Cero divorcios Seis
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Seis

El sábado llegué a casa de mi madre a las dos menos cinco.

No porque me hubiera dicho que no llegara tarde.

Porque habíamos quedado a las dos.

Hay diferencias importantes.

Laura abrió la puerta.

—Milagro.

—Son menos cinco.

—Mamá lleva preguntando por ti desde la una y media.

—Ese problema no es mío.

—Ahora sí.

Entré.

Carlos estaba en el salón.

Mi sobrino pequeño estaba tumbado en el sofá.

El mayor miraba el móvil.

—Hola.

Recibí respuestas.

Algunas incluso verbales.

Mi madre apareció desde la cocina.

—Ya era hora.

Miré el reloj.

—Faltan cuatro minutos.

—Podías haber venido antes.

—Entonces habríamos quedado antes.

—Ayúdame con esto.

Eso significaba que había perdido.

Llevé una fuente al comedor.

Después otra.

—¿Cuánta gente viene?

—Nosotros.

—Hay comida para catorce.

—Pues sobrará.

—Eso espero.

—¿Por qué?

—Porque si nos la comemos toda habrá que llamar a emergencias.

Mi madre me ignoró.

Nos sentamos.

Seis.

Mi madre.

Laura.

Carlos.

Mis dos sobrinos.

Yo.

El cálculo seguía funcionando.

Esperé.

No conscientemente.

Pero esperé.

Mi madre empezó a comer.

Laura le preguntó a Carlos por una cosa del coche.

El pequeño dijo que no quería tomate.

El mayor dijo que le daba igual.

Carlos explicó algo sobre una revisión.

Mi madre le dijo al pequeño que probara el tomate.

El pequeño explicó que ya sabía a qué sabía.

Mi madre respondió que entonces no entendía por qué no quería probarlo.

Era una discusión filosófica interesante.

Pasaron cinco minutos.

Nadie preguntó por Tinder.

Bien.

Eso era exactamente lo que quería.

—¿Y tú qué tal? —me preguntó mi madre.

Ahí estaba.

—Bien.

—Me alegro.

Y siguió comiendo.

Me quedé esperando.

Nada.

Laura estaba discutiendo con el mayor.

—Te dije que a las once.

—Pero si llegué a las once y diez.

—Precisamente.

—Son diez minutos.

—Diez minutos después de las once.

—Mamá.

—Qué.

—Nada.

—No, dime.

—Nada.

El chico siguió comiendo.

Yo observé.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Laura me miró.

—Nada.

—Ha llegado tarde —dijo Carlos.

—Diez minutos —añadió mi sobrino.

—Sin avisar —dijo Laura.

—Tenía el móvil sin batería.

Laura abrió las manos.

—¿Ves?

No sabía qué tenía que ver yo.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Que lo veo.

—Pues dile algo.

Miré a mi sobrino.

Él me miró.

—Tu madre tiene razón.

—Tito.

—¿Qué quieres que haga? Es mi hermana.

—Podrías apoyarme.

—Tengo que volver a comer aquí.

—Cobarde.

—Superviviente.

La conversación siguió.

Por lo visto había salido con unos amigos.

Habían estado dando una vuelta.

Después se habían sentado en un parque.

Después habían ido a casa de uno.

Después el móvil se había quedado sin batería.

Una concatenación de acontecimientos que, a los dieciséis años, parecía completamente inevitable.

—¿Y no podías pedirle un teléfono a alguien? —preguntó Laura.

—No me sé tu número.

Silencio.

Laura lo miró.

—¿Cómo que no te sabes mi número?

—Está en el móvil.

—Soy tu madre.

—Ya.

—¿Y si pasa algo?

—Llamo al 112.

Carlos bajó la cabeza.

Yo también.

No podíamos ayudarnos.

—No tiene gracia —dijo Laura.

—Nadie se está riendo —dije.

Mi sobrino me miró.

—Tú sí.

—Por dentro.

—Raúl.

—Estoy de tu parte.

—No lo parece.

—Puedo estar de tu parte y reconocer que el 112 ha sido una respuesta sólida.

El chico sonrió.

Error.

—No lo animes.

—No lo estoy animando.

—Le estás dando aura —dijo el pequeño.

Lo señalé.

—Tú come tomate.

Se acabó su intervención.

Mi madre miró al mayor.

—Pues yo me sé el teléfono de todo el mundo.

—Porque eres antigua —dijo el pequeño.

—Porque tengo memoria.

—Abuela, tienes los números apuntados en una libreta al lado del teléfono.

—¿Y?

—Eso no es memoria.

—Sé dónde está la libreta.

No encontré fallos.

La conversación derivó hacia los teléfonos.

Después hacia cuánto tiempo pasaban los niños con ellos.

Después hacia cuánto tiempo pasábamos los adultos con ellos.

Aquello fue un error.

—Tú estás todo el día con el móvil —me dijo Laura.

—No.

—Últimamente sí.

—¿Cómo sabes lo que hago últimamente?

—Porque cuando te escribo contestas enseguida.

—Eso debería jugar a mi favor.

—Antes tardabas horas.

—He mejorado como hermano.

—Claro.

Mi madre intervino.

—El otro día me llamó sin querer nada.

Miré hacia ella.

No.

—¿Cómo que sin querer nada? —preguntó Laura.

—Me llamó por hablar.

—Mamá.

—¿Qué?

—No hace falta informar.

—¿Informar de qué?

Laura sonrió.

—¿Tú llamaste a mamá solo por hablar?

—Sí.

—Qué bonito.

—El padre de Patricia se había caído de una silla.

Silencio.

—Eso lo hace menos bonito —dijo Carlos.

—Muchísimo —dijo Laura.

—Estaba preocupado.

Mi madre me miró.

—Ya le dije que no me voy a caer.

—Eso no se puede prometer.

—También me ha prohibido subirme a las sillas.

Laura giró hacia mí.

—¿Tú?

—Sí.

—El hombre que a los diecisiete saltó desde el tejado del garaje.

Mis sobrinos levantaron la cabeza.

—¿Qué? —preguntó el pequeño.

—No.

—¿Saltaste de un tejado?

—No era un tejado.

Laura empezó a reírse.

—Era el tejado del garaje.

—Era bajo.

—Te hiciste un esguince.

—Eso no demuestra que fuera alto.

—¿Por qué saltaste? —preguntó el mayor.

No recordaba exactamente por qué.

Eso empeoraba todo.

—Éramos jóvenes.

—Tú eras joven —dijo Laura—. Yo te dije que no saltaras.

—Eso no lo recuerdo.

—Porque eres antiguo —dijo el pequeño.

Mi madre sonrió.

—Yo sí me acuerdo.

Aquella familia almacenaba demasiada documentación.

Durante un rato hablamos de cosas que había hecho de adolescente y que, convenientemente, habían permanecido fuera de la memoria colectiva hasta aquel momento.

Una bicicleta.

Un bordillo.

Una ventana.

Un petardo.

No había relación entre los cuatro acontecimientos.

Por suerte.

—Eras más tonto de lo que pareces —dijo mi sobrino mayor.

—Gracias.

—Lo digo bien.

—No existe una forma buena de decir eso.

—Ahora pareces muy serio.

—Eso demuestra que he sabido ocultar mi pasado.

—A mí no —dijo Laura.

—Tú eres parte del problema.

Terminamos de comer.

Nadie había preguntado por Tinder.

Nadie había preguntado por mujeres.

Nadie había preguntado si estaba quedando con alguien.

Me parecía perfecto.

Absolutamente perfecto.

Me levanté para ayudar.

Laura cogió platos.

Carlos consiguió desaparecer hacia el salón con una habilidad perfeccionada durante años.

—Qué listo es tu marido.

—Mucho.

—Ha visto venir la cocina.

—Siempre.

Entramos.

Mi madre abrió el lavavajillas.

Yo empecé a guardar comida.

—Llévate esto —dijo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque tengo comida.

—¿Qué tienes?

—Cosas.

—¿Qué cosas?

—Comida.

—Eso no es comida.

—No sabes lo que tengo.

—Pizza.

Me detuve.

—¿Cómo sabes que tengo pizza?

—Siempre tienes pizza.

No podía discutir.

Me dio un recipiente.

—Carne.

—Vale.

Otro.

—Croquetas.

—Sí.

Laura me miró.

—Qué rápido has aceptado esas.

—Tengo prioridades.

Otro recipiente.

—Ensaladilla.

—No.

—¿Por qué?

—No quiero.

—Está buenísima.

—No he dicho que esté mala.

—Pues llévatela.

—Mamá —dijo Laura—, si no la quiere, no la quiere.

Mi madre la miró.

—Tú también te llevas.

—Vale.

Aquella mujer no necesitaba argumentos.

Necesitaba recipientes.

Mi móvil vibró encima de la encimera.

No lo cogí.

Mi madre estaba intentando introducir un trozo de carne en un recipiente físicamente incompatible con él.

Volvió a vibrar.

Laura miró la pantalla.

No por cotillear.

Estaba delante.

Eso habría dicho Patricia.

—Cristina —dijo.

Levanté la cabeza.

—Sí.

Laura me miró.

Yo la miré.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—Has dicho «ah».

—Sí.

—¿Qué significa «ah»?

—Que te ha escrito Cristina.

—Eso ya lo sé.

—Pues entonces tenemos la misma información.

Volvió a guardar comida.

Esperé.

Nada.

—¿No vas a preguntar?

Laura levantó la cabeza.

—¿El qué?

—Nada.

—Pues no.

Seguí colocando recipientes.

Aquello era extraño.

Mi madre estaba de espaldas.

No había oído el nombre.

Bien.

No sabía por qué era importante que no lo oyera.

Pero bien.

Cogí el teléfono.

Cristina: Mi madre acaba de mandar a mi hija a cambiarse porque dice que va enseñando el ombligo.

Sonreí.

Raúl: Cuánto ombligo?

Cristina: Al parecer una cantidad socialmente inaceptable.

Raúl: Hay normativa?

Cristina: Mi madre es la normativa.

Miré a la mía.

Estaba intentando meterme ensaladilla en la bolsa aprovechando que yo no prestaba atención.

Las instituciones fundamentales del Estado.

Raúl: Te entiendo perfectamente.

Guardé el teléfono.

Laura seguía a mi lado.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pone mamá cuando sabe algo.

—No sé nada.

—Sabes que existe Cristina.

—Correcto.

—Y no vas a preguntar.

—No.

—¿Por qué?

Laura cerró un recipiente.

—Porque si quieres contármelo, me lo contarás.

Eso fue inesperadamente adulto.

—Ah.

—¿Qué significa «ah»?

—Nada.

—Pues entonces tenemos la misma información.

Era insoportable.

Mi madre apareció con una bolsa.

—Aquí.

La cogí.

Pesaba demasiado.

Miré dentro.

—Has metido la ensaladilla.

—¿Qué ensaladilla?

La miré.

Ella me miró.

Cerré la bolsa.

Había batallas que no merecían las bajas.

En el salón, mis sobrinos seguían con sus teléfonos.

—Nos vamos —dijo Laura.

—Yo también.

Mi madre me miró.

—¿Ya?

—Llevo aquí tres horas.

—¿Y?

Nunca había una respuesta correcta.

Me despedí.

Carlos levantó la mano.

El pequeño también.

El mayor dijo:

—Tito.

—Qué.

—¿Lo del tejado es verdad?

Miré a Laura.

Sonreía.

—No hagas nunca nada que yo hiciera con diecisiete años.

—Eso no responde.

—Precisamente.

Laura salió conmigo.

En el ascensor no dijo nada.

Yo tampoco.

Bajamos un piso.

Dos.

Tres.

—Cristina tiene cuarenta y seis —dije.

Laura me miró.

—No te he preguntado.

—Ya.

—¿Y?

—Y nada.

—Vale.

Otro piso.

—Es profesora.

—Vale.

—Tiene dos hijos.

—Raúl.

—Qué.

—No tienes que hacerme una ficha.

—No estoy haciendo una ficha.

—Acabas de darme edad, profesión y descendencia.

—Información básica.

—¿Te gusta?

La miré.

Por fin.

—Sí.

Laura sonrió.

—Vale.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que haga?

—Nada.

—Pues ya está.

Se abrió el ascensor.

Salimos al portal.

—Mamá no sabe nada —dije.

—Ya.

—Y preferiría que siguiera así.

—Tranquilo.

—Ni el nombre.

—No voy a decirle nada.

—Gracias.

Laura abrió la puerta.

—Aunque me parece fascinante que después de pasarte toda la comida esperando que alguien te preguntara hayas acabado contándomelo tú.

Me quedé quieto.

—Yo no estaba esperando.

—Claro.

Salió.

—Hasta luego.

—Hasta luego.

La odiaba un poco.

Metí la bolsa en el coche.

Antes de arrancar miré el móvil.

Tenía otro mensaje.

No era Cristina.

Miguel.

Una foto del mar.

Miguel: Seguimos vivos.

Contesté:

Raúl: La toalla?

Aparecieron los tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

Miguel: Tenemos que hablar.

Me quedé mirando la pantalla.

No.

Raúl: Miguel.

Miguel: Ha habido un incidente.

Cerré los ojos.

Laura acababa de descubrir que existía Cristina.

Mi toalla había sufrido un incidente en Málaga.

Eran las cinco de la tarde del sábado.

El fin de semana avanzaba con demasiada información.