—Sí.

—Cena. Dormir. Desayuno. Paseo. Comer. Playa.

—Parece un fin de semana.

—Ya.

—¿Te cae mal?

—No.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿Habéis discutido?

—No.

—¿Entonces?

—Que no tengo nada más que contar.

—Eso nunca te había detenido.

Se rio.

—Hay momentos en los que no sé qué decirle.

—No digas nada.

—Eso hago.

—Problema resuelto.

—Y entonces me pregunta si me pasa algo.

—Ah.

—Sí.

—Complicado.

—¿Ves?

—No demasiado.

—Esta mañana hemos desayunado y hemos estado hablando una hora.

—Bien.

—Luego hemos ido a dar una vuelta.

—Bien.

—Hemos seguido hablando.

—Normal.

—Después hemos comido.

—¿Hablando?

—Sí.

—Esto se está poniendo serio.

—Vete a la mierda.

Me reí.

—¿Sabes lo que creo?

—Qué.

—Que llevas quince años sin conocer a alguien.

Se quedó callado.

—¿Cómo?

—Conocer desde cero.

—He conocido gente.

—No así.

Pensé cómo explicarlo.

—Con Natalia ya estaba todo hecho.

—No estaba todo hecho.

—Ya me entiendes. Sabías cuándo quería hablar. Cuándo quería estar tranquila. Qué le molestaba. Qué podía hacerte gracia y qué iba a cabrearla.

Miguel no dijo nada.

—Con Nuria no sabes nada.

—No.

—Y ella tampoco sabe nada de ti.

—Ya.

—Pues tiene que ser agotador.

Silencio.

—Un poco.

Ahí estaba.

Miguel sabía estar casado.

Sabía convivir.

Sabía organizar colegios, vacaciones, compras, cumpleaños y fines de semana.

Lo que llevaba mucho tiempo sin hacer era empezar.

Yo llevaba once años sin hacer casi ninguna de las dos cosas.

Cada uno tenía su currículum.

Ninguno servía para el puesto.

—Además ella tiene mucha energía —dijo.

—¿Eso es malo?

—No.

—Miguel.

—No es malo.

—Pero.

—Esta mañana a las nueve ya quería salir.

—Una barbaridad.

—Es sábado.

—Precisamente por eso la gente sale.

—Yo quería desayunar tranquilo.

—¿Se lo dijiste?

—No.

—¿Por qué?

—Porque acabamos de empezar.

—Pues empieza diciéndole que quieres desayunar tranquilo.

—Qué fácil lo haces.

—Estoy en mi sofá. Desde aquí todo es facilísimo.

—¿Y tú qué has hecho?

—Comer con mi familia.

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿Tu madre?

—Mi madre.

—Entiendo.

—Me ha colocado ensaladilla en una bolsa contra mi voluntad.

—Denúnciala.

—Estoy valorándolo.

—¿Y Cristina?

La pregunta me pilló desprevenido.

—Nada.

—¿Nada?

—Tiene día familiar.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—No empieces.

—¿Cuándo volvéis a quedar?

—No lo sé.

—Pensaba que había próxima.

—Hay próxima.

—¿Cuándo?

—No está fijada.

—Pues fíjala.

—Gracias.

—De nada.

—Qué haría sin ti.

—Tendrías una toalla.

Eso fue bueno.

Escuché una voz al fondo.

Nuria.

Miguel contestó algo que no entendí.

—Tengo que dejarte.

—¿Todo bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Quieres volver?

—No.

Respondió demasiado rápido para estar dudando.

Eso también era información.

—Pues pásalo bien.

—Lo estoy pasando bien.

—Ya.

—De verdad.

—Te creo.

—Solo estoy cansado.

—También te creo.

—Mañana vuelvo por la tarde.

—Sergio y yo hemos quedado a la una.

—Lo he visto.

—Si llegas pronto...

—No creo.

—Pues otro día.

—Sí.

Otra pausa.

—Raúl.

—Qué.

—No quiero otra relación.

—Vale.

—Lo digo en serio.

—Ya.

—Esto no significa nada.

—No he dicho que signifique nada.

—Ya.

—Miguel.

—Qué.

—Estás explicándomelo a mí.

Silencio.

—Vete a la mierda.

—Pásalo bien.

Colgó.

Me quedé un momento con el teléfono en la mano.

No sabía si Miguel intentaba convencerme a mí.

Probablemente no.

Jugué un rato.

Después me comí dos croquetas.

Luego una tercera.

Había que evitar que se estropearan.

Cristina no escribió.

Yo tampoco.

No pasó nada.

Esta vez de verdad.

* * *

A las nueve llegó un mensaje de Laura.

Laura: Mamá pregunta si has visto la ensaladilla.

Miré el recipiente en la nevera.

Raúl: Qué ensaladilla?

Laura respondió con un emoji riéndose.

Había aprendido de los mejores.

Más tarde Sergio escribió al grupo.

Sergio: Mañana 13:00?

Raúl: Sí.

Miguel tardó un poco.

Miguel: Yo vuelvo por la tarde.

Sergio: Sigue vivo?

Miguel: De momento.

Raúl: Y mi toalla?

Miguel: Supera la pérdida.

Sergio: Por favor no quiero saber qué ha pasado.

Miguel: Me he duchado.

Pasó casi un minuto.

Sergio: Raúl está fatal.

Raúl: Buenas noches.

Dejé el teléfono.

Domingo.

Una cerveza con Sergio.

Nada más.

Me pareció un plan excelente.

Antes de acostarme fui a la cocina a beber agua.

Abrí la nevera.

Vi la ensaladilla.

La miré.

Mi madre había ganado.

Cogí un tenedor.

Estaba buenísima.

Eso era lo peor.